CNNE 957755 - ¿por que los empresarios se estan mudando a miami?

Nota del editor: Silvina Moschini es emprendedora especializada en la transformación digital del mundo del trabajo. Es fundadora y presidenta de TransparentBusiness, una plataforma que permite gestionar equipos remotos de forma transparente. Además, es fundadora y presidenta ejecutiva de SheWorks!, una tienda virtual para contratar mujeres profesionales con modelos flexibles. Las opiniones expresadas en este comentario pertenecen exclusivamente a la autora. Vea más artículos de opinión en CNNE.com/opinion

(CNN Español) – Cualquier surfista sabe que atrapar una buena ola depende en gran parte del lugar que se elige para esperarla. Se trata de estar cerca de la rompiente y de animarse a surfearla cuando llega. La ciudad de Miami es un vórtice tecnológico desde hace años, pero durante la pandemia por fin está consolidándose como el nuevo hub digital y base de operaciones de las compañías más prometedoras de EE.UU. y América Latina.

Me mudé a Miami a fines de los 90, cuando formaba parte del equipo de Patagon.com, la compañía argentina que luego se vendió al Banco Santander por la cifra histórica de US$ 585 millones. Eran los tiempos de la primera ola, la de las punto com, cuando desembarcaron en “la ciudad mágica” los pioneros tecnológicos. A partir de 2012 hubo una segunda ola, signada por la aceleración de emprendimientos como Endeavor, Venture for America, The Lab y compañías como Open English, que nació en Venezuela, pero creció en Miami.

Pero el covid-19 fue la tormenta perfecta que consolidó la tendencia. Cuando el trabajo remoto se hizo norma, Miami se volvió un destino ideal para mudarse, porque a sus tradicionales bondades climáticas se sumaron incentivos económicos, menos impuestos y un estilo de vida más accesible que el de otras grandes ciudades. La movida se profundiza gracias a que el alcalde de la ciudad, Francis Suarez, se mostró muy proactivo en las redes sociales apenas vio asomarse en el horizonte esta nueva ola transformadora. Ofrecer facilidades beneficia a la ciudad pero también a los nuevos pobladores, que llegan tras una bocanada de aire fresco, justo lo que necesita el mundo de los negocios para reinventarse después de tantos meses paralizantes.

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Estar preparado lo es todo. Cuando decidí apostar al trabajo remoto, no podía prever que la pandemia de covid-19 iba a consagrar para siempre esta manera de trabajar. Pero estuvimos listos para surfearla cuando vino. Algo parecido me pasó con Miami: cuando decidí emprender en esta ciudad, nada hacía sospechar el apogeo que hoy vive, aunque había algunos indicios. Miami es un puerto que conecta con oportunidades de negocio en todo el mundo, y está ubicada en una franja horaria óptima entre la costa oeste y Europa.

A mí, una de las cosas que más me gustan de Miami es su fuerte conexión con América Latina (el 72,7% de su población es de ascendencia latina e hispana), que vuelve todo mucho más amigable y a veces también más caótico, como quedó en evidencia con los desmadres del último “spring break”. Pero no porque los latinos seamos caóticos, sino porque –en este caso- el crecimiento exponencial de los últimos meses coincide con el hartazgo del confinamiento.

Miami es actualmente la cuarta ciudad sede del emprendimiento latino dentro de Estados Unidos, según Startup Genome, y tiene uno de los porcentajes más altos en negocios fundados por inmigrantes. Es un crisol de razas y una fuente de talento multiétnico y pluricultural, lo que además la vuelve ideal para “startups” que quieren probar sus servicios ante un rango amplio de clientes.

Tal vez este clima de ebullición sea pasajero, y cuando el mar se calme todo vuelva a ser como era antes de la pandemia. Personalmente, creo que la frescura de Miami es todo lo que un emprendedor necesita para soñar en grande. Yo vivo aquí desde hace 20 años. Aquí armé equipo y aquí desarrollé SheWorks! Es verdad que trabajamos durante años de forma incansable para lograrlo, pero estoy convencida de que en Miami están las mejores olas. Solo hay que aprender a sentir la marea, y bracear fuerte cuando llegue la oportunidad.