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Televisión

La lección que podemos aprender de ‘Game of Thrones’

Por Bruce Craven

Nota del autor: Bruce Craven es el autor de “Win or Die: Leadership Secrets from Game of Thrones” (Ganar o morir: secretos de liderazgo de Game of Thrones). Craven hace parte de la facultad de Educación Ejecutiva de la Escuela de Negocios de Columbia y enseña a los graduados Liderazgo a través de la ficción. Las opiniones expresadas en este comentario pertenecen al autor.

(CNN) — Este domingo se levantó el telón de la temporada final de “Game of Thrones” de HBO. Si aún no eres fan, querrás tomar asiento para la batalla entre el hielo y el fuego. El show es una clase magistral de la importancia de ser resistente. Si ya eres fanático, es probable que sepas lo que dice Arya Stark cuando su entrenador de espadas Braavosi, Syrio Forel, pregunta: “¿Qué le decimos al Dios de la Muerte?”. La respuesta de Arya es una que todos debemos recordar, incluso si no llevamos una espada. Arya responde: “Hoy no”.

Esta frase ejemplifica el valor intrépido que Arya muestra mientras entrena para ser una asesina, y no es el único personaje que enfrenta el peligro y encuentra la fuerza necesaria para perseverar. A pesar de que su hermana, Sansa Stark —que es mucho más elegante y sensata— se enfrenta a un abuso psicológico y físico impensable, también encuentra su camino para salir de sus horribles encarcelamientos y convierte la adversidad a su favor.

En la primera temporada, las hermanas Stark dejan su hogar en el gélido norte; una de ellas espera aprender a usar su espada, mientras que la otra planea casarse con el apuesto príncipe Joffrey. El viaje al sur no sale bien para ninguna de ellas. En la capital de Westeros, King’s Landing, se ven obligadas a enfrentar dificultades impensables. Se enfrentan a situaciones brutales en las que sería comprensible fallar y sería fácil rendirse. Pero las dos mujeres jóvenes, en cambio, eligen enfrentar sus desafíos y, a medida que la serie continúa, operan con una notable capacidad de recuperación.

El programa, basado en la épica serie de fantasía de George RR Martin “A Song of Ice and Fire” (Bantam Books), es mucho más violento de lo que la mayoría de nosotros enfrentamos en nuestra vida cotidiana, por lo que puede parecer una exageración comparar la fantasía con la realidad. Pero si profundizas en las luchas ficticias en Essos y Westeros, encontrarás que, incluso si no traes dragones y espadas al trabajo, hay paralelos con nuestras aventuras de la vida real. Mirando hacia atrás en mi propia vida, puedo ver temas similares.

A mediados de los 90, a los 35 años, me encontraba casi al final de mi primera noche de trabajo en un bar en Manhattan y subarrendando un apartamento en el Lower East Side de Nueva York. El apartamento tenía pisos de madera que necesitaban barnizado, un inodoro en un armario junto a la puerta principal y una bañera en la cocina. Nada de lo que enfrenté fue comparable a los desafiantes viajes de las jóvenes Stark en Game of Thrones, pero sentí el peso de mis propias luchas recientes. Acababa de regresar a Nueva York después de un año de intentar ingresar al mundo de la escritura de guiones en Hollywood. Mi primera novela había sido publicada dos años antes y pensé que podría convertirla en una carrera escribiendo tanto novelas como guiones cinematográficos. Pero estaba equivocado.

Los Ángeles es mi ciudad natal, pero mi mudanza a Hollywood no fue muy diferente del viaje de Sansa a King’s Landing: estaba emocionado por la aventura y esperaba resultados perfectos. En cambio, como muchos otros que intentan entrar en una nueva industria, me encontré en un mundo competitivo y en un entorno que no entendía completamente. Puede que no haya estado confinado en la Fortaleza Roja, amenazado por la reina Cersei, pero eso no significa que fuera fácil.

Perdí a dos personas cercanas a mí ese año mientras escribía en Hollywood. Mi antigua mentora y jefa de la Escuela de Negocios de Columbia, Mary Anne Devanna, falleció. Sabía que estaba enferma, pero no entendí lo grave que era hasta que me llamó por teléfono a California y me contó su situación. Entonces, de repente, ella se había ido. Mi buen amigo, Tim Dwight, también luchaba por mantenerse vivo en Santa Mónica. Era valiente más allá de lo que podía imaginar, pero tampoco lo logró.

Esa Navidad me fui a la cama sintiéndome como un fracasado en mi trabajo profesional. No podía ganar dinero para mantenerme como escritor. Tanto un guión como una novela habían estado a punto de venderse, pero no se habían vendido. No tenía dinero para comida, alquiler o gasolina para mi Mercury vintage, sin mencionar el dinero para comprar regalos de Navidad para mis padres o hermanas.

Mis fracasos se sintieron desalentadores, pero me desperté el día de Navidad y me di cuenta de que era hora de seguir adelante. No tenía motivos para quejarme. Le reportaba a una mujer, tan alentadora como Mary Anne, que me ayudó a aprender sobre educación empresarial. Alguien tan comprensivo como Tim me había elegido como amigo y me ayudó a creer en mis habilidades como escritor. El hecho de que ambos hubieran fallecido demasiado pronto era doloroso. Todavía están conmigo, pero también me sentí afortunado de haberlos conocido. Entendí que fui bendecido. La gente en mi vida creía que podía lograrlo, y necesitaba seguir creyendo en mí mismo. Me di cuenta de que tenía hambre de escribir más y seguir luchando. El cuento de hadas que había perseguido en Hollywood no tuvo éxito, pero encontré un nuevo hogar temporal en Nueva York.

Pasé un poco de tiempo durmiendo en el piso del apartamento de mis amigos antes de encontrar ese apartamento, y tuve un empleo temporal archivando microfichas antes de comenzar a trabajar como barman. No era glamuroso, pero me centré en los aspectos positivos. Estaba conociendo gente nueva y creativa. Mi destartalado y poético apartamento era perfecto en el frío invierno de Nueva York, cuando podía tomar un baño caliente en mi cocina, abrir los grandes ventanales y ver cómo caía la nieve del cielo. En los días soleados, el apartamento estaba lleno de luz. Había un pequeño televisor en blanco y negro, en el que solía ver “Los Simpson”. Había un escritorio grande donde podía escribir.

Seguí trabajando hacia mis metas, incluso cuando parecían fuera de mi alcance. Tenía una pasión por la escritura, como Arya tenía una pasión por la lucha. Y, cuando volví a trabajar para Columbia Business School, encontré una nueva pasión por la enseñanza del liderazgo. Después de que los sueños de Sansa de casarse con el príncipe Joffrey se derrumbaron, una nueva pasión la guió para regresar a Invernalia y recuperar su hogar de aquellos que habían lastimado a su familia. Mi resistencia no es comparable a la mostrada por Arya y Sansa, pero aún me recordé a mí mismo que elegí no aflojar en lugar de renunciar.

En la vida, todos enfrentamos una competencia implacable, una adversidad impredecible, una traición ocasional y, con demasiada frecuencia, la duda y la desesperación. Estos son obstáculos inevitables en el largo viaje hacia nuestros objetivos. Esto sucederá si competimos para ganar.

A medida que Game of Thrones llega a su fin con su última temporada, todos deberíamos irnos con una lección de las hermanas Stark. No sabemos qué les traerá la temporada final, pero sí sabemos que tanto Arya como Sansa encontraron una manera de vivir con pasión y perseverancia en un entorno brutalmente competitivo.

Ellas dos nos recuerdan que a pesar de que el cuento de hadas no puede durar, podemos optar por vivir con agallas y resiliencia ante la adversidad.