Nota del editor: Alysin Camerota es copresentadora del programa matutino "New Day" en CNN. Es miembro del Consejo Asesor Nacional del proyecto "News Literacy", una asociación sin fines de lucro que le da herramientas a los estudiantes entre el sexto y el decimosegundo grado para distinguir entre los hechos y la fantasía en la era digital. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) – En mayo de 2016 fui a la Torre Trump para reunirme con el entonces candidato presidencial Donald Trump. El encuentro ocurrió después de que él cancelara un par de apariciones en "New Day" y de que me diera la impresión de que estaba evitando que lo entrevistara. Llamé a su oficina con la esperanza de que su secretaria de muchos años pudiera aclararme si el señor Trump estaba molesto por algo. Me pidió que le diera una semana para averiguarlo. Me llamó a los 20 minutos. "El señor Trump desea verla mañana. ¿Qué tal a las tres de la tarde?".

Unos años antes, entrevistaba a Donald Trump con frecuencia. En ese entonces, yo presentaba un programa matutino en la cadena Fox News y Trump era una figura del mundo inmobiliario y un astro de los "reality shows". Los productores de Fox le habían dado un espacio semanal para que en el programa "Fox & Friends" diera su opinión, generalmente acerca de lo mal que los políticos hacían las cosas. En aquel tiempo, Trump contemplaba lanzarse a la presidencia, aunque pocos creíamos que realmente lo haría.

Al no ser un político, Trump lucía despreocupado por el mensaje partidista, la "corrección política" o los puntos de debate. No parecía estar casado con ninguna ideología en especial, ya que adoptaba puntos de vista de todo el espectro político, tejiendo una plataforma que no era demócrata ni republicana, sino trumpiana.

Sus apariciones siempre disparaban los niveles de audiencia, que solían ser los más altos de la mañana. Así es cómo se creó una dinámica circular: los productores invitaban a Trump, se disparaban los niveles de audiencia, volvían a invitarlo. No eran entrevistas difíciles. Debido a que Trump no era un político y como mi jefe de entonces, Roger Ailes, no tenía ninguna intención de poner a los republicanos en una situación delicada, tratamos a Trump como si fuera un experto y lo dejamos hablar sin comprobar la veracidad de sus afirmaciones. Intenté poner en duda algunas de sus opiniones, como la de cuestionar el lugar de nacimiento de Barack Obama, pero eso no le impidió seguir haciendo declaraciones escandalosas ni convenció a los productores de no invitarlo más.

En mayo de 2016, todo era distinto. Ya era la presentadora del programa matutino de noticias de CNN, llamado "New Day", y Donald Trump era candidato a la presidencia de Estados Unidos. En CNN, no dejábamos pasar afirmaciones de los candidatos sin comprobar su veracidad. Así que, por ejemplo, durante una entrevista conmigo, cuando Trump aseguró que nunca se opuso a que las tropas estadounidenses fueran a Afganistán, tuve que corregirlo. Él había sostenido que la invasión de EE.UU. a dicho país había sido un error. Le leí en vivo sus propias palabras, literalmente. Él insistió en que nunca dijo eso, a pesar de que yo tenía la transcripción.

La tarde en que llegué a la Torre Trump para nuestra reunión, no sabía por qué Donald Trump ya no quería que lo entrevistara. Pensé que quizás se debía a un malentendido. Quería saber qué le impedía ir a nuestro programa y, de ser posible, solucionarlo.

Me atendió su recepcionista, quien me dijo que el señor Trump estaba ocupado y que podría tardar. Acababa de sentarme en la sala de espera cuando su asistente apareció y me dijo "ya está listo".

Entré en la gran oficina del señor Trump y lo encontré almorzando en su escritorio. Se levantó para saludarme y me extendió un abrazo tal y como lo había hecho varias veces en Fox. Me dijo que pensó en hacerme esperar en el vestíbulo mientras almorzaba, pero que luego pensó "¿Qué diablos? Es solo Alysin".

Estuvimos bromeando, sobre todo por su sorpresa ante la facilidad con la que iba ganando en el bando republicano. Luego fue al grano. Me dijo que se había alegrado por mí cuando obtuve el trabajo en CNN. "Estoy tan orgulloso de ti", fue cómo lo dijo. Pero ahora sentía que yo estaba "siendo mala" con él. Le pregunté: "¿Cómo así?" Quería saber. Me contestó: "Solo dices cosas feas de mí todo el tiempo y me pregunto ¿qué le pasó? Es como si engatusaras a la gente para decir cosas feas de mí".

"¿Cuándo? ¿Cómo?", repliqué. Quería saber. No pudo darme ejemplos. Solo se sentía de esa manera.

Fue allí cuando me di cuenta de que era necesaria una clase sobre la libertad de prensa. Le expliqué que las reglas habían cambiado. Que él ahora era un candidato presidencial y que yo era la presentadora de un programa de noticias en una cadena de noticias, no la anfitriona de un show matutino que no tenía que seguir normas y prácticas periodísticas.

"Mi tarea ahora es resaltar la hipocresía de funcionarios electos y/o candidatos. Tengo que sacar a la luz las contradicciones en las declaraciones públicas y las promesas de los candidatos". Me incliné hacia adelante desde el otro lado de su mesa para insistir en mis puntos. "Los periodistas deben vigilar a los gobiernos, no ser sus lacayos. Ese es nuestro trabajo. Comprendo que le guste más un artículo suave, pero estas son las grandes ligas y el juego ha cambiado".

Marqué una pausa para ver si mis palabras surtían efecto. Entonces, él repitió "pero eres tan mala conmigo ahora". En ese momento su teléfono sonó y puso a su hijo en altavoz, diciéndole que me saludara. Lo interpreté como el fin de mi entrevista.

Nuestro encuentro terminó con Trump anotando mi número de celular y prometiendo que me llamaría cuando tuviera tiempo para una entrevista en cámara. Pero sabía que eso no era muy probable. Entendí que mientras me ciñera a las reglas del periodismo, mi acceso al futuro presidente se evaporaría.

Pensé mucho en ese encuentro la semana pasada. Pensé en Trump sintiéndose herido por las palabras que consideraba dañinas, incluso mientras lo oía insultar una vez más a CNN, incluso después de que nuestra oficina de correos recibiera un artefacto explosivo, al parecer de uno de sus trastornados seguidores. Y cuando, en un acto de campaña, el señor Trump se deleitó una vez más con las consignas desagradables de la multitud sobre Hillary Clinton, incluso después de que ella fuera el blanco de una bomba de fabricación casera.

Nunca hubiera podido predecir en esa reunión en la Torre Trump que nos encontraríamos aquí, con el presidente de Estados Unidos culpando a la prensa, sin asumir responsabilidad por el tono tóxico de su retórica. Nunca hubiera podido predecir que al final de una semana trágica y sangrienta, un mandatario de EE.UU.hubiera afirmado que las palabras dolorosas solo importan cuando él las recibe, no cuando las dice. Nunca hubiera creído que el hombre más poderoso del mundo pensaría que sus propias palabras no tienen poder.

Pensé en Trump sintiéndose herido por las palabras que consideraba dañinas, incluso mientras lo oía insultar una vez más a CNN, incluso después de que nuestra oficina de correos recibiera un artefacto explosivo, al parecer de uno de sus trastornados seguidores".

Alysin Camerota