Padres enfrentan la difícil tarea de explicarles a los niños la muerte de sus compañeros
Robert y Diane Licata, padres de Aidan, un niño que sobrevivió a la matanza en la Escuela Sandy Hook.
16 diciembre 2012
10:13 AM ET

Padres enfrentan la difícil tarea de explicarles a los niños la muerte de sus compañeros

Por Kate Bolduan y Chelsea J. Carter

Newtown, Connecticut (CNN) – Cada vez que suena el timbre en la casa de Aidan Licata, el niño de 6 años teme que el hombre armado haya regresado.

Al pequeño le preocupa que el hombre de uniforme negro y chaleco militar que abrió fuego en la Escuela Primaria Sandy Hook –matando a los compañeros de clase y a la maestra de Aidan- lo haya encontrado.

“Él todavía no ha interiorizado el hecho de que el asesino, ese hombre, malo, se ha ido”, dijo la madre del niño, Diane Licata. “Él quiere saber si hay más hombres malos en el mundo, y yo no sé cómo responderle”.

Por ahora, los Licata pusieron un aviso en la puerta pidiéndole a la gente no tocar el timbre.

Mientras esta comunidad de Nueva Inglaterra de 27.000 personas llora la muerte de 20 niños y seis adultos, los padres de los pequeños sobrevivientes luchan para enfrentar las consecuencias de una masacre que les exigirá contarles a sus hijos sobre la muerte de su maestra o de sus amigos.

“Los niños eventualmente sabrán sobre sus amigos y maestros. Debemos ser capaces de explicarles de la mejor forma posible qué pasó”, dijo Robert Licata, el padre del niño sobreviviente.

Aidan no sabe que su maestra, Victoria Soto, es una de las fallecidas. Tampoco sabe que algunos de sus amigos fueron asesinados.

La mañana dentro de la escuela, en donde se produjo la matanza, Aidan dijo que sonaba como “martillos cayendo”.

Su maestra, la señorita Soto, movió a sus alumnos de primer año al otro lado del salón. Momentos después, el hombre armado –identificado por las autoridades como Adam Lanza, de 20 años- estaba en la puerta.

Soto se puso frente a los estudiantes y el joven le disparó, le dijo Aidan a sus padres.

Aidan y los niños siempre habían recibido instrucciones en los simulacros y según indicaciones de sus padres de correr si veían a alguien con un arma. Así que eso fue lo que hizo.

“Pasaron junto al hombre, que estaba en la entrada”, dijo el padre del niño.

Aidan y los niños corrieron hacia la puerta principal, salieron del edificio y se dirigieron hacia la calle en donde una señora detuvo su coche, los recogió y los llevó a una estación de policía.

“Amaba a su maestra… Creo que está tratando de convencerse de que ella va a estar bien”, dijo la madre de Aidan. “Él sigue diciendo ‘Espero que ella esté bien. Él sabe que ella fue herida. Él conoce a los niños que vio que recibieron disparos”.

Nick y Laura Phelps también se debaten de qué contarles a sus dos hijos, de primer y tercer año.

Ellos, como muchos de los padres, fueron alertados de un posible problema en la escuela por una llamada del distrito que les dio instrucciones de ir a la estación de bomberos.

Allí estaban sus hijos.

“Cuando vi a esos maestros, los miré. Si pudiera volver el tiempo, los abrazaría”, dijo Nick Phelps, “porque no tenía ni idea por lo que habían pasado”.

Phelps y su esposa planean asistir a los servicios de consejería que ofrecieron las autoridades en Newtown, y la pareja también buscará el acompañamiento y ayuda del pastor de su iglesia.

“Definitivamente vamos a hablar con consejeros”, dijo Nick Phelps.

Para la noche del sábado, la pareja sabía que sius hijos estaban al tanto de al menos parte de los hechos.

“Creo que saben más de lo que dicen”, dijo Laura Phelps. “Vamos a tener que aprender qué decir antes de decirlo”.

Los Phelps no quisieron dar los nombres de sus hijos.

Incluso fue difícil para los encargados con contarles la noticia los pequeños familiares de las víctimas.

En la iglesia católica Santa Rosa de Lima, el padre George Weiss estaba con los padres de un niño pequeño cuando le dijeron que su hermana había sido asesinada.

“Le acabamos de decir a un niño pequeño sobre su hermana, y él preguntó: ‘¿Con quién voy a llorar ahora? Ya no tengo nadie con quién jugar’”.

“Perdónenme”, dijo mientras lágrimas caían de sus ojos, “fue muy difícil”.

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