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Celebridades

Lo que Justin Bieber no tiene que explicar

Por Peggy Drexler

Nota del editor: Peggy Drexler es una psicóloga investigadora y autora de “Our Fathers, Ourselves: Daughters, Fathers, and the Changing American Family” y “Raising Boys Without Men”. Actualmente trabaja en otro libro sobre cómo las mujeres están condicionadas a competir entre ellas y qué hacer acerca de eso. Las opiniones expresadas en este comentario son propias de la autora.

(CNN) — El lunes pasado, la estrella popular de 25 años Justin Bieber, quizás más conocido por la canción “Sorry”, anunció que se alejaría por un tiempo de la música para concentrarse en su salud mental. En una larga publicación en Instagram, Bieber le dijo a sus fanáticos, “Estoy muy enfocado en reparar algunos de los temas fuertemente arraigados que tengo, como muchos de nosotros tenemos, para no desmoronarme, para poder sostener mi matrimonio y ser el padre que quiero ser. La música es muy importante para mí pero nada se antepone a mi familia y mi salud”.

¿Sorprendente? Quizás no. Es difícil pensar en otra celebridad que haya llegado a la mayoría de edad bajo tanto escrutinio público y que le haya costado tanto reconciliarse con el aislamiento que produce la fama. El primer éxito de Bieber fue cuando tenía 14 años y, desde entonces, ha intentado —en sus palabras, mediante “prueba y error”— recrearse a sí mismo, una y otra vez. Su álbum de 2015 “Purpose” llegó cuando él reconoció en una entrevista reciente de Vogue junto a su nueva esposa, Hailey Baldwin, después de que “comencé realmente a sentirme demasiado a mí mismo. La gente me ama, soy el mejor; eso fue francamente lo que pensé. Me volví muy arrogante y engreído. Usaba anteojos oscuros dentro de la casa”. Pero no pudo siquiera completar su gira “Purpose”, porque, como lo dijo en su publicación de Instagram, estaba “emocionalmente imposibilitado de dar” lo que requería.

Es imposible exagerar la manera en que la fama puede impactar a individuos de cualquier edad, pero presenta peligros muy específicos a las personas que encuentran la fama tan joven como le pasó a Bieber. No solamente se le da pocas oportunidades a los niños celebridades para procesar sus sentimientos en soledad, sino que cuando no tienen un tutor consciente, reciben prácticamente todo lo que piden.

Los adolescentes son particularmente susceptibles a ataques de ego que enmascaran profundas inseguridades, y sin una guía significativa de figuras parentales o de otros mentores, puede que nunca caven lo suficiente como para encontrar los cimientos de su verdadero ser, o la importancia de cuidar a los demás. Si sus egos están continuamente siendo inflados por la adoración de desconocidos por razones superficiales —que se extiende incluso a sus talentos, dado que nuestros talentos no son la mejor encarnación de nuestro valor— estarán por siempre subidos en la cuerda floja de la aprobación pública.

Hasta que pierden el equilibrio, como Bieber ha finalmente —y legítimamente— reconocido que le ha pasado. En los meses recientes se ha mostrado abierto respecto de su búsqueda de tratamiento por depresión, y sobre su búsqueda de la afirmación espiritual. También ha asumido recientemente un gran compromiso de vida, en la forma del matrimonio, y ahora parece tener otro compromiso, un compromiso de vida más grande en su mente: la paternidad. Es prometedor el hecho de que Bieber haya tomado conciencia de que para convertirse en la persona que quiere ser —para él mismo, para su esposa, para sus futuros hijos— deberá tomar distancia del público en cuanto a cómo lo han conocido siempre, es decir, como una estrella.

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Recuerda algo que Siri Sat Nam Singh —el terapeuta basado en Los Ángeles que ha tratado a celebridades como Katy Perry y Rema Ma— declaró una vez en una entrevista: “[Nuestras mentes] son como nuestras casas. Si no limpia su casa se vuelve polvorienta, apestosa y sucia. Si usted no limpia su mente —a través de la lectura de libros o de ejercicios calmantes o meditación— no evolucionará.

En la civilización occidental solo importa lo material: todos buscan ser ricos, todos buscan comprar la casa y conseguir el documento. De este modo perdemos la meticulosidad, a pesar de que estamos hechos de espíritu del mismo modo en que estamos hecho de materia”.

La única preocupación para Bieber podría ser entonces que él aún comparte esta información a través de las redes sociales. Es maravilloso cuando las celebridades —y otros— hablan abiertamente sobre problemas de salud mental, pero es difícil que ellos tomen distancia del mundo mientras sigan conversando con ese mundo, en un espacio que deja tanto lugar para la opinión de la gente.

Ojalá que Bieber —y los cuidadores de cualquier otra estrella incipiente en el mundo— recuerden que la parte principal de conocerse a sí mismo es saber que uno no tiene que dar explicaciones. No hay necesidad de pedir disculpas por madurar.

Traducido por William Montes