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Nota del editor: David Bittan Obadia es abogado, escritor, analista de temas políticos e internacionales, columnista del diario El Universal de Venezuela y colaborador en otros medios de comunicación. Como conferencista, participó en el Congreso Judío Mundial y fue presidente de la comunidad judía de Venezuela. Su cuenta de Twitter es @davidbittano. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor. Puedes leer más artículos como este en cnne.com/opinión.

(CNN Español) – El 18 de marzo tuvo lugar en el hotel Captain Cook en Anchorage, Alaska, una convención entre China y EE.UU. cuyos resultados alejan por ahora a ambos países de lo que se entiende como una buena relación.

Por Estados Unidos participaron, entre otros, el secretario de Estado Antony Blinken, y el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan. Por China asistieron el director de la Oficina de la Comisión de Asuntos Exteriores del Comité Central del Partido Comunista de China Yang Jiechi, y el consejero de Estado, Wang Yi. Se presumía que la reunión no sería nada fácil por la cantidad de las evidentes asperezas entre ambas naciones; quizás eran necesarios los reproches para luego buscar, juntos, los puntos de encuentro.

Las acusaciones cruzadas marcaron la pauta. Se vio a una China mucho más posicionada y agresiva que en el pasado, no dispuesta a ser objeto de críticas ni injerencias en su sistema político. A priori, Bejing dio a entender, claramente: “Esto es lo que hay y punto”.

En sus palabras, los estadounidenses han sido firmes y cónsonos con el planteamiento del presidente de EE.UU. Joe Biden, al afirmar: “Nuestra relación con China será competitiva donde deba ser, colaborativa donde pueda ser y confrontacional donde tenga que ser”.

Por su parte, Blinken dijo que las actividades de China en lugares como Xinjiang, Hong Kong, Taiwán, así como los ciberataques en EE.UU. y la coerción económica de los aliados “amenazan el orden basado en reglas que mantiene la estabilidad global. Por eso es que no son solamente asuntos internos y por ello que sentimos la obligación de traer estos asuntos aquí”.

Al inicio de su discurso, Yang Jiechi dijo: “Las guerras en este mundo son iniciadas por otros países […] (En China) no creemos en invadir utilizando la fuerza o en derribar regímenes, o en masacrar a la gente de otros países. […] Así que creemos que es importante que Estados Unidos cambie su imagen y deje de impulsar su propia democracia en el resto del mundo. De hecho, mucha gente dentro de EE.UU. de hecho tiene poca confianza en la democracia de EE.UU.”

Biden sorprende al mundo con una posición más firme que su antecesor, pues Trump se quedaba tan solo en las amenazas; para mí esto muestra que su gobierno está sobreponiendo los DD.HH. y la democracia a los temas económicos, lo cual creo que es una estrategia acertada. Sin embargo, en tiempos de tanta dependencia, con el gigante chino hay que tener mano izquierda.

El lado positivo del encuentro es que existe la voluntad, el deseo común de crear grupos de trabajo para adelantar temas, como el calentamiento global. Eso es realmente importante.

Paralelamente a las tensiones de Alaska, el Reino Unido, la Unión Europea, Canadá y Estados Unidos han impuesto sanciones a funcionarios chinos por graves violaciones y abusos a los DD.HH. de las minorías en la región de Xinjiang, donde residen los uigures: una minoría de confesión musulmana. Mientras China niega enérgicamente las acusaciones, los grupos de derechos humanos y los activistas uigures dicen que allí se está prácticamente esclavizando a miles de personas para ponerlos a trabajar en las textileras y en la producción de algodón, lo cual pone más leña en el fuego. Siendo una zona algodonera, allí se confeccionan prendas de muchas marcas conocidas. En China, marcas como Nike, Adidas y H&M han sido amenazadas con un boicot pues han tomado posición contra el presunto trabajo forzado en Xinjiang.

Buscar coincidencias y mecanismos elegantes entre las partes tiene que ser una tarea inmediata para la administración de Biden; desde mi punto de vista, una guerra económica en plena pandemia de covid-19 pone en desventaja a los estadounidenses.

Sin embargo, nuevamente hay un factor perturbador: Rusia, que tal y como se aprecia, quiere sacar partida de esta situación y se encuentra en uno de los mejores momentos en sus relaciones con China, sin limitación de ideologías; muestra de ello es que el ministro Sergei Lavrov se reunió con su homólogo chino Wang Yi en la ciudad de Guilin, en el sur de China, y ya han emitido declaraciones conjuntas, tildando de injerencista al gobierno de EE.UU.

La reparación de las relaciones con China es una asignatura urgente, pero el tema del respeto a los DD.HH. es, hoy en día, un amplificador de la distancia. Ojalá se consigan pronto las soluciones necesarias.