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Salud mental

“Los artistas salvarán al mundo”

Por Roberto Rave

Nota del editor: Roberto Rave es politólogo con especialización y posgrado en negocios internacionales y comercio exterior de la Universidad Externado de Colombia y la Universidad Columbia de Nueva York. Con estudios en Management de la Universidad IESE de España y candidato a MBA de la Universidad de Miami. Es columnista del diario económico colombiano La República.

(CNN Español) — Esta frase, lapidaria y aguda, que invita a tantas reflexiones, se la escuché a mi buen amigo, el líder empresarial Fernando Pardo, durante una de nuestras estimulantes tertulias culturales, en la que también se encontraban el maestro escultor colombiano Gustavo Vélez y el reconocido poeta y curador de arte Luis Fernando Molina.

En la conversación discutíamos sobre cómo hacer del mundo un lugar mejor para vivir. Esto es algo que siempre me ha intrigado, en especial durante este año. He reflexionado, con cada vez más interés e intensidad, sobre cómo hacer de mi ciudad, de mi país, del mundo en general, algo mejor. Aun cuando el paso de los días y su monotonía tratan de arrancar estas esperanzas por medio de la frustración y la dura realidad, mi tosquedad y mi obsesión, o tal vez vanidad, me llevan a persistir en la idea de cambiar al mundo hacia algo mejor.

En esta búsqueda, he encontrado algunos datos positivos, pero también otros que tocan las fibras más profundas y dolorosas del ser humano. Según el Brooking Institution, para este año 2019 los pobres dejaron de ser mayoría en el mundo y cada segundo una persona sale de la pobreza extrema. Es decir, en los últimos años millones de personas han podido satisfacer sus necesidades básicas y han pasado a conformar las clases medias, tienen mejor calidad de vida y mayor acceso a bienes básicos. Sin embargo, en medio de este avance, cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que “alrededor de 800.000 personas se suicidan cada año, lo que representa una muerte cada 40 segundos. El suicidio se ha convertido en la segunda causa de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años”.

Algo acontece en lo más profundo de nuestras generaciones jóvenes, que, a pesar de que tienen mayores oportunidades y mejores ingresos económicos, acceso a bienes básicos y un sinnúmero de comodidades, experimentan un intenso inconformismo que se traduce en tristeza y que lastimosamente termina en sucesos trágicos y dolorosos, como el suicidio o la frustración e infelicidad constante.

La digitalización de la sociedad actual tiene parte de responsabilidad en esta dolorosa realidad, pues ha deshumanizado gran parte de las relaciones interpersonales y ha profundizado la indiferencia entre ciudadanos que cenan juntos sin estar juntos, que viven juntos o que son vecinos pero que no se conocen ni se interesan el uno por el otro, y que, además, creen que dando un clic en una imagen podrán salvar al África de la desnutrición o apagar el trágico incendio del Amazonas.

La cercanía humana es ya una paradoja, y hemos encontrado la manera de dedicar más tiempo al celular y a las redes sociales que a contemplar la belleza maravillosa de la naturaleza, la poesía o el arte. En ocasiones resulta más importante una mascota, que el hermano o el amigo.

Ahora bien, esto no significa que la tecnología sea intrínsecamente mala o indeseable. Al contrario, nos brinda cada vez más soluciones y beneficios que mejoran enormemente nuestras vidas. No obstante, la realidad refleja algunos efectos sociales y psicológicos del uso de las nuevas tecnologías digitales que merecen atención y cuidado. Al fin y al cabo, el propósito último de los desarrollos humanos debe ser la expansión y generalización de las oportunidades para ser felices y vivir cada vez mejor.

Los desarrollos tecnológicos avanzan a una gran velocidad y la cuarta revolución industrial ya es un hecho en gran parte del mundo. Vamos, en pocos años, hacia la sistematización casi completa de las labores cotidianas de los humanos. Según PWC, “la cuarta revolución industrial ya está en marcha y se espera que para 2025, la cifra de empleos que serán reemplazados por agentes informáticos ascienda a 140 millones de trabajos”. El Foro Economico Mundial indica que “para 2025, las máquinas harán más tareas de trabajo actuales que las personas, en comparación con el 71% de tareas que realizan las personas hoy en día”. En consecuencia, nuestro entorno será cada vez más digital y nuestras interacciones con los robots aumentarán de manera considerable. Debemos buscar, entonces, la manera de humanizar más a las personas, pues así garantizamos la sostenibilidad de la humanidad en la nueva revolución industrial que está empezando.

Dice el psiquiatra y novelista Augusto Cury que “según estudios internacionales, unas de cada dos personas presentarán un trastorno psiquiátrico tarde o temprano en algún momento de la vida. Hablamos de más de tres mil millones de personas. El ochenta por ciento de la juventud mundial sufre inseguridad y timidez. Más de mil cuatrocientos millones de seres humanos desarrollarán algún tipo de depresión. ¿Hacia dónde se encamina la humanidad?”.

En su apasionante novela “El sentido de la vida”, Cury plantea una historia imaginaria de viaje en el tiempo de un profesor del siglo XXI, quien, en medio de una gran crisis existencial, decide viajar al pasado para cambiar la historia. Su propósito principal, con las mejores intenciones, era evitar la Segunda Guerra Mundial. Primero, intentó matar a Hitler, pero sus valores y sus principios humanitarios se lo impidieron. Sin embargo, estudiando la biografía del tirano, observó que en su juventud había concursado para ingresar, como pintor, a la Academia de Bellas Artes de Viena, pero que lo habían rechazado. Entonces, el profesor viajó al pasado para intentar que a Hitler lo aceptasen en la academia. Al final, cumplió su objetivo y Adolf Hitler logró continuar su carrera de artista. De esta manera evitó la masacre más grande de la historia de la humanidad. La lección es que el arte cambió la vida de Hitler y también la historia del mundo.

En este sentido, dice Nuccio Ordine en su libro “La utilidad de lo inútil”, que: “En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte (…). Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad”.

En suma, los artistas tienen, en gran medida, la clave para salvar el mundo, pues lo humanizan, lo hacen más sensible, más bello, menos indiferente, lo acercan a la perfección, a la naturaleza. El arte sirve para caminar, para trascender, para vivir.

Post Scriptum:

I: “Una persona solo es de verdad feliz cuando procura nutrir la felicidad de los demás, cuando promueve su bienestar. Los individualistas y los egocéntricos son dignos de compasión, pues hicieron de sus emociones un páramo desierto”. Augusto Cury.

II: La Economía Naranja, por estos días tan de moda, debe trascender y consolidarse como política pública en toda Latinoamérica, para de esta manera destacar el importante papel que desempeña el arte en la sociedad. En este sentido, es importante que se esté realizando en Medellín, Colombia, la primera Cumbre de Economía Naranja. Además, aprovecho para subrayar la importancia de eventos como “Crea, conecta y café”, que tendrá lugar en Colombia el día 21 de septiembre, con el propósito de reunir la creatividad, el talento y el arte en torno al desarrollo del país.