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Política

La presidencia de un país no es un juego

Por Pedro Brieger

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios nacionales como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión argentina.

(CNN Español) — El martes 20 de agosto el presidente de la Argentina Mauricio Macri presentó a su nuevo ministro de Hacienda y en un momento le dijo a quienes estaban allí: “Gracias por acompañarnos tan temprano este lunes”.

Más allá de las bromas de ocasión porque el día anterior había sido feriado nacional, lo cierto es que en la sala había personas con rangos ministeriales y de suma importancia en la función pública. Al agradecer que habían llegado “tan temprano” cuando eran cerca de las 9 de la mañana pareciera que él y la gente que lo acompaña en la difícil tarea de gestionar el país no suelen trabajar desde temprano.

Macri también es muy afecto a las bromas en público cuando se reúne con presidentes de otros países y hay que reconocer que no es el único que las hace.

La pregunta que siempre aparece es si en una posición tan importante que define el destino de millones de personas quienes ocupan dichos cargos pueden manejarse con la misma soltura y displicencia que cuando ocupaban cargos menores.

Está claro que no, porque los dichos de una persona repercuten según la posición que ocupe. Donald Trump como presentador de un programa de televisión o como empresario podía hacer bromas o comentarios de todo tipo, hasta racistas, pero eran consideradas las expresiones de un empresario exitoso y vulgar. Cuando tuitea como presidente que no va a construir una torre de oro en Groenlandia ni siquiera es una broma de mal gusto, como quedó demostrado por la áspera respuesta de la primera ministra danesa y la posterior cancelación de su viaje programado a dicho país.

El día que Jair Bolsonaro votó a favor de la destitución de la presidenta Dilma Rousseff en abril de 2016 era un ignoto diputado reivindicando la figura de su torturador, Carlos Alberto Brilhante Ustra. Tres años después, ya como presidente, recibió a su viuda y lo calificó de héroe. Si un presidente califica de héroe a un torturador condenado en 2008 por sus crímenes cometidos durante la dictadura, avala en nombre del Estado lo que hacía esta persona en cuestión.

El impacto que tienen las palabras de un presidente sobre la sociedad son determinantes para la educación actual y futura, y en numerosas ocasiones quienes ocupan ese lugar parecen olvidarlo.

En el siglo pasado América Latina estuvo asociada a dictadores estrambóticos dueños del poder absoluto, ridiculizados en cierta medida en la película satírica “Bananas” de Woody Allen. Sin embargo, se puede decir que eran dirigentes locales sin gran proyección internacional y poco conocidos fuera de su mundo.

La globalización de los medios masivos de comunicación y la inmediatez de las redes sociales hace que hoy cualquier hecho pueda convertirse en tendencia, ya sea cuando el presidente de Filipinas Rodrigo Duterte afirma que se “curó” de la homosexualidad con mujeres hermosas, o si el expresidente de la República Checa se guarda en el bolsillo un bolígrafo en una ceremonia oficial, imagen que se viralizó.

Desde ya que el humor —o los ridículos— son parte de la vida y existieron en todas las épocas. De todas maneras, nos podemos preguntar si quienes ocupan los máximos lugares de un país son conscientes de la responsabilidad que les cabe por el lugar que tienen. Y muchas veces pareciera que no.