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EE.UU.

Cuando los individuos se creen el pueblo

Por Miguel Ángel Antoñanzas

(CNN Español) — Para algunos expertos el asalto al Capitolio fue un ataque de insurrección, un intento de golpe de Estado, un ataque caótico, de ira y sin sentido.

Uno podría esperar que, si estaba organizado, abundarían esos jóvenes ataviados con sus uniformes militares y a veces armamento pesado que se han visto en las manifestaciones contra el movimiento Black Lives Matter, o por la defensa al porte de armas o por la libertad individual ante las restricciones impuestas por la pandemia de covid-19.

Y los había, sin duda, de estas y otras organizaciones como Proud Boys, pero en las imágenes que nos llegaban este miércoles desde dentro del Capitolio en Washington no parecía haber equipos preparadísimos que seguían consignas bien claras para interrumpir un proceso electoral clave en el corazón de la democracia estadounidense.

No. Si uno ve las imágenes más difundidas, ve sobre todo gente anodina, gente corriente, gente que pasea una bandera confederada como si estuviese en un parque una tarde de verano, gente que se hace fotos bajo la cúpula de la rotonda alzando sus cabezas incrédulos, gente ataviada con camisetas y gorras de MAGA (Make America Great Again o Hacer a EE.UU. grande de nuevo) y banderas azules donde se lee: Trump 2020, el año en que pensaron que su líder afianzaría su poder. Era gente que creía que era su deber estar allí.

Y entre ellos había gente realmente pintoresca, empezando por el ahora famoso hombre de los cuernos, que no es otro que Jake Angeli de Arizona. Un hombre ya famoso en todo el mundo y que está asociado a QAnon, un grupo que cree que existe una red de políticos y famosos muy selectos que tienen contactos con gobiernos de todo el mundo para abusar sexualmente de niños. También, por cierto, creen que hay un plan para asesinar al presidente Trump.

Otro hombre con sus más de 15 minutos de fama es el que se hizo la foto en un despacho muy famoso. Se llama Richard Barnett, y no tuvo reparos en poner sus pies sobre la mesa de la demócrata más influyente en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. En una radio afiliada a CNN, Barnett dijo que dejó la bandera estadounidense que llevaba, se sentó, y puso el pie sobre la mesa. La mesa, aseguró, no era de Pelosi, es del pueblo, está prestada y ella no la merece, argumentaba en una radio.

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También le robó un sobre con el membrete de la demócrata que luego mostró orgulloso a algunos medios.

Y hay más. Josiah Colt es otro osado joven que saltó al suelo de la Cámara Alta, y se sentó en la silla del todopoderoso Mike Pence, vicepresidente de EE.UU. y presidente del Senado.

Pero a diferencia de los dos anteriores, Josiah sí se arrepiente de su hazaña. Dice ahora que se dejó llevar y que ha llevado la vergüenza a su familia, amigos y a este “bello país”, según sus propias palabras a un medio afiliado a CNN.

Lo cierto es que sea por la razón que tuvieran: salvar al país de los radicales liberales o a unos niños de depravados políticos y millonarios o para preservar el derecho a portar armas, aunque sean rifles automáticos de repetición, el ataque no les va a salir gratis.

Sí es cierto que por unas horas se creyeron héroes y mártires en la necesidad de asaltar el Congreso en plena sesión para el recuento ceremonial de los votos electorales para confirmar la victoria de Joe Biden, y así la derrota de su líder Donald Trump.

Pero agotado ese día de furia, algunos de estos individuos se darán cuenta de que podrían ser acusados de delitos muy serios, entre ellos entrada ilegal al Capitolio y sus alrededores, posesión de armas sin permisos, explosivos, o ataques a la autoridad. Son delitos que los podrían llevar a la cárcel por años.

We the people, nosotros el pueblo, reza la constitución estadounidense, y algunos se creyeron ese miércoles que eran ese pueblo, que eran los elegidos para salvar al país, que era el momento para hacerlo, aunque a costa de destruir una democracia de más de 200 años.