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Inmigración

Inmigración

Cómo debería verse en realidad una frontera del siglo XXI

Por Cecilia Muñoz

Nota del editor: Cecilia Muñoz es vicepresidenta de Tecnología de interés público y de iniciativas locales en New America. Previamente sirvió como directora del Consejo de política nacional de la Casa Blanca bajo el presidente Obama. Las opiniones expresadas en este artículo son propias de la autora.

(CNN) – Las críticas a la estrategia inmigratoria del gobierno de Trump son bien merecidas; su enfoque en la frontera ha sido no solo una catástrofe humanitaria y moral, sino que también ha empeorado probablemente la situación. Cada cambio de política, cada amenaza de accionar con más fuerza, es como un faro para las redes de contrabandistas en América Central que explotan con eficacia los tuits del Presidente a fin de expandir su actividad.

“Hazlo ahora”, urgen a sus posibles pasajeros, antes de que sea peor. No hay pruebas de que incluso hacer lo impensable, sacar a los pequeños de brazos de sus madres y luego no poder rastrearlos para la reunificación final, disuada a los migrantes de venir. La gente que escapa de la dificultad y el peligro con sus hijos probablemente pensará menos sobre lo que le espera al final de su camino de lo que se enfoca en alejar a sus hijos de las amenazas actuales. Las noticias de que el gobierno considera transportar a los migrantes a las ciudades conocidas como santuario socava aún más la ineficacia de su enfoque.

Parecen estar más interesados en usar el tema en contra de quienes perciben como sus enemigos políticos que en resolver los problemas.

Pero por aberrante que sea la estrategia presidencial a la inmigración, no es suficiente despotricar contra el gobierno que se desplaza de una terrible decisión a la siguiente. Debemos encontrar también la forma, incluso mientras continúan los gritos a nuestro alrededor, de tener una conversación racional sobre cómo poner orden en medio del caos. Es lo que los estadounidenses esperan y merecen de parte de sus legisladores.

Deberíamos comenzar por reconocer que nuestras políticas están diseñadas para la frontera que teníamos 20 años atrás, cuando la migración que buscábamos controlar provenía de México y consistía principalmente de adultos solteros que buscaban trabajo. Para manejar esto se construyeron las instalaciones de la Patrulla Fronteriza. La infraestructura física – el entrenamiento que recibe nuestro personal – está pensado para detener a los adultos que intentan evitar a nuestras autoridades.

El tráfico real en la frontera ahora mismo, por otra parte, es abrumadoramente de familias con hijos, y de niños que viajan solos desde América Central. No buscan huir de la patrulla fronteriza; vienen buscando a nuestros agentes a fin de pedirles ayuda. En mi experiencia como funcionaria gubernamental, las instalaciones en que trabajan nuestros agentes no están equipadas para las familias ni para los niños. No hemos visto nunca el número de familias y niños no acompañados que están llegando ahora; las detenciones del mes pasado en la frontera excedieron el punto más alto de los últimos cinco años en más de 30.000 personas.

Es hora de diseñar un sistema adecuado para la frontera que realmente tenemos. Eso significa que parte del debate sobre qué invertimos en los establecimientos de detención debería al menos enfocarse en crear el tipo de infraestructura que necesitamos en la frontera. Parte del debate debería concentrarse en cómo brindar un ambiente físico digno para la difícil tarea de recibir a los que vienen (muchos de los cuales han tenido un aterrador viaje), de evaluar quién podría tener un reclamo de protección en Estados Unidos y de brindar un trato humanitario a quienes no lo tienen.

Una segunda necesidad es reconocer que la raíz de nuestro desafío es una crisis de refugiados en nuestro hemisferio. No podemos esperar tener éxito sea cual sea la táctica que usemos en la frontera si no invertimos y somos buenos aliados de los países centroamericanos que lidian con la violencia y el desencaje económico que fuerza a su gente a migrar en primer lugar. Las amenazas del presidente Trump de poner fin a la asistencia en la región son el equivalente político de dispararnos a nosotros mismos en ambos pies.

Este gobierno también desmanteló totalmente el proceso interno del país que el gobierno de Obama había comenzado a establecer, que por primera vez les brindaba a los potenciales refugiados las herramientas para demostrar que enfrentan peligros y buscan la posibilidad de reestablecerse en algún otro lugar de la región antes de emprender la peligrosa travesía por México. La respuesta a los abrumadores problemas en América Central nunca iba a ser que todos los que huyen terminaran viviendo en Estados Unidos. Pero tenemos un papel enorme para hallar soluciones, y este gobierno ha abdicado de toda la autoridad moral que podríamos traer a este proceso.

También deberíamos ocuparnos de nuestro agobiado sistema de asilo en Estados Unidos. El presidente Trump está usando el retraso de los casos de asilo como argumento para cerrar efectivamente el sistema, un resultado que los xenófobos que él contrató tienen la esperanza de alcanzar desde hace años. Sería mucho mejor – y más congruente con nuestra historia y nuestros valores – seguir los consejos de la excomisionada de inmigración Doris Meissner -ahora en el Instituto de Políticas Migratorias- que reformó el sistema de asilo durante el gobierno de Clinton.

Ella argumenta convincentemente que podemos hacerlo una vez más; ya tenemos los recursos a mano para crear un cuerpo de asilo que pueda manejar casos más eficiente y eficazmente que el sistema que funciona actualmente. Esto está dentro de las posibilidades de cualquier gobierno: imaginen si tuviéramos un Presidente que buscara soluciones en lugar de usar las crisis autoinfligidas para arengar a sus votantes.

Imagínese si, en lugar de una patrulla fronteriza sin los recursos adecuados que podría separarlo de su hijo, usted se encontrara en la frontera con instalaciones decentes, con funcionarios de asilo entrenados para realizar las evaluaciones iniciales y que con el tiempo llegara a una decisión informada sobre su caso. Imagínese si quedara en claro desde un principio que si usted cumpliera con los altos estándares de una solicitud de asilo, podría esperar una respuesta justa y expeditiva, y de no ser así, podría esperar ser removido de un modo humanitario. El caos de nuestro sistema actual contribuye al flujo migratorio. La claridad, el orden y las expectativas claras podrían comenzar a limitarlo.

No debemos caer en la trampa de creer que estos son problemas insolubles. Esa es la esencia del argumento del presidente Trump para los muros y para el tratamiento cada vez más despiadado de los seres humanos en el centro de esta crisis. Al mismo tiempo, tampoco es suficiente enfocarse en los terribles resultados de su trabajo.

Es hora de que los legisladores y defensores se pongan a investigar, vean qué ha cambiado en la frontera y creen un enfoque para los desafíos que enfrentamos ahora. No será fácil de cambiar la dinámica en la frontera; no hay soluciones rápidas aquí. Pero existen estrategias de políticas a disposición de quienes sean lo suficientemente reflexivos y visionarios para buscarlas, y pueden lograr tanto una frontera segura como una puerta de entrada ordenada para quienes ameritan ser protegidos bajo la ley. No son solo los migrantes quienes se merecen este resultado; el pueblo estadounidense también se lo merece.

(Traducción de Mariana Campos)