Nota del editor: Jorge Dávila Miguel es periodista, escritor, columnista de diario El Nuevo Herald y colaborador de CNN en Español. Ha sido reportero y corresponsal extranjero en Cuba, España y Estados Unidos. Las opiniones expresadas en este artículo le corresponden exclusivamente al autor.

El presidente Enrique Peña Nieto, máximo representante de la democracia en los Estados Unidos Mexicanos, viajó al Reino de Arabia Saudita y le puso este domingo una medalla al Rey Salman bin Abdulaziz Al-Saud, máximo representante de la no democracia allí. Lo condecoró con la Orden Mexicana del Águila Azteca, conferida usualmente por “servicios humanitarios”.

Pero el problema es que quince días antes el gobierno saudí había decapitado a 47 opositores, cuatro de ellos enteramente pacíficos, entre los cuales había un menor de edad en el momento de su captura: Ali al Nimir. Pero después, la sentencia a muerte continuó: lo crucificaron y dejaron su cuerpo para que se pudriera en público. Igual que a muchos otros ese día.

Y entonces saltan las preguntas, primero: ¿Cuáles podrán ser los servicios humanitarios que el rey Salman habrá prestado como para merecer la honorable orden que le otorgó Peña Nieto, si en su propio país gobierna con tal brutalidad? y dos ¿cómo es que el presidente de un país democrático lo condecora  habiendo decapitado, crucificado y condenado a la putrefacción pública a opositores políticos?

Según la propia constitución saudí –defendida, como se nota, a crucifixión y putrefacción limpia– la familia real está destinada a gobernar eternamente. Allí no hay elecciones, no se tolera disensión y no se respetan los derechos humanos. Aunque Arabia Saudita nunca ha sido condenada en Naciones Unidas ni denunciada por Estados Unidos, paladín mundial de esos derechos.

No hay duda de que el sentido de la oportunidad de Peña Nieto fue fatal. Todo el mundo estaba al tanto de esas posibles ejecuciones desde setiembre del año pasado; de las protestas que se generaron, así como de los pedidos de clemencia, sobre todo en el caso del joven Ali al Nimir. Nadie puede decir que en el Palacio Nacional no sabían de las cosas tan crueles y groseras que estaban previstas a suceder en el riquísimo país petrolero.

Pero todo siguió igual.

Tal vez, cuando el pasado 2 de enero el presidente Peña Nieto se enteró de que las sentencias habían sido al fin cumplidas, –crucifixiones y públicas descomposiciones incluidas–, le tembló el pulso; pero el proceso para la condecoración mexicana al rey saudí siguió su curso. Quizá sea entendible. El presidente Peña Nieto, teniendo en cuenta los intereses y beneficios económicos de su país con tan poderoso reino petrolero, y ante la evidencia de que él no podría hacer nada por los condenados, se convenció de que no era asunto suyo y entonces decidió –como toca a gobernantes responsables– acogerse al conocido y milenario recurso de lavarse las manos. Qué pena presidente, con lo bonita que le quedó la ceremonia de la condecoración.

Aunque verdaderamente a uno le resulta muy difícil comparar al presidente de un país democrático como Peña Nieto con el prefecto romano Poncio Pilatos. ¿Cómo podría ser? Por eso es que queda una inmensa pregunta sin respuesta. Si hay algún lector mexicano, o de cualquier otra nacionalidad ––porque esto es una atrocidad planetaria, parecida a las de ISIS –– y conoce la respuesta, por favor mandármela a decir. ¿Podrá alguien ayudarme al fin a entender por qué el  presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Enrique Peña Nieto condecoró al rey Salman bin Abdulaziz Al-Saud de Arabia Saudita después de haber permitido en su país tamañas atrocidades? Gracias.

Peña Nieto decidió acogerse al conocido y milenario recurso de lavarse las manos.

Jorge Dávila Miguel