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Cuba

OPINIÓN | Los saldos del castrismo

Por Jorge G. Castañeda

Nota del editor: Jorge G. Castañeda es colaborador de CNN. Fue secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Actualmente es profesor de la Universidad de Nueva York y su libro más reciente, “America Through Foreign Eyes”, fue publicado por Oxford University Press en 2020. Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente del autor. Puedes encontrar más artículos de opinión en CNNe.com/opinion.

(CNN Español) — Muchos de los comentarios acerca de la salida de Raúl Castro de la dirección del Partido Comunista de Cuba y de su sustitución por Miguel Díaz-Canel se han centrado en la posibilidad —o no— de que dicho reemplazo traiga consigo cambios de fondo en el sistema económico o político del país. Pero también debe ser la ocasión para realizar un examen del saldo de más de 70  años de castrismo en la isla, desde principios de 1959 para ser más exactos. Los resultados no son alentadores.

Un exdiplomático cubano ha comparado la salida de Raúl Castro con la del líder chino Deng Xiaoping. Para Carlos Alzugaray, de la misma manera que Deng conservó su influencia después de haber renunciado a todos sus cargos en el Estado, el partido y el Ejército a principios de los años 90 y mantuvo un importante ascendiente sobre su sucesor, Jiang Zemin, y sobre el país, por ejemplo mediante su histórica “gira por el sur” en 1992, Castro seguirá incidiendo en las llamadas decisiones estratégicas cubanas.

Pero la comparación no es solo válida en relación con la influencia persistente de ambos dirigentes después de desocupar sus cargos. Es pertinente en cuanto al legado de ambos, sobre todo si incluimos a Fidel Castro como parte consustancial y congénita del castrismo. El cotejo no es favorable para Cuba, ni mucho menos. Deng entregó un país que ya en ese momento había sacado a cientos de millones de la pobreza, y que se encontraba en la víspera de uno de los booms económicos más extraordinarios de la historia. Raúl Castro entrega un naufragio.

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Lo grave no es tanto que los cambios en Cuba probablemente no traigan consigo ninguna apertura política o de derechos humanos. Tampoco que la economía pase por el peor momento desde el llamado “período especial”, a principios de los 90, cuando el fin del subsidio soviético entrañó una contracción brutal de la economía isleña y escasez de toda orden en el país.  Ni siquiera es tan preocupante para los cubanos — o sus vecinos en América Latina — que Cuba cuente cada vez menos en el escenario internacional. El fondo del asunto es si 63 años de dictadura castrista valieron la pena.

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Los partidarios más realistas y honestos de La Habana responderían que desde 1971, y si se prefiere desde 1978, Beijing no tuvo que enfrentar un embargo como el que Washington le impuso a la isla. Además, existen por lo menos tres saldos positivos del régimen revolucionario: la soberanía o independencia, la educación y la salud. Lo primero es cierto, pero también lo es que Mao, Zhou Enlai y el propio Deng supieron negociar con Estados Unidos un modus vivendi que ya ha durado medio siglo. Cuba no. De la misma manera, la tan traída y llevada soberanía cubana ha padecido durante casi toda la vida del régimen castrista una dependencia total, primero de la URSS, ahora de Venezuela, y siempre de las remesas de Miami. Mientras que los supuestos logros en educación y salud deben relativizarse.

En efecto, cuando en los años 60 y 70 la Revolución cubana transformó a un país que —en cualquier caso— ya poseía uno de los índices de alfabetismo y salud más elevados de América Latina, y dotó a toda la población de atención médica gratuita y educación universal, también gratuita, esto era excepcional en la región. Hoy ya no lo es. Los países más grandes —Brasil y México— tienen una escolaridad promedio muy cercana a la de Cuba (más de nueve años en México). Es gratuita para todo quien así la desee. La educación superior pública o lo es también (ver el caso de la UNAM) o las cuotas son selectivas y modestas. En el caso de la salud, Brasil mantiene una seguridad social universal gratuita desde su Constitución de 1988.  Hasta que Andrés Manuel López Obrador lo eliminara, el llamado Seguro Popular en México, creado en 2003, y el Seguro Social —creado en 1943 y que sí sigue vigente— le garantizaba atención médica gratuita a casi todos los mexicanos. Se puede decir lo mismo de la gran mayoría de los países de ingreso medio de América Latina. Algunos, como Costa Rica y Uruguay, presumen estados de bienestar mejores que el cubano.

¿Qué significa mejores? De nuevo, los adeptos del gobierno de la isla replicarían que la calidad de la educación y de la salud cubanas es superior a la de otros países latinoamericanos. Los promedios educativos de Chile disimulan fuertes desigualdades, y los indicadores de salud argentinos, también. El problema es que no sabemos mucho sobre la calidad de los servicios cubanos, porque no sabemos mucho sobre la realidad educativa y sanitaria cubana, salvo lo que nos dicen los gobiernos castristas.

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Raúl Castro fotografiado el 1 de enero de 2019, durante la celebración del 60 aniversario de la Revolución cubana en Santiago de Cuba. (Crédito: Yamil Lage/ AFP/ Getty Images)

Por ejemplo, en Cuba jamás se ha levantado la prueba o encuesta PISA, en asociación con la OCDE. Este es el mejor (o «menos peor») rasero en el mundo para comparar los niveles educativos reales, no propagandísticos, de cada país, con pruebas aplicadas a jóvenes de 15 años en tres materias, en todos los países, con los mismos criterios.

Todas las instituciones de la ONU (UNESCO, CEPAL, etc) que reproducen estadísticas de educación cubanas, dependen de las cifras que les entrega el gobierno. No hay fuentes propias y autónomas. En vista del enorme rezago cubano en servicios de internet, de conectividad y de computación, es altamente probable que cuando se puedan realizar esas investigaciones, los resultados serán mediocres.

A pesar de los envíos de decenas de miles de médicos cubanos a numerosos países de Africa y América Latina desde hace años, la situación en esta materia debe ser parecida. Algunos índices cubanos —como la mortalidad infantil— sí han sido corroborados por instituciones internacionales con fuentes propias, pero aun así persisten dudas sobre los motivos de las proezas (la afortunada generalización de la interrupción voluntaria de embarazos, la emigración y la decisión de tener menos hijos por la pobreza, por ejemplo). Sobre todo, con la astringencia extrema de recursos de salud de todo tipo, y el inmenso rezago tecnológico cubano, es improbable que la calidad de la atención médica, (salvo la VIP) sea superior a la de otros países de la región. Al respecto, es sugerente el hecho de muy pocos médicos cubanos que llegan a Estados Unidos pueden ejercer su profesión allí. Entre otras razones, algunos no superan los exigentes exámenes profesionales, otros tienen problemas con el inglés y otros simplemente vienen con conocimientos muy atrasados por la falta de herramientas y libros posteriores a los años 50.

¿Valieron la pena más de 70 años de represión, de violaciones a los derechos humanos, de partido único, de ninguna elección, de escaseces perennes y privaciones eternas, de aislamiento y de exilio? Imposible saber lo que piensan los más interesados, a saber los cubanos. Nadie les pregunta.