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Salud mental

El sentido del sufrimiento

Por Rafael Domingo Oslé

Nota del editor: Rafael Domingo Oslé es profesor investigador del Centro de Derecho y Religión de la Universidad Emory y catedrático de Derecho de la Universidad de Navarra. Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente a su autor.

(CNN Español) — En este espacio quiero tratar esas cuestiones profundas, de gran calado, que a nadie dejan indiferentes. Hoy quiero abordar un tema inquietante, sobrecogedor, al que solemos enfrentarnos con temor y desasosiego. Me refiero al sufrimiento. Aunque todos lo experimentamos, muy pocos comprenden su significado más profundo.

Sufrimos desde nuestra más tierna infancia y morimos rodeados del sufrimiento de nuestros familiares y amigos. Entre medias, cada cual se enfrenta al sufrimiento en modos y niveles distintos: desamores, enfermedades, pérdidas de seres queridos, problemas laborales, exclusión social, calamidades naturales. El sufrimiento es nuestro gran compañero en el viaje de la vida.

Mi sugerencia de hoy es la siguiente: la mejor manera de combatir el sufrimiento es comprender su verdadero sentido, aceptarlo como necesario para nuestro desarrollo, abrazarlo hasta amarlo. Entonces, el sufrimiento se diluye como un azucarillo en el café, como el humo en el aire, como la sal entre los alimentos. El amor es el mejor antídoto contra el sufrimiento. El miedo, su mejor aliado.

El ser humano sufre cuando se resiste a aceptar las limitaciones propias y ajenas. Sufrimos cuando no queremos aceptar nuestra condición de criaturas, es decir, de seres en evolución que necesitan perfeccionarse. Sin limitaciones, sin obstáculos, el ser humano no crece, no se desarrolla, no progresa. El avión se inventó para suplir la limitación humana de no poder volar. Nuestra limitada capacidad de movimiento ha servido también para fabricar coches, mandos a distancia, robots, para unirnos por internet y tantas cosas más por venir. Las limitaciones no son freno, sino un punto de partida, una ocasión de mejora.

Por eso, el sufrimiento debe ser tenido como un compañero al que se comprende, se acepta tal y como es y cuya presencia se agradece. El sufrimiento, así entendido, es un tesoro. Nos transforma desde dentro; nos espiritualiza, nos hace más humanos, más comprensivos, más nobles, más compasivos, más atractivos. Da alas a nuestra capacidad de amar. Acaba con todos nuestros miedos y temores. El sufrimiento aceptado es hoguera que nos calienta y energiza. El sufrimiento reprimido es quemadura que abrasa y destruye.

Convierte tu sufrimiento en fuego que da luz y calor al entorno, y no en un incendio de destrucción y ceniza. La diferencia no es de matiz. Es radical. Y el cambio de quien lo experimenta, transformativo.