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Arabia Saudita

¿Por qué seguimos sabiendo tan poco de la desaparición de Jamal Khashoggi?

Por Nick Paton Walsh

Nota del editor: Nick Paton Walsh es un corresponsal internacional senior en CNN International. Las opiniones en este artículo corresponden al autor.

(CNN) — “No quiero hablar de ninguno de los hechos”. Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, Base Aérea Rey Salman, Riad, 17 de octubre de 2018.

No se ha hecho una verdadera declaración, francamente, desde el 2 de octubre, cuando Jamal Khashoggi desapareció en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía.

Aunque el hambre por la verdad rara vez ha sido más aguda en una historia tan bizarra y macabra como esta, las tres partes más involucradas parecen sustancialmente desinteresadas en ofrecerla.

De hecho, en 15 días, las tres partes parecen, de una u otra forma, involucradas en alguna forma de encubrimiento.

Primero, los saudíes.

Príncipe Mohammed bin Salman.

Obviamente, sea lo que haya ocurrido, al menos uno de sus ciudadanos — incluso si Khashoggi aparece milagrosamente con vida en un hotel de Dubai — estuvo involucrado en alguna forma de conducta lamentable.

En el peor de los casos, una buena parte del círculo de seguridad interno del príncipe heredero planeó y ejecutó el desmembramiento espantoso y sin precedentes de un crítico ligeramente abierto, en territorio extranjero, utilizando la inmunidad diplomática como tapadera.

Si lo que ocurrió fue lo que se señala, entonces se trató de un complot extrañamente ingenuo, arrogante y torpe que expone la probablemente corta y temeraria esperanza de vida del actual gobierno de facto saudí.

Si se puede sobrepasar de esta manera, en un asunto relativamente pequeño, pronto se sobrepasará en formas que dañen a Arabia saudita tanto regional como permanentemente.

Al hacer flotar — o hacer flotar en su nombre — la idea de que una figura clave podría ser lanzada bajo el autobús como el culpable, los saudíes se dieron a sí mismos una rampa de salida que podría ser aprovechada por aliados sin escrúpulos y demasiado pragmáticos.

Pero de ninguna forma Arabia Saudita resultará exonerada. Lo que es sorprendente, hasta ahora, con los recursos que tiene Arabia Saudita incluso para traer ayuda del exterior, es que no ha podido ofrecer nada que refute el lento goteo de cargos en su contra.

Cada día es peor. Y cada día la estrategia de Riad es esperar que otro gran evento mundial aparezca y distraiga a todos. Aún no ha ocurrido. Y cuanto más tiempo pase, mayor tendrá que ser ese evento.

Segundo, la Casa Blanca de Trump.

U.S. Secretary of State Mike Pompeo, centre left, talks with Saudi Foreign Minister Adel al-Jubeir, after arriving in Riyadh, Saudi Arabia, Tuesday Oct. 16, 2018. Pompeo arrived Tuesday in Saudi Arabia for high level diplomatic talks over the unexplained disappearance and alleged slaying of Saudi writer Jamal Khashoggi, who vanished two weeks ago during a visit to the Saudi Consulate in Istanbul. (Leah Millis/Pool via AP)

Su principal emisario acaba de volar para reunirse con un posible cómplice de un presunto asesinato espantoso que ha horrorizado incluso al presidente de Estados Unidos. Sonrió junto a él y le dio la mano.

No puedes evitar encontrar extraño que Pompeo haya hecho que Trump llamara a Mohammad Bin Salman, el príncipe heredero, mientras él estaba ahí para repetir la negativa saudí.

Luego Pompeo se va y emite la frase sobre que no quiere hablar de los hechos.

Esto viene de un exdirector de la CIA, quien seguramente en algún momento en los últimos 18 meses pasó frente a su lema, grabado en la pared de su vestíbulo: “Y conocerán la verdad y la verdad los hará libres”.

Quizás él lo recordaba así: Si conoces la verdad, probablemente será una gran molestia, porque ahora estás sobre Irán y no necesitas altos precios del petróleo.

Es imposible creer que Estados Unidos — con su propia impresionante tecnología y ayuda de Turquía, su aliado en la OTAN — no tenga una idea clara de lo que ocurrió exactamente dentro y fuera del consulado en Estambul.

La escasez de la alianza real entre los nuevos gobernantes de Arabia Saudita y el diplomático más poderoso de Estados Unidos se exhibe trágicamente.

Él cruzó el mundo para darles la mano, en lugar de hacerles una mueca severa, y aún fue incapaz de solucionarlo. Los saudíes no parecen dispuestos a concederle nada a Pompeo.

Él se fue con la muy firme negativa de la realeza saudí y su promesa de investigar rápidamente. Es una prueba de la falta de espíritu de la actual élite política occidental que esta explicación fuera considerada como algo que podría ser presentado en público.

Con seguridad, una apropiada alianza habría hallado un chivo expiatorio más rápido, lo habría arrestado, aceptado algunas sanciones simbólicas o prohibiciones de viaje y una tibia amonestación del príncipe heredero — todo realizado de forma segura con el conocimiento de que todo volvería la normalidad en algunos meses cuando el mundo olvidara y avanzara.

En cambio, el presidente Trump hace comparaciones con el caso Kavanaugh y su ausencia de presunción de inocencia. En realidad, quizás la similitud más segura que ofrece el caso Kavanaugh sea la de una élite que nunca quiere perder la apariencia, sin importar los cargos contra ella, e insistir en que se mantenga el orden de las cosas.

En tercer lugar, Turquía.

El líder en encarcelamiento de periodistas per capita (de acuerdo con el Comité para la Protección de Periodistas) fue reclutado para el improbable rol de Jefe de Indignación sobre el asesinato de un periodista franco.

Pero el papel que ha tomado no es el de virtuoso fiscal, sino de político explotador.

La lenta, intencionada y absolutamente deliberada serie de filtraciones a los medios de pruebas que apuntan al involucramiento del príncipe heredero saudí y su séquito inmediato ha sido irrespetuosa con la causa de la justicia en sí misma, no se diga con los familiares dolientes de Khashoggi.

Funcionarios turcos han usado la información que poseen para elevar la presión sobre Riad y sobre la Casa Blanca para que exija explicaciones.

Los pasaportes, el circuito cerrado de televisión, el supuesto audio que habría recogido el terrible momento de la muerte y desmembramiento, las llamadas desde teléfonos saudíes. Todo esto estuvo seguramente en las manos del altamente competente servicio de inteligencia turco — MIT– a pocas horas del crimen.

Pero no fue retenido y luego entregado al completo, abiertamente, para presentar un caso público sobre un crimen cometido en territorio turco, contra un hombre con conexiones significativas con su partido gobernante.

Ni siquiera es presentado rápidamente para explicar la desaparición de Khashoggi. En cambio, primero fue compartido a cuentagotas con los medios turcos — que presumiblemente lo cuestionarán menos — y luego a sus contrapartes foráneos para asegurarse de que el caso nunca caiga de la atención pública.

Turquía claramente no quiere ir solo en su confrontación con Riad y desea que Estados Unidos los presione.

Pero claramente está disfrutando su antagonismo con la Casa de Saud.

Hace apenas un año, las alianzas regionales se pusieron al filo cuando los saudíes unieron a Egipto, Emiratos Árabes y Bahréin en un bloqueo contra Qatar, el cual ellos creían que se estaba acercando demasiado a la némesis regional de Arabia Saudita, Irán.

Qatar fue etiquetado como financiador del terrorismo. Sin embargo, Erdogan elevó las exportaciones de alimento desde Qatar y le dio un sobrenombre al sitio efectivo de la pequeña península: “una sentencia de muerte”.

Y dijo: “Junto a Turquía, es el país con la postura más decidida contra ISIS, que ha causado grandes daños a nuestra región”.

Al principio, Trump pareció unirse al embate saudí, pero más tarde atenuó su retórica. En retorno, Qatar ha ayudado a Turquía con un préstamo durante su crisis fiscal de este año.

Erdogan claramente considera que los saudíes están equivocados en esto, y está tratando de maximizar la incomodidad que pueda causarles, mientras disfruta la apariencia de ser visto como el defensor del derecho internacional.

Sin embargo, el caso turco está viciado por sus omisiones opacas y selectivas. No sabemos a ciencia cierta que la grabación del asesinato exista de verdad, porque no lo hemos escuchado. Y no sabemos cómo fue obtenido.

Sabemos las cosas selectas que los funcionarios turcos quieren que sepamos. ¿Cómo podemos esperar conocer lo que ellos no quieren que conozcamos? Erdogan tiene un plan, y va muy bien, a costa del debido proceso.

La pregunta con la que tal vez nos quedemos al final de este espeluznante episodio es: ¿quién de los tres actuó con la hipocresía más grotesca?

¿Los asesinos? ¿Los investigadores que usaron el asesinato para sus propios fines? ¿O los supuestos aliados de los asesinos, que no querían hablar de los hechos, mucho menos molestar a una alianza que claramente es más débil de lo que les gustaría admitir?