CNNEarrow-downclosecomment-02commentglobeplaylistsearchsocial-facebooksocial-googleplussocial-instagramsocial-linkedinsocial-mailsocial-moresocial-twittersocial-whatsapp-01social-whatsapptimestamptype-audiotype-gallery
Israel

¿Hay lugar para los árabes en el Estado de Israel?

Por Pedro Brieger

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios argentinos como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión de Argentina.

(CNN Español) — La sociedad israelí es tan compleja que se hace muy difícil comprender por qué se han realizado ya dos elecciones generales este año y ningún partido político puede formar un gobierno estable.

Siempre hay que tomar en cuenta que es una sociedad compuesta por varias oleadas inmigratorias de diferentes países con gente que tiene muy poco en común, salvo el hecho de ser judíos. A su vez, hay múltiples corrientes religiosas que adhieren de manera fervorosa a la religión judía y han chocado a lo largo de la historia con quienes son laicos y rechazan las imposiciones religiosas en la vida cotidiana. Además, las diferencias entre los judíos llamados “occidentales” y los “orientales” se mantienen, sean estos laicos o religiosos. Desde ya que las ideologías de derecha e izquierda también juegan un rol central, siendo que las “izquierdas” suelen ser quienes están a favor de realizar concesiones en aras de llegar a la paz con los palestinos, mientras las “derechas” suelen ser reacias a ceder algo de los territorios que Israel ocupa ilegalmente desde 1967.

Es indispensable comprender este entramado porque tiene correlato en la política, con la formación de partidos que suelen mantener cohesiones identitarias de diverso tipo. Pero hay algo que une a muchos -sea cual sea su tendencia- y es clave: ven al Estado de Israel como un Estado solo para judíos, a pesar de que el 20% de la población es árabe, y en las recientes elecciones todas las listas árabes formaron una coalición que la convirtió en la tercera fuerza parlamentaria.

En el sistema político israelí se necesita el apoyo de 61 parlamentarios para gobernar. El Likud del primer ministro Benjamin Netanyahu, obtuvo 32 escaños en las recientes elecciones del 17 de septiembre. El partido Azul y Blanco, del general retirado Benny Gantz, 33; la Lista conjunta de partidos árabes, 13 y el resto se los repartieron otras formaciones. Netanyahu descartó de plano cualquier acuerdo con La lista Unida de partidos árabes.

Desde la creación del Estado de Israel, en 1948, la población árabe fue discriminada y marginada y su peso parlamentario durante años fue marginal. Sin embargo, hoy, ante la crisis de los grandes partidos, su lugar es clave. Pero la definición del Estado de Israel como un estado judío la excluye justamente por ello. Para Netanyahu no parece implicar un dilema ético. Para Gantz es un problema. Las conversaciones para la formación de un gobierno de “unidad nacional” excluyendo a los árabes confirma la presunción de que no son vistos como parte de la sociedad israelí. El 24 de septiembre el editorial del diario Haaretz titulaba “Gantz capituló sin una batalla” ante Netanyahu porque no quiso que lo vieran dependiendo de lo que la sociedad percibe como “votos antisionistas árabes que apoyan al terrorismo”, (algo con lo que los partidos que conforman esta coalición no coinciden) pero lo que el diario consideró un triunfo de la “deslegitimación” de los árabes dentro de la sociedad israelí.

Y esto permitió que el presidente encomendara a Netanyahu la formación de gobierno.

Tomando en cuenta todos estos elementos cabe preguntarse qué lugar le corresponde a la minoría árabe dentro del Estado de Israel que se jacta de ser la “única” democracia del Medio Oriente, pero discrimina al 20% de su población.