CNNEarrow-downclosecomment-02commentglobeplaylistsearchsocial-facebooksocial-googleplussocial-instagramsocial-linkedinsocial-mailsocial-moresocial-twittersocial-whatsapp-01social-whatsapptimestamptype-audiotype-gallery
El Apunte de Camilo

Padres e hijos

Por Camilo Egaña

Nota del editor: Camilo Egaña es el conductor de Camilo. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) — “Con los hijos nunca se termina”, dicen las comadres. Y la vida lo ratifica.

Un hijo se parece tanto y tan poco a su padre, que en ocasiones lucen como dos extraños que se acaban de topar.

Pero, aun así, hay un desasosiego, una ansiedad, una inquietud que forma parte del cariño que se profesan.

Porque con un hijo todos los miedos se desatan y los peligros se multiplican por generación espontánea.

Esa necesidad del abrazo urgente o del portazo definitivo, la han descrito hijos escritores como Philip Roth, Paul Auster, Héctor Abad Faciolince, Fernando Marías, y hace poco lo hizo uno joven y peruano, chévere y sinvergüenza que se llama Renato Cisneros. Recomiendo su libro La distancia que nos separa.

De mi padre guardo muy poco. Y recuerdo menos.

Tengo una fotografía de Luis Egaña sentado en la arena en Varadero hace 40 años que soy yo ahora.

La mirada es la misma y el cuerpo ajeno al ejercicio físico, también es el mismo. Pero nada más, supongo.

Supongo que entre él y yo hay una distancia sideral y un desapego inconmensurables.

Igual, estoy equivocado porque con los padres todo se supone.

Un anciano estadounidense de 96 años acusado de conducir a exceso de velocidad me ha conmovido justo cuando creía yo que no cabía en mí más emoción por tanta balacera y tanta desidia.

Victor Coella compareció ante el juez y le explicó que iba a esa velocidad porque se trataba de un caso para él, de extrema urgencia: llevaba a su hijo de 63 años enfermo de cáncer a realizarse un examen de sangre.

“Usted es un buen hombre”, dijo el juez que protagoniza un programa en la televisión y agregó: “Él a sus 90 y sigue cuidando a su familia”.

Y luego el juez le preguntó al anciano: “¿Ve a ese joven allí? Es mi hijo. Ahora me mira y se pregunta: ‘Papá, cuando tengas 90 años, ¿me llevarás en coche también?”.

El hijo del juez sonrió.

Con los padres todo se supone. Con los hijos, también.

Si a padres e hijos nos abrigaran más certezas, tal vez el recorrido sería más cómodo y dulce, como un abrazo urgente. Aunque durase 20 segundos.