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Haití

Haití, ¿por qué no es importante?

Por Geovanny Vicente Romero

Nota del editor: Geovanny Vicente Romero es abogado y politólogo, con experiencia como profesor y asesor de políticas públicas y gobernanza. Es un estratega político y consultor de comunicación gubernamental. Actualmente está finalizando una maestría en Comunicación Política y Gobernanza en la Universidad George Washington. Es fundador del Centro de Políticas Públicas, Desarrollo y Liderazgo RD (CPDL-RD). Síguelo en Twitter: @GeovannyVicentR. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) — La pregunta que sirve de título para este análisis puede parecer tendenciosa, por no decir ociosa. Sin embargo, es la misma interrogante que me hago cuando pienso en todos los problemas que afectan a la nación más pobre del hemisferio occidental. Esta pobreza extrema que acabo de señalar puede ser, en parte, el resultado de la indiferencia que sufre la nación que comparte la misma isla con la República Dominicana, la economía que más crece en América Latina y que en 2018 tuvo una tasa de crecimiento sorprendente, un 7% de acuerdo al Banco Mundial.

A diferencia de algunos países centroamericanos, que en gran medida tienen medios de producción local, en el caso de Haití pareciera que el ciudadano no tiene otra opción diferente a emigrar. Por otro lado, Centroamérica se apoya considerablemente de las remesas y, en algunos países, este renglón constituye su principal fuente de ingreso llegando a generar divisas con facilidad debido a que sus ciudadanos llegan de forma constante por tierra a Estados Unidos. No es la misma historia para algunos haitianos, pues contemplar la emigración hacia el Norte es un verdadero desafío ya que entre otras cosas, deben enfrentarse a la furia del océano Atlántico y del Mar Caribe con una baja probabilidad de llegar al destino deseado puesto que cuando no caen víctimas de los naufragios que sufren las embarcaciones frágiles, son apresados a su llegada por la guardia costera.

No debe sorprendernos que la República Dominicana tenga la segunda diáspora haitiana más grande, después de Estados Unidos, pues las razones para este fenómeno radican en la misma economía dominicana y, por supuesto, en la geografía pues basta con cruzar una frontera que a simple vista parece inexistente. Esta emigración no es nueva, ya para la época de la ocupación estadounidense en Haití y de la República Dominicana en 1916, existía un flujo importante de haitianos hacia la parte oriental de la isla, los cuales fueron traídos por los consorcios de capital estadounidense para trabajar como braceros y de esta forma reducir los costos.

Puede que en el debate global y dentro de la vecindad regional Haití importe poco, pues constituye el vecino pobre, negro y sin petróleo por demás, pero la realidad es que importa por todo eso y mucho más. Hoy es el país más pobre de América como hemos dicho, pero en el pasado fue una de las colonias más ricas del planeta y la más rentable del Caribe, llegando a producir el 75 % de la producción de azúcar del mundo para el año 1789, el mismo año de la revolución francesa. Llamemos las cosas por su nombre: ¡son negros! Esa negritud de piel totalmente normal en un mundo multicolor, pero “anormal” en un mundo que sigue reproduciendo los mismos estereotipos que generan el estigma del “patito feo” cuando algo es diferente a lo que nuestra mente ya legitimó como lo “normal”, probablemente les ha jugado en contra en su devenir cuando vemos que históricamente algunos países incluso apostaron por el blanqueamiento de la población y no por la identidad propia y la riqueza de la diversidad.

Haití no produce petróleo, por tanto, es un importador natural del crudo y no atrae interés a su país. Desde su nacimiento como república han estado tan ocupados en resolver sus propios problemas que no han tenido tiempo de integrarse totalmente a la conversación global, salvo cuando surge un desastre que los vuelve a condenar a la pobreza prolongada. Como hemos dicho, fue una colonia muy lucrativa que no solo producía azúcar, también café y otros productos. Lamentablemente, la deforestación actual se originó de forma progresiva y sistemática en el modelo de explotación que sufrió esta parte de la isla. Hoy una fotografía satelital puede mostrar una imagen árida en contraste con el verdor de la República Dominicana, que tuvo una suerte diferente. Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, pero la realidad es que las ciudadanías pueden construir sus mitos de gobiernos y olvidarse para siempre de aquel derrotismo.

Los negros de Haití, cansados de la esclavitud y la explotación, lograron la independencia de la primera nación latinoamericana hace más de 200 años. Entonces, la república negra más antigua del mundo no la busquemos en África, se encuentra aquí en la región, en nuestras narices desde 1804. Por tanto, dicha proeza hace de Haití la segunda república más antigua del hemisferio occidental, solo detrás de los Estados Unidos que se independizó en 1776.

Cuando pasamos balance a esos dos centenarios de vida republicana, llegamos a una conclusión inequívoca para Haití: dos siglos de pobreza, inestabilidad política, dictaduras crueles y largas también, poca ayuda internacional y como si fuera poco, desastres naturales que dejan al país destruido. El futuro no es alentador, de hecho, nunca lo ha sido. La negritud de su piel les hizo su primera mala jugada con el bloqueo comercial y el aislamiento que sufrió de parte de las naciones del mundo que vieron en Haití un precedente que podría repetirse con sus propios esclavos. No fue hasta 1862 cuando los Estados Unidos reconoció la independencia de Haití.

Haití nació endeudado puesto que su independencia no solo costó lágrimas, sudor y mucha sangre, también costó mucho dinero para una nación que daba sus primeros pasos en solitario: En 1804, Haití le pagó a Francia una multa de 150.000.000 francos (unos US$ 21.000 millones de hoy), pagos que se realizaron en cinco cuotas anuales.

Las grandes naciones que hoy de forma insuficiente ayudan y prometen ayudas que nunca terminan de llegar, son en algunos casos, los mismos que se beneficiaron de la enorme riqueza de la nación negra. Resulta paradójico que siendo República Dominicana un país que estuvo ocupado y sometido al yugo haitiano desde 1822 hasta 1844, sea el que más aporta de forma directa e indirecta con los ciudadanos haitianos que viven de su lado, y quienes a diario acuden a los hospitales dominicanos a realizar partos y tratarse diferentes condiciones de salud.

Es una pena que la suerte de Haití solo nos preocupe cuando un huracán inclemente o un terremoto devastador destruyen ese país. Recuerdo que para el terremoto de 2010, fueron los dominicanos -que en gran parte somos negros también, pero no lo sabemos del todo- los primeros en auxiliar a la nación vecina en su peor momento. Claro, por razones geográficas fueron las brigadas dominicanas las primeras en llegar pero este apoyo se mantuvo en el tiempo con asistencia alimentaria sostenida, donación de cocinas móviles y culminó con la donación de la Universidad Estatal Haitiana Henri Christophe, en 2012.

Hoy la prensa internacional se hace poco eco de las protestas que se producen en las calles de Haití a raíz de hartazgo ciudadano frente a la corrupción, el mismo descontento que ha generado un cambio de primer ministro recientemente. Debemos prestar más atención a los temas que allí pasan como el relacionado al retiro de la actual misión policial de la ONU en Haití (Minujusth), retirada decretada por el Consejo de Seguridad de la ONU. En esa decisión se abstuvieron Rusia y la República Dominicana, que ocupa un asiento no permanente en dicho órgano. La decisión diplomática dominicana fue la correcta al abstenerse. La cercanía y la relación migratoria de la República Dominicana con Haití hacen que cualquier decisión, a favor o en contra de la medida, no sea interpretada en su correcta dimensión. Haití necesita un apoyo genuino de la comunidad internacional y necesita que le den el “pescado” que se le prometió y, conjuntamente con él, que le enseñen a pescar.