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Opiniones

OPINIÓN | Acusar a las encuestas: una vieja táctica de la política antigua de Latinoamérica

Por Roberto Izurieta, Jaime Durán Barba

Nota del editor: Roberto Izurieta es director de proyectos latinoamericanos en la Universidad George Washington. Ha trabajado en campañas políticas en varios países de América Latina y España y ha sido asesor de los presidentes Alejandro Toledo, de Perú, Vicente Fox, de México, y Álvaro Colom, de Guatemala. Izurieta también es analista de temas políticos en CNN en Español. Jaime Durán Barba es autor de «La política en el siglo XXI: Mujer, sexualidad, Internet y política», entre otros, y profesor de la Universidad de George Washington. Las opiniones expresadas en este artículo son de los autores.

(CNN) — Con la acusación del presidente Donald Trump a CNN de esta semana, parecería que asoman en Estados Unidos actitudes semejantes a las de algunos candidatos latinoamericanos de la vieja política. Hemos dictado cursos en las principales universidades de la región y publicamos textos sobre este tema desde hace años. Recorriendo el continente hemos encontrado con frecuencia a dirigentes que creen que las encuestas manejan a los votantes. Las encuestas son herramientas técnicas que miden sus actitudes en un momento de la campaña. Decenas de políticos hablan mal de las encuestas y tratan de manipularlas para la campaña, pero no conocemos a ninguno que no averigüe los resultados de una encuesta en la que fue mencionado.

Mientras más niegan la validez de las encuestas, más las mencionan, especialmente los de mente anticuada. En varios países hemos conocido candidatos que hacen campaña polemizando con las encuestas y las encuestadoras como si los votantes vieran las encuestas antes de ir a votar, en vez de preocuparse por comprender a la gente, sus problemas y sus soluciones. Esos políticos suponen que todos los votantes están pendientes del resultado de la elección y que los indecisos votan por ganadores. Suponen que al acercarse a la urna un votante de Nueva York olvida las tensiones enormes de la pandemia, de sus problemas económicos, de sentir que el homicidio de Floyd es un hecho discriminatorio que pone en peligro al grupo al que pertenece, para preguntarse quién ganará y votar por él, más allá de lo que defienda y comunique.

En los procesos electorales los políticos vuelven sus ojos a las encuestas y más que a ellas a una pregunta que les angustia: la simulación electoral. Los encuestadores preguntan cómo votarían los ciudadanos si las elecciones fueran el día en que se realiza la encuesta, y algunos candidatos se angustian por el resultado de esa pregunta, sin darse cuenta de que las elecciones no son el día que se realice una encuesta, sino el día de las elecciones. Unos dicen que según «sus» encuestas ganan; otros, que las encuestas publicadas son falsas; otros que no creen en las encuestas. Hay países de América Latina en los que se han hecho propaganda en la televisión para hablar de «verdaderas encuestas» y otros disparates. No faltó algún candidato que estando de último en las encuestas, pidiera a la gente que vote por él bajo el lema “Derrotemos a las encuestas”. Sacó el 2%.

Algunos políticos mienten en las encuestas porque creen que así pueden conseguir votos de electores desinformados. Lo hacen partiendo de algunos prejuicios anticuados o clasistas, que suponen que los electores, sobre todo si son poco informados, pobres y marginales, son tan fáciles de manipular.

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Algunos activistas de las campañas y candidatos creen que los ciudadanos comunes actúan como ellos y se desvelan por el resultado de la elección. La verdad es que la mayoría de los electores, y especialmente los indecisos, no se mueven por lo que ocurrirá con la elección. Tienen otras preocupaciones. Son sus problemas materiales, emocionales o espirituales los que les mueven. Si tuviesen otros valores y gustos se dedicarían a la política y, además, no se dejarían llevar por ninguna encuesta: estarían totalmente decididos a votar en una u otra dirección. El indeciso es –por definición– alguien que no se interesa en la política y que, muy probablemente, votará por razones no políticas el día de las elecciones. Actúa de manera inversa a como lo hacen los activistas de la campaña. No tiene interés alguno en subirse a ningún carro ganador o perdedor, ve con suspicacia a los políticos y más todavía a quienes suelen ser los triunfadores en esos eventos.

La difusión de resultados de simulaciones electorales tiene impacto en el equipo de campaña, en los financistas, que pueden apostar más o menos a un candidato si parece ganador, en un mal periodista que lo apoya de alguna manera. Pero incluso ese impacto es relativo: este tipo de personajes no se deja engañar con un dato y tiene acceso a información que le permite ubicar los fraudes. Publicar un dato aislado mintiendo, que contraría a lo que dicen las dos o tres encuestadoras de prestigio que ya existen en todos nuestros países, no produce ningún efecto.

Las encuestas son fusiles de precisión que ayudan a afinar la puntería para hacer una campaña electoral eficiente. Utilizarlas como herramienta de propaganda para impresionar con las cifras es como usar una fina carabina de precisión para cazar conejos a culatazos. Tratar de hacerlo puede funcionar alguna vez, pero es perder tiempo y dinero. Si se piensa hacer encuestas para eso, es mejor no hacerlas y simplemente mentir, como hacen casi todos los candidatos, que aseguran contar con un respaldo abrumador cuando se sabe que nadie les hace caso y que no llegarán ni al 10% el día de la elección.

La tendencia descendente de Trump la registran todos los medios. No se debe a los medios de comunicación, sino a que es muy activo al hacer una campaña contra sí mismo.