CNNEarrow-downclosecomment-02commentglobeplaylistsearchsocial-facebooksocial-googleplussocial-instagramsocial-linkedinsocial-mailsocial-moresocial-twittersocial-whatsapp-01social-whatsapptimestamptype-audiotype-gallery

Inmigración

Inmigración

Una madre y sus cuatro hijas fueron separadas en la frontera en 2018. Esto es lo que perdieron

Por Catherine E. Shoichet, Madeleine Stix, Ana María Luengo-Romero

(CNN) -- Casandra le grita a su hermana mientras corre a su habitación:

“¡Contestó la llamada!”

Es un alivio. A veces, las llamadas a Honduras se caen o no entran.

El bus escolar llega en menos de una hora. Y la niña de 10 años aún no ha decidido qué ropa usará. Apoya el teléfono móvil en la cama, al lado de su peluche de Minnie Mouse y levanta unas calzas negras para que puedan verse por la cámara.

Al otro lado de la llamada, a unos 3.000 kilómetros de distancia, su mamá entrecierra los ojos para ver mejor.

“¿Y qué camiseta te pondrás?”, pregunta.

publicidad

Casandra la desdobla rápido y la levanta frente a la cámara. Obtiene una mirada escéptica como respuesta.

“¿Qué otra cosa tienes?”, pregunta su mamá.

Casandra dice no estar segura. Va hacia el vestidor, pasa por delante de las filas de sus zapatillas favoritas y la camiseta de Selena de su hermana, y arrastra detrás de ella una silla de madera. Es mucho más alta ahora que la última vez que abrazó a su mamá… pero aún no lo suficientemente alta como para llegar al estante superior por su cuenta.

Cada mañana, antes de ir al colegio, ''Casandra'' y su madre deciden a través de una videollamada qué ropa se va a poner la hija.

Estamos a principios de junio. La última vez que Casandra y su mamá estuvieron juntas fue el 23 de mayo de 2018, es decir, hace más de tres años. En los centros de detención a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, familias como la de ellas fueron separadas. Ese día, las autoridades estadounidenses separaron a Casandra y a sus tres hermanas mayores de su madre, Juana.

Casandra sollozaba y dijo que no quería vivir si las separaban. En ese entonces, ella tenía 7 años.

Dos semanas más tarde, las niñas fueron a vivir con su padre biológico en Estados Unidos. Al final, las autoridades enviaron a Juana de regreso a su país natal: Honduras.

Desde entonces, momentos como éste se convirtieron en una de las pocas alternativas que tenían madre e hijas para seguir en contacto.

Casandra apoya nuevamente el teléfono móvil, esta vez contra una pila de camisetas. Juntas, ella y su mamá eligen un suéter para completar el conjunto.

Por lo general, suelen hablar otros 30 minutos y a veces también dibujan garabatos mientras Casandra espera el bus. Pero esta mañana alguien está a punto de recoger a Juana para una cita y ella no puede seguir hablando por teléfono.

“Te amo tanto”, le dice a su hija. “Ahora cuelga”.

“No, cuelga tú”, responde Casandra. “A mí no me gusta cortar la llamada”.

Siempre dicen esto cuando conversan casi a diario.

Ninguna de las dos quiere terminar la llamada.

Su vida antes de llegar a Estados Unidos tampoco era fácil

Para cuando tenía 28 años, Juana ya era madre de cuatro niñas.

En Honduras, ella y sus hijas se levantaban temprano todas las mañanas. Montserrat, la mayor, cocinaba para sus hermanas baleadas, un plato tradicional hondureño de tortillas caseras, frijoles y queso, mientras Juana cepillaba el cabello de Casandra y las preparaba a ella y a las otras niñas para la escuela.

Estaban juntas, pero la vida no era fácil. Juana casi nunca tenía suficiente dinero para el almuerzo de las niñas en la escuela, y las baleadas muchas veces eran lo único que comían hasta la noche.

Posteriormente, en septiembre de 2016, Juana fue agredida. Ella denunció al agresor ante la policía, lo que suscitó amenazas de violencia por parte de la familia del hombre. Cambió de domicilio varias veces, pero sus acosadores la encontraron y las amenazas continuaron.

Por temor por su seguridad, en 2018 Juana huyó con sus cuatro hijas al norte.

Juana se emociona hablando de lo sola y aislada que se ha sentido viviendo separada de sus hijas durante más de tres años.

El 22 de mayo de ese año, llegaron al cruce fronterizo en El Paso, Texas, donde se presentaron ante las autoridades según Al Otro Lado, una organización que ha trabajado para volver a reunir a la familia de Juana y otras familias que fueron separadas en la frontera.

Al día siguiente, las autoridades las separaron. Un agente de migraciones le dijo a las muchachas que abrazaran a su madre una última vez.

Ese momento está grabado a fuego en la memoria de Juana.

“Esa es la herida más profunda. Y cuando lo recuerdo, siento como si todo eso estuviera ocurriendo una vez más”, cuenta ella. “Es algo que dudo que alguna vez olvidaré”.

Antes de ser separadas, Juana nunca había pasado un día lejos de sus hijas.

Después de la separación, sólo las veía por teléfono. Los atesorados rituales familiares se limitaron a imágenes y voces en una pequeña y brillante pantalla.

Cómo las separaciones en la frontera afectan a las familias

Las consecuencias devastadoras que sufren las familias en la frontera por su separación, impulsada por el Gobierno de Trump, están bien documentadas. El mundo ha oído hablar de niños traumatizados, padres desesperados por obtener respuestas y equipos de búsqueda que rastrillan México, El Salvador, Honduras y Guatemala buscando a madres y padres perdidos.

También hemos comenzado a ver escenas más felices como alegres reunificaciones familiares en aeropuertos.

Pero es poco común ver lo que estas separaciones significan, días tras día, para las personas que las viven.

A fin de conocer mejor lo que atraviesan miles de familias, CNN comenzó a comunicarse, hace algunos meses, con Juana y sus cuatro hijas: Casandra, ahora de 11 años; Julieta, de 16; Abril, de 18; y Montserrat, de 20.

Las hijas de Juana con cuatro de sus pertenencias más preciadas, objetos de su madre. De arriba a la derecha en dirección de las agujas del reloj: ''Casandra’’ sostiene un collar con una letra; ''Abril’’ sostiene un anillo de quinceañera; ''Julieta'' sostiene un bolso de papel y ''Montserrat'' sostiene un juego de pendientes.

La madre y las cuatro hijas aceptaron compartir sus historias, pero pidieron que no se mostraran sus rostros y que no se revele dónde se encuentran. Las hijas también solicitaron ser identificadas únicamente por sus pseudónimos para proteger su seguridad, dado que sus casos de asilo aún están pendientes.

Dos días antes de nuestra primera entrevista en persona, se enteraron de que serían una de las primeras familias reunificadas, gracias al impulso de un grupo especial de trabajo del Gobierno de Biden para reunir a familias que fueron separadas durante el Gobierno de Trump.

En las entrevistas, las niñas y su madre describieron cómo los años que estuvieron separadas las marcaron y los temores que aún sienten por el futuro.

Algunas de las historias más duras surgen de detalles mundanos de la vida cotidiana, esas pequeñas cosas que intentaron hacer para mantenerse unidas, a pesar de los miles de kilómetros que las separaban.

Su madre tenía puestos estos aretes el día que las separaron

''Montserrat'' sostiene los pendientes de su mamá. Fueron el último objeto que obtuvo de su madre antes de ser separadas.

Montserrat guarda estos aretes brillantes de plata como un tesoro.

Ella es la mayor de las cuatro hermanas. El día que su familia fue separada, ella intentó mostrarse fuerte por sus hermanas. No abrazó a su mamá para despedirse. En cambio, tomó los aretes que su madre tenía puestos y se comprometió a ponerlos en resguardo.

En ese entonces ella tenía 16 años. En cierto modo, los últimos tres años se han parecido mucho a ese momento en la frontera en el que se despidieron.

Montserrat lloró mientras nos contaba cómo, cada día, intentaba no cometer errores delante de sus hermanas o dejar entrever cómo luchaba. Al ser la mayor de las hermanas, asumió muchos de los roles que su mamá tenía cuando vivían juntas en Honduras. Y ella sabe que tiene que ser un buen ejemplo a seguir, sobre todo para Casandra.

“Hay cosas que no puedo decir, porque ella es mi hermanita, y no quiero que cargue con mis problemas”, dice. “Esto es lo que hacen las madres o los padres, ¿no es cierto? Uno se siente mal, pero no lo demuestra ante los demás”.

La mayor y la menor de las hermanas comparten una habitación. En la pared cuelga un póster que dice “Ella es la combinación perfecta de una princesa y una guerrera”. Al lado de su cama, Montserrat guarda aretes colgantes sobre una pila de libros. A ella le encanta usar aretes. Pero nunca usa los que su mamá le dio ese día en la frontera. Esos los protegerá y los salvaguardará, al igual que cuida de sus hermanas.

El teléfono móvil de Juana se convirtió en un salvavidas, pero también en un recordatorio constante de todo lo que había perdido

Juana habla por teléfono con sus cuatro hijas. Es su único medio de conexión con ellas.

Juana está acostada en la cama con su teléfono Samsung Galaxy rosa en la mano. Las esquinas de la carcasa están desgastadas en las zonas en las que lo sujeta.

“Dios te bendiga, mi amor. ¿Cómo has estado?” le pregunta a cada una de sus hijas cuando sus rostros aparecen en la pantalla.

Casandra desenrolla un nuevo póster de la estrella pop Billie Eilish que acaba de recibir.

“¿Quién es?”, pregunta su mamá. “¿Y qué te ha pasado? Tienes un moretón en el brazo”.

Casandra es la bebé de la familia, pero ya no es la niña pequeña que su madre abrazó en la frontera hace más de tres años.

De todas las cosas que Juana se ha perdido, lo que más lamenta es no haber estado allí para los cumpleaños e hitos de la menor de sus hijas. Los pasteles que no han comido juntas. Las canciones que no han cantado. Los pequeños momentos que no han podido compartir.

“Toda su infancia, me la perdí”, dice Juana.

Durante los últimos tres años en Honduras, Juana ha vivido escondiéndose de su agresor y su familia. Su única conexión con el mundo exterior es lo que ve por la ventana de su departamento y lo que ve en su teléfono móvil.

Después de ser deportada, Juana pasó poco más de un año en un apartamento refugio en Honduras, un lugar que abandonaba en contadas ocasiones.

Las llamadas y los mensajes de sus hijas le dan aliento, pero también le recuerdan todo lo que ha perdido. Las oye hablar de los deberes. Las ve andar en patineta por la calle.

A veces, la distancia entre ellas ha sido demasiado que soportar.

Una mañana, en el Día de la Madre, se sintió abrumada por la soledad y apagó su teléfono. Se tenía lástima y quería castigar a las niñas, porque ella sentía que ya no la amaban. Sin importar cuántos mensajes se enviaban, nunca iba a ser lo mismo como cuando vivían juntas bajo un mismo techo.

Esa noche, Juana se dio cuenta de que había permitido que la depresión le nublara su buen juicio. Prendió el teléfono móvil, y los mensajes de amor y preocupación de sus hijas la inundaron.

Las niñas se pelearon por esta fotografía cuando la encontraron

Después de ser deportada, Juana pasó poco más de un año en un apartamento refugio en Honduras, un lugar que abandonaba en contadas ocasiones.

Antes de llegar a Estados Unidos, ellas no sabían que esta foto existía. Pero cuando la encontraron en el departamento de su papá, rápidamente se convirtió en un bien preciado.

Era la única foto impresa que tenían de su mamá y les gustaba su singularidad.

En la foto, ella tenía apenas 24 años y vestía una camiseta rosa y una falda blanca con volantes, estaba parada bien erguida y miraba a la cámara con expresión seria.

Primero, Abril y Julieta tuvieron la foto en su habitación. Luego, Montserrat y Casandra la llevaron a la suya, hasta que Abril y Julieta se la volvieron a quitar.

Al final de cuentas, su papá tuvo que recuperar la foto para que las hermanas no se pelearan más por ella.

Pero Montserrat aún se descubre mirando la foto en busca de fuerza.

“A pesar de que ella esté lejos, mirando la foto, siento que ella está aquí. A pesar de que no esté presente, su espíritu sí lo está. Su energía positiva. Sus retos. Sus consejos”.

Los premios en la pared de las niñas eran un recordatorio agridulce

''Montserrat'' sostiene un premio a la excelencia académica que obtuvo en la escuela en 2019.

Montserrat llevaba un año viviendo en Estados Unidos cuando recibió la noticia. Iba a recibir un prestigioso premio en la escuela.

Ahora está colgado en la pared de la sala de estar de la familia, una muestra de orgullo.

Pero Montserrat ve algo diferente cuando lo mira.

Ella aún recuerda el día en que estuvo parada delante del colegio y aceptó el premio. Sólo un primo la había acompañado para felicitarla. Su papá trabajaba ese día. Su mamá estaba en otro país.

“Estoy en un país nuevo, aprendiendo cosas nuevas, un idioma nuevo, y algo así es hermoso”, dice ella, “Pero, desafortunadamente, no estaban allí para acompañarme”.

La música estuvo presente durante sus vidas juntas, pero también durante su separación

Cuando vivían juntas en Honduras, la música siempre llenaba su hogar. Escuchaban baladas románticas de cantantes folclóricos mexicanos y alegres melodías pop en las mañanas para arrancar el día.

Ahora, todo se ha vuelto más silencioso. Algunos días, los únicos sonidos son el tac, tac, tac del ventilador de techo, el canto de los pájaros afuera y los ruidos habituales de los motores en la calle.

Pero la música siempre encuentra una manera de viajar los miles de kilómetros que las separan. Juana llama a las niñas y les canta en sus cumpleaños. Y en el Día de la Madre ellas le cantan “El Himno a la Madre” que aprendieron en la escuela en Honduras.

A veces, se envían mutuamente canciones que les hacen recordar las unas a las otras.

Hace poco, Montserrat le envió una canción pop en español del cantante cubano Lenier “Cómo te Pago”

“Antes decía mami, ahora te digo mamá. Ay gracias por enseñarme a hablar y a caminar. Madrecita de mi vida no te me vayas jamás. Ay porque vo'a llorar y vo'a llorar si tú te me vas”.

Juana lloró cuando escuchó la letra de la canción.

Durante años rezaron por un reencuentro

Juana asiste a la iglesia cada domingo, algo que acostumbraba a hacer con sus hijas cuando estaban todas juntas.

Juana se sienta en un banco de la iglesia, junta las manos en plegaria y le pide ayuda a Dios.

Por mi hija mayor, cuídamela por mí,

Protégela por mí,

Ilumina cada paso que da.

Este es el único sitio en su ciudad hondureña al que Juana se anima a venir todas las semanas y sentirse a salvo. Es allí donde busca consuelo en sus días más oscuros.

Pero mientras observa cómo las familias ingresan a la iglesia un domingo por la mañana, también se siente invadida por la tristeza. Antes, ella también iba a la iglesia con su familia. Ahora reza sola.

Acaba de enterarse de que pronto le permitirán viajar a Estados Unidos, pero parece demasiado bueno para ser verdad. Está aterrorizada de que algo no salga bien en la entrevista en la embajada esta semana. Y ella le pide a Dios para que ilumine su camino.

En su departamento a un continente de distancia, sus hijas están conteniendo la esperanza.

Un gran crucifijo de madera está colgado en la cornisa entre la cocina y la sala de estar “Reza mucho”, dice en cursiva. “Preocúpate poco”.

Durante años, Montserrat ha rezado –en la iglesia y en casa- para que Dios les devuelva a su mamá.

Ella siempre ha oído que la fe puede mover montañas. Y pareciera que finalmente eso ha sucedido.

Y entonces llegaron las noticias que estaban esperando

Juana abraza a tres de su hijas a más de un mes de su reunificación en Estados Unidos.

A comienzos de junio, Juana recibió una llamada de su abogado de la organización Al Otro Lado. Su solicitud para obtener un permiso de entrada al país por razones humanitarias, que le permitiría viajar a Estados Unidos y permanecer allí 36 meses, había sido aprobada. Ella podría viajar muy pronto a Estados Unidos.

Después de tres largos años de separación, los días de repente pasaron volando.

Las últimas semanas de Juana en Honduras estuvieron repletas de despedidas de familiares y un traslado a la embajada. En Estados Unidos, sus hijas sabían que su mamá iba a llegar pronto, pero no sabían cuándo.

Acto seguido, Montserrat recibió un mensaje de su mamá: ella iba a llegar al día siguiente. “No había tiempo para planear nada”, dice la hija mayor. “Todo fue tan rápido”.

El 19 de junio, el día en el que llegó su madre, las niñas fueron a una tienda y compraron el ramo de flores más hermoso que encontraron y varios globos. En medio de la exaltación, perdieron algunos de los globos cuando salieron a las corridas.

Juana se bajó del avión y fue a recoger su equipaje. Pensó que estaba soñando cuando vio a sus hijas. Las tres mayores ahora eran más altas que ella, otra prueba agridulce del tiempo agónico que pasaron separadas.

“Fue un momento de felicidad, de tanta alegría”, dice Juana. “Y al mismo tiempo, de tanto dolor”.

Las tres hijas mayores fueron primero a abrazar a su madre, rodeándola en un abrazo grupal. Casandra dudó. No había lugar para ella. Se agachó por debajo de los brazos entrelazados y se apretujó contra su mamá.

Una mezcla de emociones salió a la luz.

“Se sintió como…. El comienzo de una nueva vida, una nueva etapa”, dice Montserrat, siempre consciente de los años perdidos. “Es tiempo que jamás recuperaremos, pero ahora estamos aquí y lo único que queda por hacer es mirar hacia adelante”.

Sus nuevas vidas están colmadas de alegría

Juana y su hija menor ''Casandra'' acostumbraban a escoger su ropa a través del teléfono. Ahora lo hacen juntas.

Juana ahora vive con sus hijas y el padre de ellas en una unidad de planta baja con tres habitaciones, en un complejo de departamentos en una zona suburbana.

Ella comparte la cama con Montserrat y se despierta todas las mañanas mirando la cara dormida de su hija mayor.

Casandra duerme en la misma habitación, a unos pocos metros de distancia. Julieta y Abril comparten otra habitación.

Juana mira los rostros de sus hijas dormidas todas las mañanas y su corazón se llena de alegría.

Ahora también tienen un nuevo ritual antes de irse a dormir.

“A la noche, antes de ir a dormir, ellas vienen a mi cama y me besan y me abrazan y me desean buenas noches. Me siento feliz”, dice ella. “No hay día alguno desde mi llegada que no han venido a darme un beso de las buenas noches antes de que me vaya a dormir”.

El primer día que estuvo aquí les preparó a sus hijas sus famosas baleadas. Montserrat dice que su hermana Julieta se comió como 20.

Tras estar más de tres años separadas, Juana y sus hijas disfrutan cada momento que pasan juntas.

Juana trabajaba de cocinera en Honduras, y ella y sus hijas han hablado de lanzar su propio negocio vendiendo comida.

Con su mamá de regreso, la vida de Montserrat también se ha vuelto mucho más fácil. Juana ahora retomó muchas de las responsabilidades de las que Montserrat se había hecho cargo mientras estuvieron separadas… cocinar, limpiar y llevar a Casandra al parque de la zona.

Y también es así como Juana quiere que sea. Se siente culpable por el hecho de que su hija mayor tuvo que hacerse cargo de tantas cosas a una edad tan temprana.

“Quiero recompensarla por asumir mi rol, mis responsabilidades como madre”, dice. “Ella necesita un descanso, porque se lo merece”.

Pero las heridas invisibles siguen presentes

Por ahora, la vida es bella. Pero eso no compensa por el tiempo que perdieron ni el recuerdo de ese momento desesperante en el que fueron separadas.

“Ninguna de nosotras… lo olvidará. Que nos separaron. Que lloramos. ¿Quién nos devolverá las lágrimas? ¿Quién nos devolverá la tristeza que sentimos?” dice Montserrat. “Nada sanará las heridas, porque son como cicatrices”.

A través del grupo especial de trabajo, Juana ha recibido un permiso de estadía y una visa de trabajo. Los que abogan por ella esperan que el Gobierno de Biden le ofrezca una solución que mantendrá a la familia unida, como también residencia legal permanente en Estados Unidos.

Juana y sus hijas aseguran que el recuerdo de cada momento que estuvieron separadas permanecerá para siempre marcado en sus memorias.

Eso constituiría un gran alivio para Juana y sus hijas. Juana dice que le rompe el corazón oír a sus hijas hablar del trauma emocional que vivieron por haber estado separadas de su madre. Ella también carga con las cicatrices de su separación.

“Ningún padre desea abandonar a sus hijos”, dice. “Es una pena enorme. Uno siente agonía”.

Pero para Montserrat hay algo positivo que rescatar de la situación. Ella dice que ahora aprecia más a su madre por cosas que antes daba por hechas.

“A través de una llamada, uno no puede compartir un abrazo. A través de una llamada, uno no puede compartir momentos como el que estamos viviendo ahora”, dice. “Esto ha sido… podríamos decir, una experiencia horrible, pero, al mismo tiempo, una experiencia muy hermosa para mí, porque ahora aprecio más a mi mamá. Antes tal vez no la valoraba tanto como ahora. Ahora no quiero que nunca más se vaya”.

La familia aún se está adaptando a su nueva vida después de haber pasado tanto tiempo separada. Después de todo lo que han vivido, también están ansiosas por lo que les deparará el futuro.

Pero se consuelan sabiendo que, pase lo que pase, por ahora lo afrontarán juntas.

Orlando Ruiz, Jeremy Moorhead y Brandon Griggs de CNN contribuyeron a esta historia.

Acerca de los autores

Catherine E. Shoichet

Catherine Shoichet es redactora y editora de CNN Digital. Shoichet habla inglés y español y trabaja junto a CNN en Español para reportar temas latinoamericanos y de inmigración.

Madeleine Stix

Madeleine Stix ha estado filmando, editando y produciendo videos para el Equipo de Video Digital de CNN desde 2014.

Ana María Luengo-Romero

Ana María Luengo-Romero es presentadora y productora de CNN en Español en Atlanta, y ha formado parte del equipo de CNN desde 1999. Actualmente, Luengo-Romero es presentadora de Nuestro Mundo, el dinámico programa dominical de la cadena lleno de historias atractivas e inusuales que vale la pena contar. Previamente, fue presentadora del programa Europa Hoy, y ha sido presentadora sustituta de la mayoría de los programas de la cadena, incluyendo Café CNN, Portafolio Global, Panorama Mundial, CNN Dinero, Encuentro y Mirador Mundial.

 

Desde su incorporación a CNN en Español en 1999 como editora de asignaciones, Luengo-Romero ha asegurado entrevistas con los principales actores de la vida pública de América Latina, y ha jugado un papel central en la mayoría de las coberturas de noticias más relevantes de la cadena, incluyendo: procesos electorales en Estados Unidos, América Latina y Europa; los golpes de estado contra Hugo Chávez en Venezuela y Manuel Zelaya en Honduras; la detención de Augusto Pinochet en Londres y su muerte; caídas de gobiernos; ataques terroristas en Londres, Madrid y Barcelona; los tiroteos de Columbine y Sandy Hook; conflictos armados como la guerra en Afganistán e Iraq; la captura y muerte de Saddam Hussein; el Tsunami de Indonesia, entre muchos otros.

Luengo-Romero también ha cubierto desde el terreno un sinnúmero de noticias importantes en su papel de productora, entre ellos: los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, los terremotos de Chile y Haití, huracanes, elecciones presidenciales en Colombia y Venezuela, la muerte del entonces presidente Hugo Chávez, el rescate de Ingrid Betancourt y tres contratistas norteamericanos secuestrados por las Farc, entre otros. Fue la enviada especial de la cadena a España para cubrir la abdicación del Rey Juan Carlos I y la proclamación de Felipe VI, y fue la productora a cargo de dos debates presidenciales realizados por CNN en Español en Colombia y Paraguay. Luengo-Romero ha sido además productora de documentales originales de la cadena, como Muros de Agua y Deportados.

Antes de incorporarse a CNN en Español, Luengo-Romero se desempeñó como escritora en NBC Canal de Noticias y como editora de asuntos internacionales de NBC Newschannel. Algunas de sus coberturas durante este tiempo incluyen: la muerte de la Princesa Diana, la muerte de la madre Teresa de Calcuta, la transferencia de la soberanía de Hong Kong a la China, y la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, entre otros.

Luengo-Romero ha sido merecedora de varios reconocimientos a lo largo de su carrera, entre ellos un Emmy por su papel de productora del noticiero Panorama Mundial en la categoría de mejor noticiero en español, y fue nominada a un premio Emmy como productora del documental de CNN en Español, Muros de Agua.

Nacida en Madrid, Luengo-Romero es licenciada en filología inglesa por la Universidad Complutense de Madrid, y en Periodismo por Webster University. Habla español e inglés.