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Sociedad

El ritual de la cocina que nos ayuda a mi familia y a mí a pasar la pandemia

Por Vanessa Hua

NOTA DEL EDITOR: Vanessa Hua es la autora de la colección de cuentos “Deceit and Other Possibilities” y de la novela “A River of Starts”. Es columnista del San Francisco Chronicle y ha escrito para muchas publicaciones sobre Asia y la diáspora. Las opiniones expresadas aquí son del autor. Leer más opinión en CNN.

(CNN) — Mientras en muchas partes del país la gente está bajo órdenes de quedarse en casa, algunas personas acogen perros o gatos.

Nuestra familia ha adoptado una masa madre de pan.

O más bien, puse una en un frasco de vidrio, atrayéndola con un pequeño trozo de masa. Parecía poco prometedor, pero la paciencia me recompensaría, eso esperaba. Le envié un mensaje de texto a mi amiga, una experta en panificación, preguntándole si se suponía que debía verse como Play-Doh o un poco líquida, como la masa de panqueques. Un iniciador firme es menos agrio, explicó. Uno espeso sabe más agrio.

En el lenguaje de masa fermentada, hay iniciadores firmes versus líquidos; el primero tiene un sabor suave y el segundo un poco de sabor ácido. Se mantienen de forma ligeramente diferente.

Tenlo en el refrigerador si no horneas todos los días, agregó mi amiga, luego refréscalo durante dos días antes de usarlo para hornear.

“¡Que te diviertas!”, me dijo ella.

La diversión ha sido escasa para muchos de nosotros, ya que nos preocupa cómo protegernos a nosotros mismos y a nuestras familias, cómo hacer malabarismos trabajando desde casa mientras nuestros hijos estudian en casa. Incluso ir de excursión es difícil, ya que tratamos de mantener el distanciamiento social. Si vemos venir a alguien, llevo a mis hijos gemelos de ocho años a un lado, recordándoles que caminen en una sola fila, para mantenerse separados por al menos dos metros.

No soy la única que intenta hacer crecer una masa madre durante la pandemia del covid-19. La levadura es el nuevo papel higiénico para muchos. Durante semanas, no hemos podido encontrar ninguna en las tiendas; hay informes de escasez en los supermercados y en internet. Eventualmente, la cadena de suministro alcanzará la demanda, pero por ahora, estoy cuidando a mi mascota.

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He estado exhausta, abatida por el número muertos, preocupada por los médicos y las enfermeras, los empleados de supermercados, los trabajadores de reparto y todos los que están en la primera línea.

Sin embargo, mi levadura me da alegría y emoción cuando la veo burbujear. Las protuberancias y cráteres en su superficie pálida se asemejan a la superficie de la luna. Inhalo su aroma agridulce mientras duplica y triplica su tamaño.

Todas las mañanas alimento dos cucharadas de masa madre con partes iguales de harina y agua. Alimento la masa madre, y hasta ahora, nos ha alimentado con galletas, gofres, pan, el pastel de cumpleaños de mi esposo y más. El frasco de vidrio se encuentra en mi oficina, lejos de la luz del sol, en la parte más cálida de la casa, en estas tempestuosas primeras semanas de primavera.

Mostré el iniciador de masa fermentada a mis hijos, en una improvisada lección de ciencias, de las muchos que he estado preparando.

“Huele”, dijo uno, arrugando la nariz.

“¿De dónde sacaste la levadura?”, preguntó el otro.

Está a nuestro alrededor, dije.

Las personas pueden apegarse mucho a sus levaduras, formando un vínculo que perdura a través de rupturas, cambios de trabajo y múltiples movimientos a través del país. Un amigo que olvidó su levadura la recuperó por correo. Otra amiga recuerda con cariño la que mantuvo en sus 20 años más despreocupados, un regalo del vecino de sus padres, que la había comenzado años antes en otra ciudad.

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Esos días se sienten lejanos ahora. Incluso hace un par de semanas se siente como otra era, antes y después de que el coronavirus nos obligara a estar en nuestras casas, y lo que una vez parecía la obsesión de un aficionado ahora se siente más esencial, vital. Tal vez siempre lo fue.

Me empujan en una docena de direcciones en todo momento, pero tomar un minuto para alimentar la levadura es un respiro. Es una pequeña medida de control, cuando tanto está fuera de control.

Nos hemos vuelto tan temerosos de los peligros virales, que el mundo natural se siente de alguna manera amenazante. ¿Qué otros riesgos invisibles circulan entre nosotros?

Pero la levadura Lactobacillus está en nuestro pan, nuestra cerveza y nuestro queso, una parte de nuestro terruño que da forma a la manera en que hemos comido durante milenios. Qué simples podrían ser nuestras comidas, sin ese sabor y fermentación. He estado pensando cuánto tiempo ha residido esa levadura en nuestras tripas mamíferas, ambos co-evolucionando en una relación simbiótica.

El iniciador de masa fermentada también me pone en afinidad con los pioneros estadounidenses, como la familia Ingalls de la serie “Little House” a fines del siglo XIX que festejaba con lo que había en sus limitadas tiendas.

Con Isidore Boudin, el inmigrante francés que comenzó a producir sus crujientes panes en San Francisco durante la Fiebre del Oro, y hasta el día de hoy, esa levadura salvaje vive en sus baguettes, panecillos y tazones de pan.

También pienso en Tie Sing, un cocinero rural que alimentó a una expedición de hombres en 1915 que se convertiría en el Servicio de Parques Nacionales. Cada día, el chino-estadounidense preparaba un nuevo lote de masa que envolvía y guardaba contra una mula, cuyo calor corporal ayudaba a que las galletas se elevaran a tiempo para la cena. El ingenio, utilizando lo que tenemos, nos llevará a través de las próximas semanas y meses.

Entonces, ahora y siempre, los iniciadores de masa madre han prosperado. En un mundo donde tanto ha dado un vuelco, es el tipo de constancia que ahora necesito.