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Donald Trump

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Las Américas son el Medio Oriente de Donald Trump: Venezuela, Nicaragua y Haití

Por Geovanny Vicente Romero

Nota del editor: Geovanny Vicente Romero es abogado y politólogo, con experiencia como profesor y asesor de políticas públicas y gobernanza. Es un estratega político y consultor de comunicación gubernamental. Actualmente está finalizando una maestría en ComunicaciónPolítica y Gobernanza en la Universidad George Washington. Es fundador del Centro de Políticas Públicas, Desarrollo y Liderazgo RD (CPDL-RD). Síguelo en Twitter: @GeovannyVicentR. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) — Con un “hemos vencido a ISIS“, el presidente Donald Trump decretó en diciembre de 2018 que Estados Unidos se retiraba de Siria, país donde tenía aproximadamente 2.000 efectivos. La razón que el presidente dio para justificar su decisión fue la “derrota de Estado Islámico”. Y que por eso no veía otra razón para que las botas estadounidenses continuaran allí. Siria está desde 2011 en una guerra civil, en la cual Bashar al-Assad se aferra al poder con “uñas y dientes” mientras se acerca a los 20 años al frente del país desde que en 2000 asumió el lugar de su padre, Hafez al-Assad, como en una sucesión real y monárquica.

Pensar hoy en el Medio Oriente como una zona conflictiva no deja de ser un estereotipo regional que repetimos de forma incorrecta, al punto de visualizar la región como sinónimo de inestabilidad. En el imaginario de algunos, al pensar en los países ubicados en la región entre Eurasia y África, entre el Mar Mediterráneo y el Océano Índico, cabe la palabra terrorismo. Es algo que no deberíamos asumir, pues el Oriente Medio cuenta con países que se destacan en la región en términos de seguridad, como los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Kuwait. De acuerdo con un informe del “Mapa de riesgo de viajes” de 2018, de International SOS y Control Risks, encontramos a Siria, Iraq, Yemen, Afganistán, Somalia y Libia entre los que obtienen las peores calificaciones.

Pero irónicamente, cuando ya han pasado más de tres décadas desde la Revolución Islámica de Irán y la posterior crisis de los rehenes -que pudo haberle costado la reelección a Jimmy Carter-, el asesinato del rey Faisal bin Abdulaziz de Arabia Saudita y, más recientemente, los disturbios de la llamada Primavera Árabe, es precisamente América Latina la región más peligrosa del mundo.

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Aunque décadas atrás América Latina tuvo momentos de tensión política que atrajeron la atención global, actualmente uno de los mayores desafíos de la región es la seguridad ciudadana, razón por lo cual es considerada una región violenta. Atrás parecen haber quedado la Revolución Cubana (1959), la Revolución de Abril en la República Dominicana (1965), la Revolución Sandinista (1979-1990) en Nicaragua, la guerra civil de El Salvador (entre 1981 y 1992), el terrorismo en el Perú (1980-2000), la guerra de las Malvinas (1982) entre Argentina e Inglaterra, la invasión de Panamá (1989) y, más recientemente, la guerra contra el narcotráfico que México inició en 2006.

En cuanto a lo geopolítico, los temas que pueden y deberían quitar el sueño no solo a EE.UU. sino a toda la comunidad internacional, son tres: Venezuela, Nicaragua y Haití.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos abraza la bandera de su país durante la Conferencia anual de Acción Política Conservadora, CPAC 2019. (Crédito: Tasos Katopodis / Getty Images)

Venezuela es el principal desafío de la región, con una ciudadanía que ha protagonizado un éxodo regional sin precedentes y otros componentes de crisis que incluyen:

  • La violación sistemática de derechos humanos,
  • La inhabilitación y silenciamiento político de la oposición, incluso a través de cárcel como en el caso de Leopoldo López,
  • Una crisis económica que hace mucho tiempo mutó a humana,
  • La ruptura del orden constitucional, donde el Tribunal Supremo de Justicia un día decide que, aparte de la función judicial, también usurpará la función legislativa y será juez y parte en la elaboración y aplicación de las leyes,
  • La voluntad ciudadana en las urnas se ve violentada cuando, al perder mayoría en la Asamblea Nacional, el régimen crea su propia asamblea: la funesta y desprestigiada Asamblea Constituyente, que usurpa a la primera.

El resultado de esta ecuación de elementos en Venezuela es la muerte de su gente por desnutrición, falta de medicinas o, durante la movilización de las protestas, persecución política en todos los niveles, una Guardia Nacional que se enfrenta a la ciudadanía y desconoce la constitución, un poder que usurpa Miraflores y cuya miopía política los tiene en estado de negación en cuanto a la crisis humanitaria y por tanto, para ellos la ayuda humanitaria no es necesaria pues han perdido la noción de la realidad que sufren los venezolanos que pasaron de vivir en una nación prospera a sobrevivir en una tierra con una economía que tiene una inflación incontrolable.

Sin embargo, siempre hay una luz al final del túnel y hoy descansa en los hombros de Juan Guaidó, el presidente encargado de Venezuela, que cuenta con el respaldo de un amplio sector de la comunidad internacional.

Al igual que la crisis siria, en Venezuela el problema adquirió dimensión global. Ambas crisis pueden ser consideradas como “conflictos subsidiarios”, lo que el mundo anglosajón se conoce como “proxy wars”, pues en ambas situaciones las potencias miden fuerzas a través de sustitutos, en vez de enfrentarse directamente. En el caso sirio, se involucran Rusia, Irán, EE.UU. y la coalición global contra ISIS. Mientras que, en Venezuela, el juego geopolítico es influenciado por actores como China, Rusia, Colombia, Brasil, EE.UU. (de forma más activa recientemente) y una Cuba que asesora de cerca al régimen de Nicolás Maduro.

La emergencia de la crisis venezolana y toda la atención que atrae, libera un poco de la presión que viene soportando desde abril pasado Daniel Ortega en Nicaragua, luego de intentar una reforma al sistema de pensiones que trajo protestas en el país, manifestaciones que fueron reprimidas.

Ortega, es un exlíder guerrillero que luchó del lado del pueblo y hoy se encuentra en el lado equivocado de la historia, pues se ha convertido en justamente el sistema que su guerrilla trató por años de erradicar.

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En estos días Ortega trata de negociar, quizás para implementar la misma estratagema que Maduro implementó en Venezuela por mucho tiempo y hoy ya no le funciona: comprar tiempo en el poder. Hoy EE.UU. presiona para una salida inmediata de Maduro y es un tema en la agenda diaria de Donald Trump y su asesor de seguridad nacional John Bolton.

De hecho, en un artículo reciente de Axios, el senador Marco Rubio le comenta al periodista Jonathan Swan acerca del enfoque que ha podido ver en Trump en cuanto a Venezuela: “Yo creo que él piensa que algunos asuntos en el Medio Oriente no tienen solución, pero realmente piensa que Venezuela y el hemisferio occidental pueden solucionarse”. Además, Trump reconoce a Venezuela un enorme potencial económico, mal manejado.

Finalmente, el Caribe es escenario de disturbios que se están generando en la nación más pobre de las Américas, Haití.

Es irónico que la crisis haitiana tenga conexión con Venezuela pues los haitianos hoy protestan contra un escándalo de corrupción relacionado a los recursos del programa venezolano Petrocaribe, que hace una década creó un fondo para financiar proyectos que beneficiarían a los haitianos. No todos los proyectos se materializaron y parte de ese dinero desapareció.

Haití, un país que ha lidiado con dictaduras largas, pero también con gobiernos efímeros producto de los golpes de Estado, en 2010 quedó hecho ruinas tras un gran terremoto que movilizó donaciones que no terminaron de llegar a los más necesitados o al país siquiera.

Robarles a los haitianos, no es solo desviar el dinero del pueblo, es robarles la esperanza a gente que sufre desde la propia fundación de una república que costó sangre, sudor y lágrimas como el primer país del mundo en abolir la esclavitud luego proclamar la independencia en 1803, tras una gran insurrección de esclavos contra Francia.

Habiendo hecho este análisis de las tres situaciones que retan el futuro de las Américas, solo me queda pedir que sigamos presionando más fuerte en Venezuela, sin quitar la mirada de Nicaragua y sobre todo sin olvidarnos de los hermanos haitianos, que cargan su propia cruz.