Nota del editor:John Lee es un investigador senior del Hudson Institute (Washibgton) y del Centro de Estudios de Estados Unidos (Sidney), y profesor adjunto de la Universidad de Sidney. Desde 2016 hasta abril de 2018 fue consejero de seguridad nacional del ministro de Exteriores australiano y también fue consejero líder de 2017 Foreign Policy White Paper. Las opiniones expresadas aquí pertenecen al autor.

(CNN) - En la poscumbre del G20 en Buenos Aires, Argentina, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostuvo lo que la Casa Blanca llamó una "reunión muy exitosa" con el líder de China Xi Jinping y acordó que los actuales aranceles del 10% en bienes chinos por 200.000 millones de dólares permanecerán sin cambios por 90 días. Se tenía programado que los aranceles aumentaran a un 25% el 1 de enero de 2019.

Según la Casa Blanca, habrá un aumento sustancial en las exportaciones estadounidenses a China de productos agrícolas, energéticos, industriales y demás, que reducirán el déficit comercial a favor de China. El comunicado de la Casa Blanca declara que ambas partes empezarán negociaciones para resolver las diferencias en la transferencia de tecnología forzada, protección a la propiedad intelectual, barreras no arancelarias, intrusiones cibernéticas y robo cibernético.

La prensa estatal china reportó el domingo que los dos países han alcanzado un "consenso sobre problemas económicos y comerciales", y que "las relaciones económicas y comerciales sanas y estables se ajustan a los intereses comunes de los dos países y de todo el mundo".

El presidente de EE.UU. Donald Trump y el presidente de China Xi Jingping durante su reunión bilateral el 1 de diciembre de 2018 en Buenos Aires, Argentina. (Crédito: AP Photo/Pablo Martinez Monsivais). 

La realidad es mucho más inquietante, especialmente para China. Hasta ahora estamos entrando en la próxima fase de lo que será una competencia económica duradera entre las dos economías más grandes del mundo. Para Estados Unidos los próximos 90 días serán para medir cuánto más China está dispuesta a comprometerse. Y en cuanto a China, deberá repensar su estrategia fundamental de negociación, y el tiempo se está acabando.

Considera cómo China ha jugado este juego.

Cuando Trump alertó por primera vez sobre la seriedad de sus aranceles, China prometió contraatacar pagando con la misma moneda. De seguro, las compañías estadounidenses no tolerarían un aumento de piezas y productos de China que pudieran diluir sus márgenes de ganancias. A los consumidores estadounidenses les preocupa más cuánto más tienen que pagar por su último dispositivo que por el lugar donde se fabrica o se ensambla.

Además, la generalizada suposición de los chinos fue que la obsesión del presidente con los déficits actuales provocó que se hablara de una guerra comercial. En mayo, China aparentemente acordó medidas para reducir el excedente de 375.000 millones de dólares que disfrutaba respecto al comercio bilateral con Estados Unidos, incluso si había desacuerdo sobre el tamaño de la reducción. Envió a los negociadores a trabajar en acuerdos ad hoc para que China comprara más productos estadounidenses y las relaciones económicas continuaran de la misma manera que antes de que Trump llegara al poder.

Esa fue la estrategia de negociación de China: amenazar con represalias a las empresas estadounidenses y a los consumidores, y reducir el superávit comercial con Estados Unidos. Una parte distraída y dividida como la democracia estadounidense forzaría a Trump a pedir una tregua. Pero Beijing calculó mal.

Para el horror de China, Trump parece creer en su propia retórica de que las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar, especialmente cuando un país le está comprando más al otro, de lo que le está vendiendo. Desde entonces, Washington no solo redujo el déficit sino que atacó la supuesta política y objetivos industriales de Beijing. Esto incluye el plan "Made in China 2025" que está basado en los pilares gemelos de la "autosuficiencia" china y la dominación china de exportaciones globales en esos sectores.

Para lograrlo, Estados Unidos ha acusado a China de un flagrante robo de propiedad intelectual y de políticas que ofrecen a los campeones nacionales de este último y a las empresas nacionales preferidas toda clase de desventajas injustas, como subsidios, exenciones fiscales y protección frente a la competencia extranjera en los mercados chinos.

Si China es de hecho culpable de esas acusaciones, entones debe retrasar sus objetivos políticos y económicos de volverse una "sociedad moderadamente próspera" para 2021 y una economía completamente desarrollada para 2049. Si China no es culpable, Trump, sin embargo, ha puesto a prueba a China para demostrar que juega según ese país juega según las reglas.

Entre tanto, dentro de China, Xi Jinping está siendo acusado de triunfalismo y de agarrar batallas innecesarias con Estados Unidos. El Índice Composite de Shanghai ha caído casi un 30% desde el inicio del año y los problemas económicos llegan en un momento en que China está tratando de desapalancar su economía mientras mantiene el crecimiento en el objetivo del 6,5%.

Xi estará desesperado por evitar el aumento de aranceles en sus importaciones a Estados Unidos de un 10% a un 25% en un periodo de 90 días. Pero ofrecer ayuda para aumentar los productos estadounidenses en China solo ha evitado temporalmente la amenaza de los aranceles del 25% a principios de 2019, y solo durante 90 días. El dolor para china está leos de terminar y Xi podría tener que retroceder sus grandes planes económicos para el país.

En contraste, Trump tiene el beneficio de un mercado financiero aún boyante y una economía estadounidense en auge, para amortiguar el daño infligido por China.

¿Cómo usará Trump esta ventaja? En su libro El Arte de la negociación, que fue publicado en 1987, Trump escribió: "Mi estilo de hacer acuerdos es muy simple y sencillo. Apunto muy alto, y luego sigo empujando y empujando y empujando para obtener lo que busco". Y tiene más espacio para moverse. Ser implacable con China económicamente es quizás su única política principal en la que tiene un amplio apoyo demócrata, algo que es importante, pues este partido ha ganado el control de la Cámara de Representantes en las últimas dos elecciones intermedias.

Si Trump quiere confundir a China, ya lo ha logrado. Pero esto es solo una ventaja táctica y transitoria. El problema sigue siendo la falta de claridad respecto a los objetivos: ir tras las violaciones chinas de la propiedad intelectual, más acceso de las firmas estadounidenses en China, desalentar los subsidios de distorsión a empresas estatales y campeones nacionales, desafiar los planes chinos para dominar las industrias con planes como el de "Made in China 2025", desenredar las cadenas de suministro estadounidenses críticas de la dependencia de China, o simplemente reducir el déficit comercial.

En Buenos Aires los líderes de los otros países del G20 se mantuvieron cautelosos al margen, como lo han hecho en gran medida hasta ahora. Ellos no se pondrían en desacuerdo con la insistencia de Trump en el comercio libre, justo y recíproco, y Trump necesita que otras economías avanzadas como la de la Unión Europea y Japón estén de su lado en esta pelea.

Sin embargo, para convencer que se trata de algo más que castigar a China o de obtener ventajas especiales solo para las empresas estadounidenses, Trump tiene 90 días para defender su caso, no solo ante China sino ante todo el mundo.

Si Trump quiere confundir a China, ya lo ha logrado. Pero esto es solo una ventaja táctica y transitoria. El problema sigue siendo la falta de claridad respecto a los objetivos globales

John Lee, columista