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Huracanes

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Científico: ¿Por qué tantos estadounidenses me preguntan sobre bombardear un huracán?

Por Adam Sobel

Nota del editor: Adam Sobel es profesor del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia y de la Fundación Fu Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas. Es científico atmosférico y estudia los eventos extremos y los riesgos que representan para la sociedad humana. Sobel es el autor de “Storm Surge”, un libro sobre la supertormenta Sandy. Síguelo en Twitter: @profadamsobel. Las opiniones expresadas aquí pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — El domingo, cuando la temporada de huracanes en el Atlántico mostró señales de vida con la formación de la tormenta tropical Dorian, Axios informó que “el presidente Trump ha sugerido varias veces a altos funcionarios de Seguridad Nacional que exploren el uso de bombas nucleares para impedir que los huracanes impacten en Estados Unidos“. El presidente Trump niega este informe, pero eso no ha impedido que provocara una ronda de artículos de seguimiento, críticas en las redes sociales y explicaciones de científicos sobre por qué bombardear huracanes es una mala idea.

No estoy realmente interesado en si el presidente Trump hizo la supuesta recomendación o no. Ciertamente suena como algo que él diría, pero si está lo suficientemente avergonzado como para negarlo, eso es suficientemente bueno para mí. Desearía que sintiera lo mismo sobre muchas otras cosas que no ha negado haber dicho.

Yo tampoco — a pesar de mis credenciales e identidad como científico — quiero escribir otra explicación de por qué bombardear huracanes es una idea terrible. (Versión corta: no funcionaría, porque un huracán es mucho más poderoso que una bomba nuclear. Y mientras tanto, liberaría una gran cantidad de material radiactivo a la atmósfera, haciendo mucho más daño que bien).

Estoy más interesado en el origen de la idea. No a quién se le ocurrió primero y cuándo, sino por qué sigue apareciendo, una y otra vez, durante tantos años. Ya sea que el presidente lo haya dicho o no esta vez, mucha gente lo ha hecho — tantas que la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica ha creado una página que explica por qué es una idea tan mala. Y tan aterradora como parece la idea — al menos para aquellos de nosotros que tenemos una educación relevante y hemos pasado mucho tiempo pensando en armas nucleares, huracanes o ambos–, aquellos que la mencionan, probablemente lo han hecho y continúan haciéndolo con buenas intenciones. Veo a Trump como una fuerza tremendamente malévola en la política y la sociedad estadounidenses, pero no le regateo la hostilidad hacia los huracanes. Puedo aceptar la posibilidad de que, si él realmente sugirió atacarlos, probablemente lo hizo solo porque pensó que podría proteger a las personas en su camino.

Personalmente, he sido cuestionado sobre la idea nuclear muchas veces por personas normales que se han presentado en charlas públicas que he dado sobre los huracanes. No estoy seguro de que yo mismo no lo preguntaría si no supiera la respuesta.

Pero nos corresponde mirar un poco por debajo de la superficie de esta curiosidad benigna y consciente. Cuando nos enfrentamos a un peligro de nuestro entorno natural, ¿por qué algunos de nosotros recurrimos, aunque solo sea por un momento en nuestras mentes, a armas de destrucción masiva tremendamente poderosas y peligrosas?

Aquí está mi intento de respuesta. Aquellos de nosotros que vivimos en los barrios más ricos del mundo moderno nos sentimos tan aislados — por la riqueza y la tecnología — de las realidades físicas de la vida en este planeta que, cuando esas realidades amenazan con afectarnos de maneras que no podemos descartar de inmediato, nos volvemos impacientes. ¿Por qué nuestros líderes no pueden hacer que este problema desaparezca gastando dinero, ejerciendo el poder militar o ambos? La idea de que tal vez tengamos que doblegarnos ante las fuerzas de la naturaleza, de que tal vez tengamos que cambiar algo sobre nosotros mismos, ya sea a corto o largo plazo, para aceptar el hecho de que vivimos en un planeta que no podemos controlar por completo, nos frustra enormemente.

Esto es relevante, por supuesto, para los debates sobre la crisis climática. Detrás de casi cada negación de la existencia de esa crisis está lo que aquellos que estudian el problema llaman aversión a la solución. Es decir, la hostilidad hacia cualquier política o acción propuesta que permita el reconocimiento de límites físicos externos (como el hecho de que las emisiones incontroladas de gases de efecto invernadero están haciendo la vida cada vez más peligrosa para un gran número de personas y miembros de otras especies) que frenen el impulso del crecimiento económico. Y esto no es solo un problema a la derecha del espectro político. Muchos de nosotros que creemos que la crisis climática es un problema grave –y no soy la excepción–, no nos comportamos como si lo fuera, ya sea en nuestras acciones individuales o, lo que es más importante, en nuestra participación en el proceso político.

En lugar de aceptar que nuestros intereses colectivos requieren una visión más amplia, una que tenga en cuenta las realidades físicas del mundo no humano, y que esto podría requerir de nosotros un esfuerzo de un tipo u otro, es muy tentador preguntar por qué el estado no puede resolver el problema por nosotros bombardeando a alguien o algo.

A medida que el planeta continúa calentándose, los encargados de formular políticas prestan cada vez más atención a la idea de la “geoingeniería”: manipular el medio ambiente para contrarrestar los efectos del cambio climático, por ejemplo, enviando cohetes o aviones intencionalmente para poner mucho polvo en la estratosfera, con el fin de enfriar la tierra bloqueando la luz solar. Aunque me opongo firmemente a esta idea, acepto que discutirlo no es algo tan loco como lo sería discutir el bombardeo nuclear de los huracanes.

Pero mientras lo hacemos, debemos mirar continuamente dentro de nosotros mismos y preguntarnos si es algo que nos atrae porque es realmente la mejor opción o porque nos permite seguir pensando que el mundo gira a nuestro alrededor. ¿Estamos realmente tratando de vivir según los valores que apreciamos? ¿O solo queremos cohetes, aviones o bombas para que nuestros problemas desaparezcan y podamos continuar como estamos?