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Puerto Rico

El trauma para las familias afectadas por el terremoto de Puerto Rico continúa a miles de kilómetros de casa

Por Ray Sánchez

(CNN) — El muscoloso expolicía duerme en una cama sencilla baja a solo unos centímetros del piso de madera. Su esposa, su hija de 17 años y su hijo de 7 años descansan en la cama de tamaño completo adjunta, y su hijo de 16 años está en la litera superior.

Otra pareja y su hijo de 10 años comparten una cama tamaño queen en la habitación contigua.

Otras tres familias duermen en enormes colchones inflables que, cuando son levantados durante el día, bloquean la luz del sol en los comedores y salas de estar.

Así es la vida por estos días para más de una docena de familiares de Jodie Roure que huyeron de la serie de terremotos que ha afectado a Puerto Rico desde finales de diciembre. Todos llenaron su apartamento de dos habitaciones en el vecindario Hamilton Heights de Manhattan, Nueva York, obligando a Roure a separarlos para controlar su estrés.

“La tensión acumulada fue tan grave que tuve que quedarme con otro familiar”, dijo Roure, de 49 años y profesora del John Jay College of Criminal Justice. “Tienes entre 14 y 16 personas en menos de 92 metros cuadrados”.

Alejandro Quiles, de 16 años, a la izquierda; su hermano Alexander, de 7 años, de centro izquierda; su hermana Ronalys, de 17 años, en el colchón inflable, y su primo Sebastián Quiñones, de 10 años, en el medio, se sientan a pasar el tiempo en una mañana tranquila en Nueva York.

Desde que la tierra comenzó a temblar el 28 de diciembre –dejando al menos una persona muerta, causando la destrucción de docenas de edificios y cortando la electricidad y el suministro de agua en partes de la isla– familias aterrorizadas han huido de Puerto Rico.

Los aturdidos residentes, temiendo lo peor, han abandonado sus casas por automóviles y camionetas, por colchones arrastrados a las aceras y extensos campamentos cubiertos con carpas.

Para los familiares de Roure, la fila diaria afuera de su único baño no resulta tan mala en comparación.

“El otro día le dije a mi esposo que me trajera un balde porque no podía esperar”, relató Mirta Santiago Cortés, de 67 años, entre risas.

También hay discusiones sobre la política polarizada de la isla. También por la preparación de las comidas y tareas de limpieza. Así como en ponerse de acuerdo qué comer cada noche.

“Hemos tenido nuestras discusiones”, dijo la hija de Santiago, Sharon Quiñones Cortés, de 46 años, que llegó con ella a Nueva York junto su propio esposo y su pequeño hijo, Sebastián.

No es la vida que habrían elegido. Pero, al menos por ahora, supera el terror a los sismos. Y no están solos.

Los terremotos provocan la reciente diáspora

Es demasiado pronto para cuantificar el alcance de esta última diáspora.

Incluso antes de que el huracán María azotara a Puerto Rico en septiembre de 2017, ya había comenzado una migración sin precedentes desde la isla caribeña a la parte continental de Estados Unidos. Fue alimentada en parte por la prolongada crisis financiera de la isla. Luego, miles de personas más partieron después del ciclón mortal, trasladándose a todos los estados de EE.UU., desde Florida hasta Alaska.

Ahora, están huyendo de nuevo, escapando de refugios saturados que han sido instalados bajo grupos de tiendas en ciudades costeras del sur golpeadas por cientos de temblores.

Santiago, que ahora espera a que termine de prepararse una taza de café en la pequeña cocina en Hamilton Heights, llegó a Estados Unidos este mes junto a 16 familiares, todos con boletos solo de ida en el mismo vuelo. Ella dijo que su hermana y su esposo, cuya casa en Puerto Rico fue destruida, también salieron de la isla en enero para quedarse con parientes en Chicago.

Mirta Santiago Cortés, de 67 años, espera a que termine de prepararse una taza de café en el departamento de Manhattan que comparte con más de una docena de familiares de Puerto Rico.

Otro pariente, Miguel Rodríguez, dijo que ocho miembros más de la familia en la isla –incluidos su madre, su hija y sus nietos– se mudaron de Puerto Rico a su casa de Orlando hace dos semanas.

“Estamos luchando”, dijo por teléfono.

El reverendo José Rodríguez, un sacerdote episcopal de Orlando cuya iglesia ayudó a las personas que huyeron después del huracán María, dijo que cientos de familias afectadas por los terremotos han llegado al centro de Florida.

“Estamos buscando la manera de ayudar a las familias del terremoto”, dice. “Obviamente, no es un movimiento tan grande como el de después del huracán María… Pero estos son cientos de hogares sin techo, que sufren de trastorno de estrés postraumático, que han sido golpeados por dos traumas: el huracán María y ahora los sismos”.

Un niño de 10 años reza por los amigos que se quedaron en Puerto Rico

Ese trauma es palpable en el atiborrado departamento de Roure en Manhattan.

Si bien Sebastián, de 10 años, cuenta que ahora se siente seguro, constantemente se preocupa por el destino de sus amigos que se quedaron.

“Me siento mal por ellos”, dijo. “No pueden viajar aquí. Sus familias están tratando de encontrar dónde vivir”.

Quiñones, su madre, relató que el niño ha insistido en dormir en la misma cama que sus padres desde el primer terremoto en diciembre.

Ella y su esposo, Ismael, de 51 años, son contadores y dejaron su hogar en Guayanilla, en la costa sur de Puerto Rico. Antes de abordar el vuelo con Santiago, habían vivido a menos de dos kilómetros de la iglesia Inmaculada Concepción, que colapsó parcialmente. Sebastián se estaba preparando para su primera comunión en mayo.

“Él no sabe que la iglesia se derrumbó”, dijo Quiñones. “Pensamos que decirle sería demasiado”.

La central eléctrica de Costa Sur de la ciudad, que producía más de una cuarta parte de la electricidad de Puerto Rico, sufrió graves daños. La mayoría de los residentes se han mudado fuera de casa, especialmente después del terremoto de magnitud 6,4 del 7 de enero, el más fuerte que sacudió la isla de aproximadamente tres millones de ciudadanos estadounidenses en más de un siglo.

Sebastián Quiñones, de 10 años, mira un video en un teléfono en un pasillo del apartamento de Nueva York de su tía, en medio de un montón de donaciones de ropa para los recién llegados de Puerto Rico. Foto: José A. Alvarado Jr.

“Sebastián comenzó a llorar de noche. Todas las noches”, recordó su madre. “Los terremotos más grandes vinieron de noche. Lo escuchaba rezar por sus amigos… Le pedía a Dios que nos salvara de los terremotos cada noche”.

Solo decidieron abandonar Puerto Rico por Sebastián, dijeron Quiñones y su esposo.

“Si regresamos, no volveremos a Guayanilla”, aseguró ella. “Él no quiere volver a la casa”.

La pareja indicó que vivirá de sus ahorros por ahora. Han pedido licencia en sus trabajos con el gobierno local y se encargarán de la preparación de declaraciones de impuestos para clientes privados de forma remota.

“Nuestra decisión final se basará en cómo nuestro hijo se adapte a la escuela aquí”, dijo Ismael Quiñones, cuyo padre, cuatro hermanas e hija de 19 años de un matrimonio anterior permanecen en Puerto Rico.

“Hemos invertido mucho a lo largo de los años en nuestra casa”, dijo su esposa. “Es difícil alejarse”.

Los terremotos esporádicos pueden ser peores que María

Alejandro Quiles, de 40 años, un policía retirado de la ciudad costera de Guánica, salió de la isla en ese mismo vuelo del 14 de enero con su esposa –otra de las hijas de Santiago– Jeannette, de 41 años, más su hija y sus dos hijos: Ronalys, de 17 años, Alejandro de 16 y Alexander de 7, respectivamente.

“Es como si las paredes estuvieran gritando”, relató Quiles sobre los terremotos recurrentes.

“Estás pensando constantemente en el próximo”, dijo su hijo Alejandro. “¿Será más grande? No es algo que olvidas”.

Alejandro Quiles, de 40 años, un agente de policía retirado del pueblo de Guánica, se sienta en la sala de estar del apartamento de Nueva York que comparte con 16 familiares de Puerto Rico.

El impacto de los terremotos poco comunes e impredecibles es, para algunos, peor que las consecuencias del huracán.

“No puedes comparar esto con María”, dijo Quiles. “Después de que la tormenta, tú te sentías seguro y sabías que habría recuperación. En este caso, no sabemos cuándo tendremos más terremotos”.

Quiles finalmente decidió guardar y estacionar el camión con el que vendía comida en la entrada de las playas de Guánica frente a su casa, y que sufrió algunos daños. Una casa, dos puertas más abajo, se derrumbó.

“Te vas a dormir todas las noches pensando en lo que va a pasar”, dijo Quiles. “¿A dónde iremos? ¿Deberíamos quedarnos aquí? Es estresante no poder controlar tu vida”.

Su hija, Ronalys, está en último año de secundaria. Se estaba postulando a universidades, pero esos planes ahora están en pausa.

“Mucha gente no es tan afortunada como nosotros”, dijo Quiles. “Estamos a salvo ahora, pero en los otros sentidos, económicamente, en términos de estabilidad, estamos en el limbo”.

17 vuelos de ida y sin plan de alojamiento

Días después del primer terremoto a finales de diciembre, su suegra, Santiago, simplemente no podía pasar otro momento en Guánica, la ciudad que recibió la peor parte del daño de los temblores.

“Era como si las paredes se fueran a caer”, dijo sobre las persistentes réplicas.

“Estaba preocupado por su estado mental”, dijo su hijo de 37 años, Hernán Cortés Quiles. “Les dije a mis hermanas: ‘Necesitamos sacar a mamá de la isla’. Si yo no hacía algo, sentía que la iba a perder”.

Santiago y alrededor de una docena de otros miembros de la familia se mudaron por primera vez al apartamento de Cortés en la ciudad de San Germán, en el suroeste, que también sintió los sismos.

Hernan Cortés Quiles, de 37 años, a la izquierda, ayuda a la hermana Sharon Quiñones, de 46 años, a completar una solicitud de una tarjeta de seguro social para reemplazar la que dejó en la isla.

“Lloraban todo el tiempo”, dijo Cortés sobre sus familiares. “Nadie quería estar bajo un techo. Estaban sentados afuera bajo el sol ardiente todo el tiempo. Parecían muy vulnerables”.

Santiago le había dicho a su hijo que no abandonaría la isla sin él y sus tres hijas. Entonces, Cortés, quien trabaja para un plan de salud, dijo que cargó 14 boletos de ida a Nueva York a una tarjeta de crédito, cada uno le costó 180 dólares. Otros tres cubrieron sus propios gastos de vuelo.

Sin embargo, hizo la compra antes de decirle a su familia en Nueva York que vendrían.

Entonces, Cortés llamó a Roure.

“Le dije: ‘Mami no está bien'”, recordó, refiriéndose a Santiago. “Ella dijo que sí.”

Llevó a Santiago a su casa en Guánica para empacar sus maletas. 10 minutos después ella rompió en llanto.

“Ella dijo: ‘Sácame de esta casa'”, dijo. “Me sorprendió. Vivió en esa casa toda su vida”.

Roure y otros familiares en Nueva York juntaron dinero para los gastos. Ella llenó el refrigerador. Usó sus conexiones como activista de ayuda médica luego de María en la isla para asegurar donaciones de ropa de invierno.

“Lo resolveremos porque somos resilientes”, dijo. “Pero la gente necesita entender que hay miles de familias en todo Estados Unidos en la misma situación que nadie está notando. Son ciudadanos estadounidenses. Muchos lucharon en nuestras guerras y sirvieron a nuestro país”, añadió.

Los desastres provocan un éxodo constante

En los seis meses posteriores a María, más de 135.000 puertorriqueños se mudaron a la parte continental de Estados Unidos, con un 42% llegando a Florida, según estimaciones de 2018 del Centro de Estudios Puertorriqueños en el Hunter College.

La isla ha sido sacudida en los últimos años por una serie de desastres naturales, apagones prolongados, estancamiento económico, escándalos de corrupción y protestas pacíficas antigubernamentales que resultaron en la renuncia del entonces gobernador Ricardo Rosselló en julio.

Alexander Quiles, de 7 años, sostiene la tapa de una caja de dominó en un colchón inflable en la sala de estar del apartamento de su tía Jodie Roure en Manhattan.

“Estos eventos han creado una profunda sensación de inseguridad entre muchos residentes de la isla, lo que a su vez ha alimentado la emigración a la parte continental de Estados Unidos”, dijo Jorge Duany, profesor de antropología en la Universidad Internacional de Florida.

“A menos de que la isla pueda recuperarse rápidamente de su situación, mantendrá una alta tasa de migración y la población probablemente continuará disminuyendo en el futuro cercano”.

En las semanas y meses posteriores a María, que cobró miles de vidas, organizaciones sin fines de lucro y agencias locales, estatales y federales en el continente se movilizaron para responder a la afluencia de sobrevivientes del huracán.

“Dado que no hay gente muriendo ahora, no existe el mismo sentido de urgencia”, dijo Amílcar Antonio Barreto, profesor de la Universidad Northeastern.

“Entonces, aquellos que deciden mudarse a Estados Unidos continental, en gran medida se los dejará solos y en beneficio de los miembros de su propia familia”.

Duany agregó: “La creciente demanda de maestros bilingües, consejeros y otro personal es un desafío que enfrentan muchas escuelas locales. Los gobiernos locales también sentirán más presión en sus mercados de vivienda y trabajo como resultado del creciente éxodo”.

Un “trauma interno” impregna a Puerto Rico

Mientras los miembros de la familia llenaban las solicitudes de tarjetas de seguro social para reemplazar las que dejaron, Roure hablaba por teléfono con un representante de Caridades Católicas sobre la ayuda que necesitan.

“La vivienda es la prioridad en este momento”, dijo. “Necesitan beneficios (del Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria). Seguro de salud y salud mental. Tienen tras. Tenemos cuatro niños en edad escolar. Tengo dos ciudadanos mayores que pueden usar los centros de apoyo para personas mayores. No tienen todos sus documentos”.

Hernan Santiago Cortés, a la izquierda, Hernan Cortés Quiles, en el medio, y Alejandro Quiles, a la derecha, ayudan a limpiar la sala de estar donde duermen algunos miembros de la familia cada noche.

“Voy a hablar con un supervisor y nos reuniremos para ver qué se puede proporcionar”, dijo el representante.

“Ellos quieren trabajar”, continuó Roure. “Estas son todas personas que trabajan. No están aquí para vivir del sistema. Los niños necesitan terapia. Están traumatizados. Mi tía está al borde de un ataque de nervios”.

Barreto, que es puertorriqueño, estuvo en San Juan para una conferencia a principios de este mes en medio de algunos de los temblores. Sintió un presentimiento entre los residentes que era nuevo.

“Fue casi como un trauma interiorizado”, dijo. “Es más emotivo cuando las personas, por ejemplo, hablan sobre este pariente o aquel pariente que se mudó a Estados Unidos o parientes de edad avanzada que dicen, ‘solía ser genial tener a todos los nietos cerca, pero ahora están todos en el continente.’ El sentido de comunidad y cohesión que la gente tenía se ha erosionado un poco”.

El día que los familiares de Roure llegaron de Puerto Rico hace dos semanas, ella los llevó a una ceremonia de premiación en la que fue honrada por sus esfuerzos de ayuda médica después de María. Estaban agotados y hambrientos.

“Aprecio este premio”, recordó haberle contado a una multitud de activistas comunitarios y funcionarios locales electos.

“Pero tenemos el mismo problema en este momento. Tenemos una nueva crisis. Quiero reconocer a mi familia”, recordó que dijo mientras sus 17 familiares se levantaban. “Acaban de llegar de Guánica. ¿Qué podemos hacer por personas como ellos?”

“El recinto”, dijo, “estaba en lágrimas”.

Maria Santana de CNN contribuyó a esta historia.