Nota del editor: Jane Merrick es una periodista que cubre política y fue editora de esa fuente del periódico Independent. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) - El segundo trimestre de 2019 será un momento histórico para Gran Bretaña ya que cortará sus lazos con la Unión Europea.

Pero luego de las noticias provenientes del Palacio de Kensington este lunes, habrá otro hecho trascendental —con menos consecuencias políticas pero mucho más simbólico— en los libros de historia de Gran Bretaña.

Si todo sale bien, habrá nacido el primer estadounidense —bueno, medio estadounidense— en la línea de sucesión de la corona británica.

El Palacio de Kensington anunció este lunes que Enrique y Meghan, los duques de Sussex, que acaban de comenzar un viaje a Australia, Fiji, Tonga y Nueva Zelandia, están esperando su primer hijo y que nacerá en abril del próximo año.

El nuevo príncipe o princesa no solo tendrá herencia estadounidense, sino que también será el primer bebé birracial en la línea de sucesión al trono británico.

Él o ella será bisnieto de la reina Isabel II y el séptimo en la línea de sucesión, después de su papá, Enrique. (Hay algunos miembros de la realeza con ascendencia estadounidense, pero ninguno cerca de los primeros 40).

Cualquier bebé nuevo es símbolo de esperanza para el futuro de cualquier familia. Pero esas expectativas serán mucho mayores para el miembro más nuevo de la familia real británica, particularmente en un momento de incertidumbre y agitación en el Reino Unido. El Brexit está previsto para el 29 de marzo de 2019; el nacimiento real podría llegar semanas —o incluso días— después.

Planeado o no, la familia real británica tiene una habilidad especial para hacer coincidir eventos importantes como bodas y nacimientos con épocas en las que el estado de ánimo nacional necesita, quizás, un empujón.

Cuando Guillermo y Catalina, los duques de Cambridge, se casaron en 2011, el gobierno se estaba embarcando en un periodo de severos recortes de gastos bajo su programa de austeridad financiera.

En 1947, la reina Isabel (entonces princesa) se casó con el duque de Edimburgo, un hecho que produjo la alegría nacional en un momento en el que se desvanecía la euforia inicial tras el fin de la guerra, con la penumbra del racionamiento y las dificultades financieras.

La generación más joven de la familia real, liderada por Guillermo y Catalina, no dejado de tener bodas, nacimientos y bautizos desde que comenzó la turbulencia del Brexit hace dos años, aunque es seguramente una coincidencia debido a que varios jóvenes de la realeza están ahora en sus treintas.

Una visión más realista y sensata indica que estos acontecimientos reales no hacen mucho por las personas más afectadas por los recortes en los servicios públicos o por cambios importantes como el Brexit.

Aún así la boda de Enrique y Meghan el pasado mes de mayo logró algo más: su condición de mujer birracial y estadounidense fue un contrapunto muy necesario para el clima de miedo y hostilidad hacia la inmigración que se ha magnificado desde el referéndum sobre el Brexit.

La imagen de la madre de la novia, Doria Regland, recibiendo el mismo trato de igualdad y prominencia que la reina en las fotografías oficiales de la boda, fue una imagen poderosa que la familia real esperaba transmitir: diversidad y progreso en las instituciones británicas más antiguas.

Hace ochenta años, cuando Eduardo VIII abdicó para poder casarse con una estadounidense divorciada, el público británico trató a la novia con desdén.

Hoy en día, el público británico acogió a otra estadounidense, Meghan, como una de ellos y con una calidez deslumbrante: comparen las multitudes de su boda con el príncipe Enrique, frente a la modesta asistencia a la de su prima Eugenia y el novio Jack Brooksbank, en la misma ubicación, Windsor, el pasado viernes.

De hecho, en esa misma boda de Eugenia había tanto entusiasmo por el duque y la duquesa de Sussex (como por el duque y la duquesa de Cambridge) como por la novia misma.

Con esa misma emoción se ha recibido la noticia del embarazo. Cualquiera le desearía lo mejor a la pareja y que Meghan tenga un embarazo y un parto seguros y saludables. Pero el nuevo bebé cargará con muchas esperanzas y expectativas sobre sus hombros.

Y será el primer estadounidense tan cerca de la corona británica.