Nota del editor: Dan Restrepo es abogado, estratega demócrata y colaborador político de CNN. Fue asesor presidencial y director para el Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad durante la presidencia de Barack Obama. Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor.

(CNN) - Una y otra vez durante la campaña de las elecciones de 2016 en debates en CNN, contrapartes republicanas y trumpistas aseguraron que el entonces candidato Donald Trump no era “antiinmigrante” sino “antiinmigración ilegal”. Ahora sabemos que no es así.

Y sabemos que su nativismo (intención de favorecer a las personas nacidas en este país en detrimento de los inmigrantes), que forma el corazón de su política y su gobierno, tiene implicaciones desastrosas para miles de latinoamericanos y para la política estadounidense ante la región.

Miremos los casos concretos.

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La administración Trump decidió convertir casi 300.000 inmigrantes legales en “inmigrantes indocumentados” cuando decidió anular los beneficios del Estatus de Protección Temporal, o TPS por sus siglas en inglés, para ciudadanos de Honduras, Nicaragua, El Salvador y Haití, quienes han vivido y trabajado en EE.UU. por décadas.

Y lo hizo en contra de las recomendaciones de los expertos dentro del gobierno con respeto a las condiciones en Honduras, El Salvador y Haití y las implicaciones negativas para la estabilidad de la región y para la seguridad nacional estadounidense.

La decisión de eliminar el TPS es particularmente cruel en el caso de Nicaragua. Con una ola de represión y violencia contra la sociedad civil nicaragüense que exige respeto a la democracia y los derechos humanos, la Administración Trump le está diciendo a casi 3.000 nicaragüenses, quienes han estado en EE.UU. contribuyendo a la sociedad por décadas, que se vayan a ese infierno. Hasta ha entrado en un acuerdo con el régimen de Daniel Ortega para facilitar las deportaciones.

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Pero ese no es el único sitio donde la administración Trump le da la espalda a un pueblo reprimido. Aunque es difícil creerlo, regularmente deporta a venezolanos que entraron de manera ilegal a EE.UU. o no tienen la documentación necesaria, a que vivan de primera mano la represión del régimen de Nicolás Maduro.

Tanto en el caso de Nicaragua como el caso de Venezuela, EE.UU. debe estar ofreciendo auxilio a quienes están enfrentados con regímenes represivos o por lo menos, mediante del TPS, darles protección a quienes están en el país en estatus migratorio irregular.

Pero hacer eso sería incompatible con el nativismo trumpista.

El gobierno de Trump no solamente está echando del país a nicaragüenses y a venezolanos en estatus irregular, también envía un mensaje irrefutable de que tampoco le interesa dar auxilio a los que enfrentan represión directa en esos y otros países del mundo.

El año pasado fue el año en el que EE.UU. aceptó menos refugiados y personas que buscaban asilo político en casi 40 años y ahora llega la noticia de que Trump quiere reducir ese nivel aún más.

Entonces, enfrentado con la migración más grande que ha visto el hemisferio occidental en décadas (la salida masiva de venezolanos en busca de simplemente sobrevivir), una represión brutal en Nicaragua y la continuación del régimen asesino en Cuba, Trump le dice a todos que las puertas de EE.UU. se están cerrando.

Ese nativismo, ignorado o aceptado por los trumpistas, y las políticas públicas reales que surgen de ello también manda un triste mensaje de abandono a otros países en la región que viven las crisis en Venezuela y Nicaragua de primera mano.

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Mientras Colombia ha abierto sus puertas y ha otorgado permisos de trabajo y para vivir a casi un millón de venezolanos en el último año, EE.UU. sigue cerrando sus puertas a los refugiados.

Aunque EE.UU. ha anunciado ayuda, calculada de la manera más generosa posible en 48,5 millones de dólares para los países vecinos de Venezuela, las Naciones Unidas indican que tiene menos de la mitad de los fondos necesarios para lidiar con la crisis. La ayuda estadounidense resulta poco más que la limosna que se da para tratar de calmar un alma culpable.

Hay los quienes argumentan que la administración Trump a pesar de hacer todo lo posible para denigrar al país latinoamericano más importante para EE.UU., México, ha tenido una política eficaz frente las crisis en la región.

Me imagino que pocos en Venezuela, Nicaragua y los países del triángulo norte de Centroamérica o quienes se encuentran a punto de ser deportados, quienes efectivamente encuentran las puertas de EE.UU. cerradas por el nativismo trumpista comparten esa opinión.

 

La ayuda estadounidense resulta poco más que la limosna que se da para tratar de calmar un alma culpable.

Dan Restrepo