Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (Nunca lo suficiente: Donald Trump y la búsqueda del éxito) (St. Martin's Press). Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - Para muchos, la confirmación de Brett Kavanaugh en la Corte Suprema de Justicia no solo es una victoria para el presidente Donald Trump, sino para el 'Trumpismo' en general. Y ese es el hecho que desconcierta a gran parte de Estados Unidos.

La presidencia de Trump está marcada no solo por su ideología política, sino por su personalidad. Como le dijo a Fareed Zakiria de CNN el exsecretario de Estado Colin Powell, un republicano: la frase “Nosotros, el pueblo”, ha sido reemplazada por “Yo, el presidente”. Esta manera Trumpesca de operar los valores le gana a la decencia y el poder a la unidad. También es una fuerza que ha probado ser tan efectiva como infecciosa, y su maldad es aterradora.

La calidad infecciosa del Trumpismo se demostró en la respuesta de Kavanaugh, indignada y autoconsciente, ante las graves denuncias de conducta sexual inapropiada en su juventud. Él hizo campaña contra los liberales y anunció que fue víctima de “un golpe político calculado y orquestrado”.

Kavanaugh incluso molestó a la senadora demócrata Amy Klobuchar (por lo que se disculpó después) y argumentó que sus problemas equivalían a una "desgracia nacional".

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La exhibición de Kavanaugh, indigna de cualquier persona que busca un asiento en la Corte Suprema, era totalmente trumpiana en su emoción y distorsiones intelectuales. A él se le unió, casi inmediatamente, el senador Lindsey Graham, cuyas quejas gruñonas salieron justo del libro de jugadas de Trump. “¿Buscas un proceso justo”, preguntó en un ataque de resentimiento. “Viniste al lugar equivocado en el momento equivocado, mi amigo”, siguió.

Nadie personifica el triunfo del Trumpismo más plenamente que Graham. Anteriormente, un líder de la facción más racional del Partido Republicano, Graham dijo una vez: "¿Sabes cómo vuelves a hacer grande a Estados Unidos? Dile a Donald Trump que se vaya al infierno". Pero desde la muerte de su amigo y mentor, John McCain, Graham ha adoptado el estilo de Trump en su retórica y enfoque de la política.

En la audiencia de Kavanaugh, Graham dirigió el coro de la compasión y le dijo al lloroso nominado: "Esto no es una entrevista de trabajo... esto es un infierno". Más tarde diría que el pobre Kavanaugh se había convertido en una "zo***, pu**, borracha" por aquellos que informaron que había sido un bebedor depredador y fuera de control.

(Crédito: Pablo Martinez Monsivais)

La pelea por Kavanaugh fue, en gran parte, un conflicto sobre si las serias acusaciones hechas por Christine Blasey Ford, quien lo acusó de agresión sexual y física, serían tomadas en serio. Por un momento, mientras el senador republicano Jeff Flake abogaba por una pausa de una semana para una investigación del FBI, parecía que la razón reemplazaría a la emoción.

Pero Flake pronto cayó, y también lo hicieron la senadora Susan Collins (de Maine) y Joe Manchin (de Virginia Occidental). Temerosos de exigir un proceso exhaustivo, también votaron para poner a Kavanaugh en la cancha. La angustia expresada por las mujeres en la galería del Senado, que gritaron "¡vergüenza!" cuando se emitieron los votos para Kavanaugh, fue el sonido de la angustia sobre cómo los líderes, alguna vez razonables, han capitulado ante un presidente que emite miles de mentiras, divide alegremente a la ciudadanía y se burla de las queridas instituciones.

Los votos de los senadores que menoscabaron la Corte Suprema al agregar a Kavanaugh afirmaron que el Trumpismo no será rechazado fácilmente.

Por supuesto, no se puede negar que Trump jugó un papel en la confirmación de Kavanaugh. La defensa de Trump para su candidato judicial incluía su mezcla habitual de retórica extraña e ideas desquiciadas. Se quejó de que los demócratas estaban dispuestos a "destruir" a Kavanaugh y que sus oponentes eran "personas realmente malvadas".

Incluso ofreció una absurda teoría de la conspiración sobre el multimillonario George Soros, un ogro para los republicanos, en la que se afirma que financió a los manifestantes que llegaron a Washington para oponerse a sus candidatos. (El senador republicano Chuck Grassley demostró la calidad infecciosa del trumpismo haciendo eco de las tonterías sobre Soros cuando dijo: "Tiendo a creerlo").

Al igual que la queja de Kavanaugh sobre el supuesto esfuerzo organizado en su contra, la teoría de Soros era falsa. Pero nadie fue castigado por generar esta histeria. En cambio, Grassley, Trump y Kavanaugh fueron recompensados. Y con sus victorias, la posibilidad de un retorno a la buena voluntad que una vez marcó la vida cívica se reduce aún más.

El trumpismo está ganando y es por eso que tantos estadounidenses están aterrorizados.