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Mujer

Las mujeres de mi vida

Por Krupskaia Alís

Nota del editor: Krupskaia Alís es corresponsal y productora de CNN en Español en México.

(CNN Español) — En los peores momentos financieros, la abuela siempre ponía un mantel para la comida y desplegaba lo mejor de su vajilla.

Mi madre -a su modo- si no tenía para comprarle un vestido a su hija, se conseguía un metro de tela, lo diseñaba, lo cortaba y lo cosía, puntada a puntada.

Mi hija aprendió muy temprano, que solamente siendo una guerrera, podría sortear no pocas adversidades. Soy un girasol en Chernobyl, dijo un día.

Ese es el paisaje que han pintado para mí las mujeres de mi vida, en esa delicada y tenaz tarea de no rendirse nunca.

Como periodista, he visto a otras mujeres, en muchas partes y bajo distintas circunstancias… pocas veces las más felices. Pero justo ahí, en esos puntos de quiebre, han sido una lección sobre la materia de la que están hechas. Mujeres con sus desaparecidos, buscando, excavando en fosas clandestinas, bajo la amenaza constante de esos, los que no quieren que salga a la luz la deleznable atrocidad de sus actos, porque “se les calienta la plaza”.

Las he visto marchando, varias generaciones juntas y a las más jóvenes con esos ojos cristalinos, suaves a la vista, diciendo con firmeza: Nos están matando.

También he estado cerca de otra a las faldas del volcán Popocatépetl, enseñándome que a Don Goyo hay que saludarlo todos los días, para que se mantenga en calma… y que la lluvia llega, si se siguen los pasos enseñados por sus ancestros y se le pide al Dios del trueno, un poco de agua para sus campos.

He conocido a una joven mujer peleando afuera de un edificio colapsado tras un terremoto, para que le dejaran subirse en una grúa y llegar hasta el cuarto piso, donde vivía su madre.

Ahí mismo las he visto, en cadenas humanas, haciendo todo lo posible, cuando la tragedia es inminente.

Me he encontrado con mujeres migrantes, cargando a sus hijos en un incierto tránsito, con todos los peligros de quien sale de su patria, expulsado hacia la nada, pero con la firme esperanza de que si esa es la última oportunidad de darles un poco de futuro, la tomarán, al costo que sea.

También he estado de cerca con otras periodistas, que se juegan la vida a cada momento, porque están convencidas de que hay historias que tienen que contarse. Porque el silencio-dicen- mata o corrompe o te hace cómplice.

«Yo soy piloto comercial», me dijo una mujer algún día. «Manejo un Boeing 747». Otra más desgranó meticulosa y apasionadamente, los mil planes presentados para darle viabilidad a un proyecto, del cual dependen no pocas familias. Ahí pensé en la tranquilidad que me produce saber que hay una mujer que está al frente de algo.

Ese es el paisaje. El de una inexplicable fuerza centrífuga, que empieza con una abuela, colocando como un lienzo, el mejor de sus manteles.