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Donald Trump

Donald Trump

Lo que Alexander Hamilton podría enseñarles a Donald Trump y a Theresa May

Por Laura Beers

Nota del Editor: Laura Beers es profesora adjunta de historia en American University. Es la autora de “Your Britain: Media and the Making of the Labour Party” y de “Red Ellen: The Life of Ellen Wilkinson, Socialist, Feminist, Internationalist”. Las opiniones expresadas en este artículo son propias de la autora.

(CNN) — La semana pasada llevé a mi hijo de 7 años a ver “Hamilton: An American Musical” en Londres. Los dos nos sabemos la música de memoria, pero ver la obra en vivo a poco más de un kilómetro de distancia del Palacio de Westminster le dio renovada relevancia a la exitosa historia revolucionaria.

Varios miembros del público gruñeron risueños cuando el rey Jorge III se lamentaba que luchar contra Francia y España lo estaba deprimiendo. Pero la comparación que se destacó más intencionalmente a mi parecer no fue entre el políticamente aislado rey Jorge y la actual primera ministra, sino entre Theresa May y Alexander Hamilton.

El logro político singular de Hamilton fue sacar adelante su estrategia de un banco nacional frente a un Congreso hostil y luego ganarse a la oposición dentro del gabinete de George Washington.

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Como se lamenta el Hamilton de Lin-Manuel Miranda, sus opositores “no tienen un plan, ¡solo odian el mío!”.

Enfrentado a tal intransigencia, Miranda representa la transformación de Hamilton de honrado defensor de su propia posición a maestro en el arte del acuerdo mutuo.

Decidido a permanecer en el juego y a salir triunfante, se aprieta la nariz, cierra los ojos e intercambia su apoyo a mudar la capital de la nación al sur del Potomac a cambio del apoyo de James Madison y Thomas Jefferson al nuevo banco.

A diferencia del príncipe Enrique, que notoriamente se unió al elenco en el escenario con su esposa Meghan Markle después de una producción de caridad de “Hamilton” el verano pasado y brevemente comenzó a cantar, May aparentemente todavía no ha visto la fenomenal producción cuyas presentaciones agotadas ayudaron a que el West End tuviera su año de mayores ingresos brutos.

Al evitar la locura por “Hamilton”, May está a la par del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que se ha negado a ver la obra desde que el elenco de Nueva York fuera (para citar el tuit de Trump) “muy grosero” con el vicepresidente Mike Pence cuando fue a ver la interpretación en 2016. En su momento, el elenco le pidió a Pence que “defienda nuestros valores estadounidenses”.

Sin embargo, tanto May como Trump podrían aprender mucho de la disposición de Hamilton a cruzar al otro lado y negociar un gran acuerdo que trascienda las divisiones partidarias.

Desde que su acuerdo del brexit fue rechazado por 432 contra 202 votos, May no ha hecho realmente un esfuerzo por oír qué les preocupa a los 304 miembros de la oposición que votaron contra el acuerdo.

En cambio, la primera ministra ha enfocado sus energías en intentar refinar la barrera fronteriza entre Irlanda e Irlanda del Norte y persuadir a los 128 conservadores y desertores del Partido Unionista Democrático de apoyar su plan.

La semana pasada, la Unión Europea no mostró la más mínima predisposición a ceder terreno en el tema de la barrera: la disposición en el acuerdo del brexit concertado entre el gobierno de May y Bruselas, que estipula que, si no se logra un entendimiento que mantenga el libre movimiento de bienes y personas en la frontera irlandesa, el Reino Unido permanecerá en una unión aduanera indefinida con la Unión Europea.

Milagrosamente, mientras esto se publicaba, May logró unir a suficientes voluntades a favor de un brexit duro detrás de su Plan B: que es esencialmente el Plan A, menos la decisión de cobrarles a los europeos que actualmente viven en Gran Bretaña por permanecer en el país, sumada a una promesa de hacer todo lo posible por renegociar la salvaguarda fronteriza, logrando así a duras penas una estrecha victoria. Sin embargo, es un triunfo producto de la unidad partidaria de los conservadores, y no de una negociación interpartidaria.

Enfrentado a la probabilidad de que no fuera aprobado su proyecto de ley de financiación, el Hamilton de Miranda le preguntó a Washington: “¿Qué ocurre si no logro la aprobación del Congreso?”, a lo que el presidente apesadumbrado le respondió: “Me imagino que pedirán su remoción”.

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El éxito de May frente a un voto por el liderazgo del partido y a un voto de no confianza parlamentario significa que no corre riesgo inminente de ser removida, pero se enfrenta al riesgo real de perder el control del proceso de negociación del brexit.

Si May quiere estar entre quienes obtengan un acuerdo de brexit que obtenga el apoyo del país, tiene que abandonar sus “líneas rojas”, sentarse con sus opositores y considerar seriamente los pedidos de los políticos laboristas de un brexit más suave que incluya cierta forma de unión aduanera.

Trump podría aprender una lección similar de “Hamilton”. En EE.UU., la administración pública finalmente se reabrió después de un cierre de una duración sin precedentes de 35 días. Tanto los expertos demócratas como los republicanos de extrema derecha están sugiriendo que el presidente cedió a las presiones de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes.

Pero la decisión del viernes de reabrir temporariamente la administración pública no es una solución permanente a la crisis de financiación, y Trump ha dejado en claro que no ha descartado cerrar nuevamente el gobierno una vez más si los demócratas no acceden a financiar su muro antes del 15 de febrero.

Trump, a diferencia de May, se presenta a sí mismo como el maestro en el arte de los acuerdos. En su opinión, él genuinamente intentaba lograr un acuerdo cuando ofreció una extensión de tres años de las protecciones para los “soñadores” que ingresaron a EE.UU. ilegalmente de niños, a cambio de reabrir el gobierno con un proyecto de ley que incluía la financiación de su muro. Pero una extensión temporaria del estatus de los “dreamers” no equivale al ofrecimiento de mudar la capital de la nación 225 kilómetros al sur de Filadelfia a territorio de plantaciones. No fue un gesto lo suficientemente magnánimo para atraer a Pelosi y al líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, a la mesa de negociación.

El problema de Trump es que, lo que los demócratas ven como una pequeña concesión, para su propia derecha es ceder demasiado.

Las situaciones de May y de Trump son distintas, al igual que sus personalidades como políticos, pero lo que los une a ambos es su incapacidad de anteponer la nación al partido.

Mientras Hamilton seguía confiado de que los federalistas en última instancia respaldarían su compromiso, el partido conservador de May está tan asolado por las divisiones que un magnánimo compromiso que margine a quienes defienden un brexit duro lo expondría a una fisura definitiva.

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Entretanto, al otro lado del Atlántico, la polarización en la política estadounidense ha hecho que ceder siquiera un cuadrante frente a los demócratas resulte políticamente arriesgado para Trump.

Como han señalado los republicanos, los demócratas votaron un muro fronterizo en el 2013, pero lo hicieron como parte de un paquete más amplio que les hubiera ofrecido un camino a la ciudadanía a millones de inmigrantes indocumentados. Los votantes fieles a Trump, que se opusieron siquiera a su ofrecimiento de una amnistía de tres años para los Dreamers, nunca apoyarían una concesión similar hoy.

La compañía en “Hamilton” canta que quiere “que nuestros líderes encuentren la solución”, pero para encontrar hoy la solución se requiere un estadista y tanto May como Trump han demostrado ser mejores para liderar su partido que la nación. “Ganar es fácil… gobernar es más difícil”.