Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Camilo. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) – Lo que sucede en Nicaragua es que no sucede nada. Al menos nada malo, salvo el hecho de que su legítimo gobierno permanece acosado por el terrorismo nacional y sus cómplices, en el extranjero. Esa es la versión que recibe quien solo lea los medios afines a Daniel Ortega.

Quien se decante por la prensa de oposición, que sobrevive aún, se topará entonces con un país fuera de control: con más de 300 muertos, resultado de la violencia política que en ciertos sitios alcanza cuotas medievales. El salvajismo más espantoso.


Conozco los casos de personas –a favor y en contra del gobierno– que han desaparecido, que han sido secuestradas, quemadas, torturadas, humilladas obligándolas a desnudarse en público y asesinadas.

Otros con “mejor” suerte denuncian que han sido despedidos de sus empleos por disentir. Y muchos nicaragüenses han escapado hacia los países vecinos, hartos de todo.

Y algunos que en su día secundaban a Daniel Ortega –gente alguna de ella muy valiosa– se han echado un lado y le plantan cara como pueden.

Y los intelectuales y artistas que celebraron aquella revolución que parecía un soplo de aire fresco –sobre todo porque no le hacía ascos a Dios ni a la propiedad privada y porque había hecho gala de una valentía que rayaba en la audacia temeraria para derrocar a un dictador crudelísimo, y perdonan la redundancia, al dictador Anastasio Somoza– hoy esos artistas e intelectuales critican y recelan del orteguismo.

¿En qué momento la revolución sandinista comenzó a devorar a sus propios hijos?

¿Será que los verdaderos líderes de aquella revolución como Carlos Fonseca murieron?

¿Cómo consiguió hacerse con todo el poder el líder que se percibía como el menos hábil y el menos carismático?

¿Atomizó la victoria de Violeta Barrios de Chamorro en 1990 al Frente Sandinista y propició la lucha por el poder y nada más que el poder, como sostienen algunos analistas?

Si así fuere, ¿qué queda hoy del proyecto sandinista?
Repregunto: ¿en qué momento la revolución sandinista comenzó a devorar a sus propios hijos?

Sergio Ramírez fue uno de ellos.

Vivió el poder y lo ejerció.

Fue vicepresidente de la Nicaragua revolucionaria entre 1985 y 1990.

Dice que cuando se convenció del cambio de rumbo de Daniel Ortega, puso distancia y en 1996 se convirtió en el candidato a la presidencia del Movimiento Renovador Sandinista, con el que todavía algunos creen poder reflotar el proyecto sandinista en Nicaragua. Perdió las elecciones.

Ramírez, como cualquier hombre lúcido, tiene pocas certezas; pero está convencido de que “la gente de Nicaragua no va a olvidar a sus muertos".

Y ya saben ustedes de la “capacidad movilizadora”, como dicen ahora, que tienen los muertos más queridos.
Porque en esta vida nadie se va del todo mientras se le recuerda. Siempre queda un olor, un gesto, una puerta que se abre…

Y eso, no hay autócrata que lo aguante durante mucho tiempo. Ni sociedad que lo resista.

¿En qué momento la revolución sandinista comenzó a devorar a sus propios hijos?"

Camilo Egaña