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Ecuador

OPINIÓN | Las herencias malditas

Por Pedro Brieger

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de varios libros sobre temas internacionales y colaborador en publicaciones de diferentes países. Es profesor de Sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Director de Nodal, un portal dedicado a las noticias de América Latina y el Caribe. Es columnista de TV en el canal argentino C5N, en el programa «En la frontera», de Público TV (España) y en programas de las estaciones argentinas Radio 10, La Red, La Tribu y LT9-Santa Fe. A lo largo de su trayectoria, Brieger ha ganado importantes premios por su labor informativa en radio y televisión de Argentina. Su cuenta en Twitter es @PedroBriegerOk. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Ver más artículos de opinión en CNNE.com/opinion.

(CNN Español) — En febrero de 2021 hay elecciones presidenciales en Ecuador y ya se están alistando las candidaturas hacia un proceso electoral que tiene como figura descollante, nuevamente, al expresidente Rafael Correa. Aunque todavía no queda claro si se podrá presentar por las causas judiciales abiertas en su contra, inscribió su candidatura a vicepresidente como compañero de fórmula del joven economista Andrés Arauz, que ocupó diversos cargos ministeriales durante su presidencia.

El caso de Ecuador es interesante para analizar, desde el punto de vista de la construcción de liderazgos, las sucesiones y las herencias políticas. En 2015, Correa designó candidato de su movimiento a Lenin Moreno, que había sido su vicepresidente durante seis años. Pocos imaginaban que se produciría una ruptura entre ellos, que Moreno daría un giro político de 180 grados y que poco tiempo después, Correa lo llamaría traidor.

Claro que la ruptura entre Correa y Moreno no es la primera, ni será probablemente la última, en una historia que ha conocido enfrentamientos dentro de gobiernos y partidos que incluso derivaron en asesinatos.

La sucesión de un liderazgo no es algo tan sencillo como se cree; más si se apuesta por la continuidad ideológica de un proyecto a largo plazo.

Eso lo ha comprobado también Álvaro Uribe en Colombia, que nombró sucesor a Juan Manuel Santos, su aguerrido ministro de Defensa, para que accediera a la presidencia en 2010. Pero parece que el protagonismo de Uribe eclipsaba a Santos, las diferencias entre ellos se fueron agudizando y cuando este avanzó en el proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Uribe fue su principal opositor. Y se convirtieron en enemigos irreconciliables. Para recobrar el centro de la escena política, Uribe eligió como candidato a Iván Duque, uno de sus laderos contra los Acuerdos de Paz, y que desde 2018 es el presidente del país.

Más allá de las diferencias entre Ecuador y Colombia, los ‘designados-sucesores’ (Moreno y Santos) no lograron forjar ‘herederos’ o una fuerza política propia que les garantizara continuidad de un proyecto diferenciado de quien lo había elegido. En ambos casos sus mentores siguen siendo las figuras centrales de la política. En mi opinión, Uribe tuvo su revancha con Duque. ¿La tendrá Correa con Arauz?