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Análisis

ANÁLISIS | La violencia más reciente entre Israel y los palestinos terminará cuando ambas partes puedan cantar victoria. Pero no será más que una tregua

Por Tim Lister

(CNN) — La explosión de violencia actual entre palestinos y el Estado de Israel todavía no dejó tantas víctimas como el conflicto devastador en Gaza en 2014, pero en muchos sentidos es un episodio más sombrío y premonitorio. El enfrentamiento no se limita a bombardeos aéreos y al lanzamiento de cohetes sobre Gaza y el sur de Israel, sino que se ha extendido a las calles de ciudades israelíes, a barrios de Jerusalén y a lo largo de la Ribera Occidental.

La situación se alimenta siniestramente de una polarización cada vez más profunda, en la que las voces de los militantes de ambos lados son las que se escuchan más fuerte, y las de aquellos que piden la coexistencia apenas son un susurro.

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El 13 de septiembre de 1993, en el jardín de la Casa Blanca, el entonces primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin, se paró junto al líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasser Arafat, y declaró: «Nosotros, que hemos luchado contra ustedes, los palestinos, les decimos hoy en voz alta y clara, basta de sangre y lágrimas, basta».

El entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, observa cómo el primer ministro de Israel, Isaac Rabin, a la izquierda, y el líder de la OLP, Yasser Arafat, se dan la mano el 13 de septiembre de 1993 en la Casa Blanca tras la firma de los Acuerdos de Oslo.

Eso fue lo más cerca que estuvieron las dos partes de romper un ciclo de violencia que ya tiene un siglo de duración. El santo grial de una solución de dos estados parecía estar al alcance de la mano. Si ese momento de 1993 fue el punto álgido del diálogo, la región parece ahora atrapada en un vórtice de enemistad. Mientras tanto, la comunidad internacional recurre a los llamados al «autocontrol», pero no tiene ideas nuevas para atacar las raíces del conflicto.

Tal vez lo más alarmante en esta ocasión es que ciudades israelíes con poblaciones árabes, como Lod y Haifa, han sido absorbidas por esta espiral. Los árabes representan cerca del 20% de la población de Israel.

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Incluso en 2014, y durante las intifadas palestinas, en estos pueblos en gran medida se mantuvo la paz. Sin embargo, en la última semana, jóvenes palestinos y judíos libraron batallas callejeras, se incendiaron lugares de culto y hogares y se impusieron toques de queda.

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«Perdimos completamente el control de la ciudad, y las calles están siendo testigo de una guerra civil entre árabes y judíos», dijo el miércoles pasado el alcalde de Lod, Yair Revivo.

La discriminación diaria que siente muchos árabes que viven en Israel se suma a otros motivos de quema que son parte de este último espasmo del conflicto. Comenzó con los intentos de nacionalistas judíos de hacer que familias palestinas fueran desalojadas de sus hogares en el barrio de Sheikh Jarrah en Jerusalén Este. Y se alimentó con los choques entre la policía y palestinos en el entorno del Monte del Templo/Haram al Sharif durante Ramadán, que siempre es una época del año incendiaria.

Entra Hamas —y notablemente no el Gobierno Autónomo Palestino— y se erige a sí mismo como el defensor de todos los palestinos, exigiendo a Israel que retire a sus fuerzas de la mezquita de Al-Aqsa y de Sheikh Jarrah o pague un «precio alto».

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Y de esta manera se mantienen los extremos: la confrontación es la única moneda de cambio.

De cierta manera, esto le sirve tanto al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, como a Hamas. A través de la confrontación refuerzan sus respectivas bases y ahogan las voces que piden moderación. Hamas puede decir que es el verdadero representante de los palestinos, al tiempo que el envejecido presidente del Gobierno Autónomo Palestino, Mahmud Abbas, pospone las elecciones. Si se retomaran negociaciones impulsadas por la comunidad internacional, Hamas saldría perdedor, ya que su modus vivendi es la resistencia armada al Estado judío.

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Emma Ashford, del grupo de expertos New American Engagement Initiative, argumenta que la «cancelación reciente de las elecciones palestinas significa que Hamas está desesperado por una oportunidad para demostrar su valía, y de ahí los ataques con cohetes y su intento de atar su causa más estrechamente a lo que está sucediendo en Jerusalén Este».

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Por su parte, Netanhayu depende de los ultranacionalistas para permanecer en el cargo y ha logrado desplazar los términos de debate con éxito durante su largo mandato como primer ministro. Hace dos años, su rival Benny Gantz, más de centro, prometió «fortalecer los bloques de asentamientos y los (Altos) del Golán, de donde no nos iremos nunca. El valle del Jordán será nuestra frontera, pero no dejaremos que millones de palestinos que viven más allá de la valla pongan en peligro nuestra identidad como Estado judío». La otrora poderosa ala izquierda de la política de Israel ahora parece desprovista de energía e ideas.

Perversamente, Netanyahu necesita a Hamas, según algunos analistas. Los alternativas son reasumir el control de esa abarrotada prisión a cielo abierto que es Gaza a un costo enorme o ver cómo más grupos militantes como la Yihad Islámica y grupos salafistas inspirados en ISIS se imponen entre una población joven radicalizada por cada capítulo de violencia.

Las alternativas son reasumir el control sobre la abarrotada prisión abierta que es Gaza, a un costo enorme, o ver que grupos aún más militantes como la Jihad Islámica o los grupos salafistas inspirados en ISIS se impongan entre una población joven radicalizada por cada capítulo de violencia.

Más allá del oportunismo político, la causa del conflicto —lo que significa permanecer— genera raíces incluso más profundas. En 2018, el Gobierno de Netanyahu promulgó una ley que consagraba el derecho de autodeterminación nacional como «exclusivo del pueblo judío», no de todos los ciudadanos de Israel. Además degradaba el árabe de idioma oficial a uno con «estatus especial».

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También promovió nuevos asentamientos judíos en la Ribera Occidental ocupada. Hasta el año pasado, más de 440.000 judíos vivían en la Ribera Occidental, según el grupo israelí de derechos humanos Peace Now. Los intentos actuales de desalojar a familias palestinas en Jerusalén Este encajan con este patrón.

Este mismo mes hace exactamente 100 años, mucho antes de que existiera el Estado de Israel, estallaron los disturbios en lo que entonces era Jaffa. Decenas de palestinos y judíos fueron asesinados. Una comisión de investigación británica (el Reino Unido controlaba Palestina y recibió un mandato de la Liga de Naciones para administrar el territorio en 1922) concluyó que los disturbios surgían de «un sentimiento entre los árabes de descontento y hostilidad hacia los judíos debido a causas políticas y económicas, y vinculado con la inmigración judía».

Esas causas subyacentes nunca se han borrado a lo largo de 1948, cuando el Estado judío nació en lo que los palestinos llaman al-Nakba o «la catástrofe», la guerra de 1967 cuando Israel tomó el control de la Ribera Occidental, Jerusalén Este y Gaza; los levantamientos de los palestinos a principios de este siglo y los conflictos de Gaza desde entonces.

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Como observó Ben Wedeman de CNN la semana pasada en Belén de manera incisiva: «Los palestinos jóvenes tirando piedras, sus padres probablemente también arrojaron piedras. Y estos soldados israelíes disparando gases lacrimógenos, sus padres probablemente hicieron lo mismo».

La solución de dos Estados, que fue la base de la diplomacia internacional y está consagrada en resoluciones de la ONU, cada vez es menos viable, a medida que la Ribera Occidental se ha transformado en un mosaico de ciudades palestinas y asentamientos judíos, donde la ocupación comenzó a parecer una anexión. Un informe en profoundidad para el Carnegie Endowment for International Peace describió el mes pasado la solución de dos estados como el «andamiaje (que) sostiene la ocupación y es incapaz estructuralmente de ofrecer paz y seguridad humana».

Una solución de un Estado que diera ciudadanía plena a los habitantes de la Ribera Occidental y Gaza es un veneno demográfico para muchos israelíes e inconcebible en la atmósfera actual.

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Este ciclo, como el de 2014, probablemente terminará cuando las dos partes sientan que pueden cantar «victoria» a pesar de la destrucción y la muerte de civiles, y cuando Egipto y Estados Unidos puedan diseñar los términos de una tregua. Pero no será más que una tregua.

Después del conflicto de 2014, Hamas se dedicó a reconstruir su inventario de cohetes y sus complejos de túneles al tiempo que fortalecía su control sobre Gaza. Es difícil visualizar algo diferente a la repetición de este mismo proceso.

En palabras de Martin Indyk, quien tiene décadas de experiencia en Medio Oriente como diplomático estadounidense, «el enfoque de la administración de Biden hasta ahora sugiere que Washington se sentirá cómodo aceptando este final infeliz».