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Brasil

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Los carteles de Río de Janeiro pasan de traficar drogas ilícitas a proveer medicamentos

Por Nick Paton Walsh, Jo Shelley, William Bonnett, Roberta Fortuna

(CNN) — El coronavirus está desatado en los límites de Río de Janeiro, en las colinas y barrios marginales dirigidos por bandas de narcotraficantes, donde la policía no se atreve a ir a menos que sea en una redada armada.

A falta de ayuda del Estado (el presidente Jair Bolsonaro se ha comprometido a aplastar a los delincuentes «como las cucarachas»), las pandillas han dado un paso al frente. Donde antes vendían narcóticos con la ley del arma, ahora también imponen toques de queda, distanciamiento social y entregan de alimentos para los más necesitados.

«Tememos al virus, no a Bolsonaro», dijo Ronaldo, un miembro de una banda que, como la mayoría de las personas entrevistadas, solicitó el anonimato o dio un nombre falso. «No podemos contar exactamente cuántos han muerto. Los hospitales matan más que si te quedas en casa y te cuidas».

Una banda de narcotraficantes le otorgó a CNN acceso a una de las comunidades más pobres y socialmente más aisladas de Río, para ilustrar cómo se ha ocupado del covid-19. Es un área inaccesible para la asistencia sanitaria estatal. El gel de alcohol, los medicamentos y hasta el  efectivo son parte de un sistema que los pandilleros estaban ansiosos por mostrar, cuando Brasil es el país con el segundo mayor número de infecciones por coronavirus detrás de Estados Unidos, y donde los casos aún se duplican cada dos semanas.

Cuatro jóvenes se bajan de sus motos y comienzan a levantar grandes bolsas de plástico de la parte trasera de una camioneta. El primer paquete de comestibles va para un manicurista que ha estado sin trabajo durante cuatro meses. El segundo va a un vendedor ambulante.

«Las cosas se están poniendo muy difíciles», dijo la vendedora ambulante, que pidió el anonimato. Ella dice que está tratando de establecer un puesto en la comunidad, pero no hay nadie para comprar sus productos.

«Estoy intentando al menos», afirmó. «Los niños y muchas personas se enferman. La comida que nos están dando ayuda mucho».

Cuenta ella que su suegro murió en abril por el covid-19. Parecía estable, agrega, hasta que lo trasladaron al hospital donde murió durante el día.

«Hasta el momento no hemos recibimos un informe completo sobre lo que sucedió, excepto que fue covid-19», aseguró. «Tomó dos semanas enterrarlo».

Dice que su tío ahora está enfermo y hospitalizado, habiendo contraído el virus mientras trabajaba en el supermercado.

Hay asistencia médica está disponible en la comunidad, pero las hospitalizaciones son poco frecuentes.

«Los médicos de la comunidad ayudan a los enfermos de forma voluntaria», dijo Ronaldo. «Las personas que tienen dinero pueden obtener asistencia. Las que no lo tienen simplemente no pueden».

La comunidad a veces contribuye para pagar los entierros, comenta Ronaldo.

«El aislamiento iba bien aquí, pero ahora incluso el propio presidente, en sus propias palabras, lo está ignorando», dijo Ronaldo. «Pero no podemos relajarnos. Hemos visto mucha muerte. Sabemos que no es una cosa pequeña».

Mientras hablaba, dos adolescentes jugaban al billar cerca. Muchos aquí violan las reglas de distanciamiento social, como lo hacen en la zona con más riqueza abajo.

«Es complicado imponer cuarentena a las personas», señaló Ronaldo.

Estos traficantes de drogas, jóvenes y armados con viejos rifles semiautomáticos, M4 de cañón corto y, en el caso de Ronaldo, una pistola Glock adaptada a un rifle, se han vuelto tan conocedores del covid-19 como de narcóticos.

Cuando se les preguntó si aceptarían alguna de las dos millones de dosis de hidroxicloroquina que Estados Unidos acordó enviar a Brasil, a pesar de que la droga fue declarada ineficaz contra el covid-19 y quizás peligrosa por la Organización Mundial de la Salud, Ronaldo responde:

«No creo que la hidroxicloroquina ayude. Es BS. Todo lo que llega a Brasil desde el extranjero ya ha sido contaminado».

Sin poder de trabajar como peluquera por el covid-19, Neia comenzó a hacer y vender máscaras.

Las calles parecen ocupadas para un toque de queda. Sin embargo, los bares están cerrados y los negocios se han adaptado a la pandemia.

Neia, una peluquera antes de la pandemia, se ha dedicado a hacer máscaras. Ella las vende a través de su ventana delantera, lo que le permite quedarse adentro. Son gratis para niños, y tres máscaras faciales cuestan 10 reales (aproximadamente US $ 1,75) para adultos. Pero Neia dice que los traficantes de drogas le dan 15 reales.

«Le tengo más miedo al virus que a cualquier otra cosa aquí», comentó. «Un anciano que vive allí (al lado de su casa) murió. La gente en general respeta el aislamiento».

El crimen a menudo ha separado a esta comunidad del resto de Río. La policía asalta regularmente el área, como parte de las operaciones de Bolsonaro contra las favelas. Ha dicho que un policía que no mata no es un verdadero policía. Y el aumento resultante en las operaciones mortales ha llevado a la protesta de los defensores de los derechos humanos.

La incursión más reciente cerca de esta favela ocurrió hace diez días y dejó al menos siete muertos. Las señales de que otra incursión puede estar en camino están en todas partes: una gran roca bloquea una carretera, el sonido de los petardos desde un tejado puede ser una advertencia de que un vigilante ha visto algo extraño y la policía podría estar en marcha otra vez.

El vendedor ambulante Daniel dice que la muerte está en todo el barrio.

Casi todas las personas con las que hablamos tenían una historia de muerte o contagio por coronavirus. Daniel, que trabaja en un puesto de comida callejera, contó historias de muertes de las que había oído hablar mientras preparaba pasteles.

«Una niña que vive cerca que murió hoy», dijo, y agregó que un amigo suyo con diabetes y una afección cardíaca también falleció repentinamente en su casa. La calle en la que vive ha visto dos muertes, dice.

«Hay menos movimiento en las calles», aseguró Daniel. «Me lavo las manos aquí todo el tiempo. Uso gel de manos, máscaras y limpio mucho el puesto».

Los traficantes han prohibido que los restaurantes pongan mesas, revela.

«El virus está en control aquí», expresó Daniel. «Incluso los traficantes tienen miedo. No es posible controlar a todos».

Las motocicletas zumban de un lado a otro, algunas llevan hombres armados, otras llevan a las adolescentes a pasar la noche. Las calles están llenas de actividad. A veces se siente como un mundo antes de las restricciones.

Pero los lugareños dicen que está bastante vacío. Normalmente, afirman, se escucharía la música de los bares y el tráfico de drogas sería más frecuente.

Áreas como estas serán una preocupación permanente para los trabajadores de la salud a medida que crezca la pandemia. El estado sabrá poco acerca de cómo se ha propagado el virus en estas comunidades. Los residentes aquí pueden vivir separados de los barrios más ricos de Río, pero muchos trabajan allí, sin embargo, y pueden transmitir el virus.

Los petardos de repente suenan de nuevo, y temen que la policía esté en camino.