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OPINIÓN | El desdén no es buena vacuna contra el covid-19

Por Pedro Brieger

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de varios libros sobre temas internacionales y colaborador en publicaciones de diferentes países. Es profesor de sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. En la actualidad, es columnista de TV en la cadena argentina C5N y en el programa “En la frontera” de PúblicoTV (España) y en programas de radio de las cadenas argentinas Radio10, La Red, La Tribu y LT9-Santa Fe. A lo largo de su trayectoria, Brieger ha ganado importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión argentina. Sígalo en Twitter en @PedroBriegerOk. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Ver más artículos de opinión en CNNe.com/opinion

(CNN Español) — El sorpresivo desarrollo del covid-19, de un desconocido virus que se convirtió en pandemia, todavía genera demasiadas incertidumbres como para tener una respuesta acabada de lo que significa. Es verdad que el mundo está mucho mejor preparado científica y tecnológicamente que hace 100 años cuando, apareció la llamada “gripe española”, y ni qué hablar si se compara con pandemias anteriores que diezmaron sociedades enteras.

Sin embargo, como siempre, el factor “humano” incide sobre el curso de una pandemia.  Más aún si se tienen responsabilidades al frente de un Estado, porque la actitud de quienes gobiernan tiene un efecto directo sobre la población y sus actitudes erráticas frente a algo tan serio pueden tener efectos negativos.

En octubre de 2019 se difundió un informe global sobre la capacidad de prevenir, detectar y responder con celeridad frente a una posible pandemia, tomando como punto de partida la solidez de los sistemas de salud.

Allí se establecía con claridad que -en teoría- Estados Unidos y el Reino Unido eran los dos países mejor preparados. En teoría. La realidad demostró que no fue así.  Más allá de los recortes en salud en ambos países, apareció el “factor humano” de sus dirigentes y la conocida e histórica soberbia de quienes lideran grandes potencias. La misma que los llevó a subestimar a otros pueblos, comenzando guerras que pensaron que ganarían fácilmente y luego perdieron, como Vietnam. En sentido figurado, la lucha contra la pandemia también es una guerra.

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Donald Trump y el primer ministro británico, Boris Johnson, formaron un selecto club de líderes mundiales que subestimaron el coronavirus sembrando confusión en su propia ciudadanía.  Al “selecto” club se le sumó más tarde Jair Bolsonaro, presidente de Brasil.  Paradójicamente -o no- los tres países son los que tienen la mayor cantidad de muertes en el mundo, y hasta Johnson y Bolsonaro se han contagiado la enfermedad.

El 3 de marzo, durante una visita a un hospital, Johnson estrechó manos a diestra y siniestra desoyendo las indicaciones científicas.  A fines del mismo mes, se había contagiado y se convirtió en un paciente más.  Al salir del hospital donde estuvo internado, Johnson afirmó que le habían salvado la vida y dejó de subestimar el coronavirus.  En paralelo, Jair Bolsonaro se burlaba diciendo que si él se viera afectado, por su pasado de atleta a lo sumo lo afectaría como una “gripecita”. A diferencia de Johnson, que mostró la gravedad de la situación, Bolsonaro anunció que se había contagiado diciendo lo bien que se sentía, y hasta se mostró sonriente tomando hidroxicloroquina, nuevamente minimizando la gravedad de la pandemia a pesar de que Brasil ya sobrepasa los 69 mil muertos.

Por ahora no hay una vacuna contra el coronavirus. Pero de algo podemos estar seguros, el desdén no es un buen remedio.