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Venezuela

Trabajadores petroleros de Venezuela revelan una región desmoronada a pesar de los millonarios recursos

Por David McKenzie, Vasco Cotovio

Maracaibo (CNN) — El sol naciente atraviesa la bruma, parpadeando detrás de los cables del puente Rafael Urdaneta.

Construido en la década de 1960, impulsada por la riqueza petrolera de Venezuela, el puente atraviesa la entrada al gigantesco lago Maracaibo. Es el tipo de proyecto de infraestructura impresionante que a los países ricos en recursos les gusta presumir. Pero a medida que el puente se inclina hacia el otro lado, lleva de regreso a la realidad del descenso económico de Venezuela.

Después del puente, los autos se alinean para conseguir combustible en ambos lados de la carretera que se aproxima a Cabimas, una ciudad petrolera de alrededor de 300.000 personas.

Cabimas tiene cierta mística en Venezuela. La prisa por explotar el crudo grueso y sedoso de Venezuela comenzó aquí en 1922, con el lanzamiento del pozo petrolero Los Barroso. En fotos históricas, hombres encorbatados se paran frente al pozo y el rocío de oro negro que surge del suelo detrás de ellos.

Hoy en día, la maleza ha invadido los patios de recreo de los complejos petroleros. Las multitudes esperan fuera del banco su límite diario de efectivo, normalmente alrededor de 6.000 bolívares al día, que es menos de dos dólares estadounidenses.

Soldados custodian la farmacia más grande de la ciudad. La segunda farmacia más grande fue saqueada hace una semana por una mafia en busca de medicamentos y artículos básicos para el hogar, dicen los gerentes.

“Ya no funciona nada”

Un grupo de trabajadores petroleros de la compañía petrolera estatal PDVSA quieren llevar a CNN a observar el cercano campo petrolero de Salinas.

“El populismo terminó todo esto. ¿Ves esto? Ya no funciona nada”, dice Hector Berti, de 48 años, refiriéndose a la infraestructura petrolera que está envejeciendo en el lago de cristal. “El Gobierno nos terminó por completo”.

Los trabajadores petroleros dicen que el dinero destinado a mantener el equipo de PDVSA terminó en otra parte. Dicen que la gruesa capa lodosa de aceite contaminante, que cubre la línea costera, es la evidencia de la negligencia.

El lodo de aceite mancha toda la costa del lago Maracaibo.

Los sucesivos regímenes venezolanos han aprovechado las inmensas ganancias de PDVSA, propietaria de la refinería estadounidense Citgo, para financiar programas socialistas en el país. Pero Estados Unidos también ha acusado a los líderes venezolanos de usar la compañía petrolera para enriquecer a sus amigos y familiares. Transparencia internacional clasificó a Venezuela en 160 de 180 países en su Índice de Percepción de la Corrupción 2018.

El presidente Nicolás Maduro ha respondido que Estados Unidos está conspirando para socavar a Venezuela y culpó a los ataques terroristas extranjeros por fallas de infraestructura, como por ejemplo cortes de energía.

“Esta es la razón del golpe. No quieren que mejoremos. Nos sabotean y tratan de destruir el sistema económico”, dijo.

Nada de esto parecía importar tanto cuando los precios del petróleo eran altos. Luego vino lo que los trabajadores llaman “el año negro”: 2014, cuando los precios del petróleo comenzaron a caer. Desde alrededor de 107 dólares por barril, en junio de 2014, el precio del petróleo bajó a alrededor de dólares 26 por barril, en febrero de 2016.

Las nuevas y estrictas sanciones de Estados Unidos significan que el petróleo venezolano también tiene menos compradores ahora. En marzo, Venezuela exportó cero barriles a Estados Unidos, un país que alguna vez fue su mayor cliente.

Después de décadas de trabajar para la compañía, Berti dice que la empresa lo despidió hace unos días por hablar. Él y los otros que pidieron permanecer en anonimato por miedo a las represalias podrían ser detenidos por la inteligencia venezolana por hablar con periodistas.

“Las matemáticas simplemente no son posibles”

La economía de Venezuela dependía del petróleo. Sus precios a la baja y la posterior hiperinflación del país perjudican tanto a los empleados actuales como a los anteriores de PDVSA.

Berti sostiene un dispensador de insulina y un medicamento para el corazón. Él dice que tuvo que obtenerla de una organización de ayuda en la frontera con Colombia.

Todos los hombres están de acuerdo en que no pueden vivir de su salario en Venezuela. Dicen que sus salarios ahora equivalen a unos siete dólares al mes. “Las matemáticas simplemente no son posibles”, dice uno. Una bolsa de arroz cuesta alrededor de 4.900 bolívares, o un poco más de un dólar al tipo de cambio actual.

Trabajadores y extrabajadores de la estatal PDVSA protestan a las afueras del campo petrolero Las Salinas.

Los hogares en Venezuela reciben el CLAP, el Comité Local de Suministro y Producción, una ayuda del Gobierno de bienes básicos fuertemente subsidiados, que se entrega a las familias venezolanas en una pequeña caja de cartón. Pero los venezolanos dicen que no es suficiente.

Fuera de la entrada a Salinas, varios trabajadores petroleros retirados están protestando. Dicen que la inflación y la corrupción han hecho que sus pensiones sean casi inútiles. Muchos sostienen las identificaciones de sus compañías, que abarcan las décadas que dieron al trabajo.

Un manifestante, Africano Nixon, ha traído comida para perros: dice que es la única comida que puede pagar.

Rodolfo Hernández, de 60 años, se ató con cinta amarilla a un crucifijo improvisado hecho de una tabla de planchar y una tabla de triplex. Él trabajó para PDVSA durante 37 años, dice, y ni él ni sus compañeros jubilados pueden pagar medicamentos vitales. Sus pensiones promedian unos cinco dólares al mes.

“Estoy crucificado porque muchos de mis colegas han muerto. Y no queremos sufrir el mismo destino”, dice.

Después de dedicar la mayor parte de su vida a la industria del petróleo en Venezuela, Rodolfo Hernández dice que ni él ni sus compañeros pueden comprar las medicinas que necesitan.

Hernández no está enojado con el gobierno que dirige PDVSA; no quiere que el gobierno del asediado presidente Nicolás Maduro sea derrocado. Él dice que solo quiere suficiente dinero para sobrevivir. Suficiente para un hombre que ayudó a construir este país. Muchos de los trabajadores parecen compartir ese sentimiento.

“No somos guerrilleros”, dijo uno.

PDVSA no respondió a las preguntas de CNN sobre las quejas y beneficios del pago de los trabajadores para los empleados actuales y anteriores.

“Quiero que Estados Unidos se lleve a Maduro”

La implosión de la industria petrolera golpea a los venezolanos en formas grandes y pequeñas. Conocimos a Higinio Acosta, de 51 años, empujando su auto rojo en una fila de combustible en la ciudad de Cabimas. Con una sonrisa maliciosa, este trabajador dijo: “Quiero que Estados Unidos saque a Maduro, que lo saque de aquí. Está robando a la gente. Nos está robando comida”.

Higinio Acosta empujó su vehículo tras una fila de autos y esperó tres horas para ponerle gasolina a su auto en una estación de servicio, en Cabimas.

De vuelta a través del puente y en la ciudad de Maracaibo, la ira hacia Maduro se siente más pronunciada. La gente aquí dice que está cansada de que el Gobierno diga que las cosas están volviendo a la normalidad.

En la burbuja de la ciudad capital, Caracas, lo peor de los apagones parece que fue superado. El metro está funcionando y las filas para recoger agua han disminuido. Pero no hay tal comodidad en Maracaibo, excepto tal vez en los hoteles de lujo donde se mudaron las familias ricas.

Durante los apagones esporádicos que hubo en el país durante el mes de marzo, cientos de residentes en Maracaibo fueron saqueados y se destruyeron decenas de negocios después de días sin energía eléctrica. Ellos se quedaron dos días en el hotel Brisas del Norte, rompiendo incluso las alfombras. Los gerentes de los hoteles dicen que nadie del Gobierno ha venido a ver el daño.

“El 80 por ciento de los negocios de nuestra ciudad ahora están cerrados”, dice Carlos Dickson Barbera, exjefe de la Cámara de Comercio del estado.

Y cuando se pone el sol, se apagan las luces de esta otrora orgullosa ciudad, resultado del racionamiento energético impuesto por el Gobierno. Mientras conducimos por los vecindarios y los distritos comerciales, solo el parpadeo de la luz de nuestro automóvil atraviesa la sombra.

Las familias se refugian dentro.

Barbera piensa por un segundo cómo describir esto.

“Es como ‘The Walking Dead'”, dice.