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Incendios en el Amazonas

Incendios en el Amazonas

El ego de Bolsonaro se interpone en el camino para salvar al Amazonas

Por Frida Ghitis

Nota del editor: Frida Ghitis, exproductora y corresponsal de CNN, es columnista sobre temas internacionales. Colabora con frecuencia para la sección de opinión de CNN, para The Washington Post y es columnista para World Politics Review. Puede seguirle en Twitter en @fridaghitis. Las opiniones expresadas en este comentario son propias de la autora.

(CNN) — “¿Dije eso? ¿Lo dije?”. Ese fue el presidente de Brasil Jair Bolsonaro que hablaba con reporteros el martes por la mañana, negando aparentemente lo que su oficina le había dicho a CNN hacía exactamente una hora, esto es, que rechazaría un compromiso de donación de US$ 20 millones de los países del G7 para ayudar a combatir los incendios que consumen el Amazonas. Fue un toque de abuso psicológico al estilo de Bolsonaro.

Los incendios del Amazonas están quemando el ecosistema más vital de la Tierra a un ritmo tan vertiginoso que para cuando usted lea esto, unos cuantos miles de árboles más se habrán convertido en cenizas. La agencia de investigación espacial brasilera calcula que cada minuto se quema el equivalente a una cancha y media de fútbol en bosques forestales. Esa destrucción incluye arboles y todo lo que vive en los bosques y que no puede escapar.

En la medida que se extiendan los incendios, la escala de la devastación podría llegar a un punto en que el daño podría volverse irreversible. Ante la creciente presión en el exterior y dentro de Brasil, Bolsonaro se ha mantenido ocupado con una disputa infantil (y sexista) respecto a si tiene una esposa más bella que la del presidente francés Emmanuel Macron o si los esfuerzos internacionales para ayudar equivalen a un ataque contra la soberanía brasileña. Mientras, arden más bosques.

Brasil debería recibir ayuda no solo porque lo que ocurre en el Amazonas afectará a todo el planeta, sino porque no debería ser el único en soportar el costo de preservar el Amazonas. Si Bolsonaro siente o no que tiene algo para probar, los brasileños tienen mucho de qué enorgullecerse. Tienen un país espectacular, y han mostrado en el pasado que son capaces de protegerlo. No hay que avergonzarse por aceptar asistencia de un mundo que está dispuesto a ayudar. Tiene todo el derecho de manejar la operación. Es su país. Pero su problema está afectando a todos. Si todos quieren ayudar, ¿por qué no dejarlos? El obstáculo, como sucede con frecuencia con los demagogos, es su presidente. Es un ejemplo perfecto – perfectamente horrible – de lo que sucede cuando los demagogos nacionalistas llegan al poder.

No es ninguna sorpresa que Bolsonaro haya sido descrito como el “Trump de los trópicos”. Gran parte de su estilo político recuerda al presidente estadounidense, incluyendo su enfoque sobre el medio ambiente.

A instancias de los líderes extranjeros de que combata los incendios – que habilitan más tierras para que hacendados y mineros brasileños pongan a pastar al ganado y extraigan riqueza mineral – Bolsonaro declaró que “tienen que entender que el Amazonas es de Brasil, no de ustedes”.

No fue diferente cuándo el presidente Donald Trump dijo en su conferencia de prensa tres días más tarde, cuando le preguntaron si aún se mantenía escéptico respecto al cambio climático. En su dispersa respuesta dijo que es un “ambientalista”, y continuó describiendo exactamente lo opuesto, esto es “EE.UU. tiene una enorme riqueza. La riqueza está debajo de sus pies”, y agregó: “No perderé esa riqueza; no lo perderé en base a sueños”.

El credo de los nacionalistas está centrado en alguna versión de MAGA, el eslógan de Trump de “Hacer grande a Estados Unidos otra vez”, que es un llamado a desconfiar de la colaboración con otros países y a rechazar la posibilidad de sacrificarse en pos de un bien común compartido con otras naciones.

¿El medio ambiente, la colaboración internacional? Esos son para los débiles. Los nacionalistas hacen alarde de su poder y les dicen a los demás que se dejen de entrometer en sus asuntos.

No es ninguna coincidencia que Bolsonaro, también, hiciera campaña sobre la base de una plataforma hipermasculina. El gesto omnipresente en sus mitines era un dedo índice y pulgar extendidos, a modo de pistola imaginaria, que simboliza su plan de colocar más armas en las manos de civiles. Elogió las dictaduras militares de Brasil, atacó a los brasileños de la comunidad LGBT y cuando escuchó que una mujer lo llamó violador, dijo que ella no era lo suficientemente atractiva como para que él la violara.

En el núcleo del impulso del político nacionalista hay una defensa estridente del país contra amenazas imaginarias. Sin duda, Brasil ha sido víctima de la explotación colonialista durante su historia y tiene derecho a proteger su soberanía.

Pero Macron, que ha liderado el esfuerzo por ayudar a Brasil a combatir los incendios en el Amazonas, “los pulmones del planeta”, apunta a una realidad que ninguna cantidad de bravuconada varonil o demagogia nacionalista puede negar: todos vivimos en el mismo planeta.

El plan de Macron, que presentó al lado de Sebastián Piñera, el presidente del país vecino de Brasil, Chile, comenzaría con un impulso de emergencia para apagar los incendios, seguido por un programa de colaboración entre los países amazónicos y las naciones ricas del G7. Como dijo Piñera, se haría “respetando siempre su soberanía”.

La falacia del ultranacionalismo es que ya no vivimos en un mundo en donde los países pueden amurallarse y hacer de cuenta de que lo que sucede más allá de sus fronteras no les afecta. El humo de los incendios brasileños es visible desde el espacio; planeará sin respetar las fronteras del hombre. No solo el humo de los bosques incendiados cruza las fronteras. Los virus letales también, igual que la materia prima para los productos que utilizamos cada día. Las ideas y los hechos también cruzan fronteras. Aunque Trump y Bolsonaro y sus seguidores nieguen el cambio climático, los hechos hablan por sí mismos.

Los demogogos nacionalistas quizás no quieran trabajar con otros países, pero cuanto más tiempo se rehúsen a hacerlo, más rápido serán arrastrados por enojados votantes cansados de las mentiras, la ambigüedad y el engaño, incapaces de negar las realidades que ven con sus propios ojos, y de respirar con sus propios pulmones.