Dos enormes haces de luz emergen del lugar en donde estaban las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York. (Crédito: 9/11 Memorial).

Nota de editor: Mar Muñoz-Visoso es directora ejecutiva del Secretariado de Diversidad Cultural en la Iglesia de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos en Washington. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas de la autora.

(CNN Español) – El 11 de septiembre de 2001 yo no estaba cerca del World Trade Center en Nueva York ni del Pentágono en Washington.

En aquel entonces vivía en Denver, Colorado, pero recuerdo vívidamente aquel fatídico día y los que le siguieron.

Temprano, de camino al trabajo, escuché en la radio que un avión se había estrellado contra un edificio en Manhattan. Cuando llegué al centro pastoral de la Arquidiócesis el segundo avión ya había impactado. 

Apiñados en una pequeña sala con un televisor viejo, mis compañeros y yo no dábamos crédito a lo que veíamos. Recuerdo a las personas afligidas, pidiendo ayuda desde las ventanas o saltando a una muerte segura por pura desesperación. Y cómo, para sorpresa de todos, las dos torres se desmoronaron cual castillo de naipes.

Nos dijeron que nos podíamos ir a casa si queríamos. Yo decidí quedarme. Aunque era difícil concentrarse en otra cosa, una pequeña crisis de otro tipo se estaba fraguando en mi oficina y tenía que atenderla. 

Estábamos organizando un encuentro regional de jóvenes hispanos procedentes de cinco estados (Colorado, Wyoming, Nuevo México, Arizona y Utah). 

El encuentro debía realizarse en Winter Park, Colorado, y estábamos a sólo tres días del comienzo.

Aunque al tiempo de confirmar el número final de asistentes se acercaba, unos días antes sólo teníamos la mitad de inscripciones, conociendo a nuestra gente sabíamos que el cupo de 300 personas se llenaría sin problemas. 

Los líderes juveniles tenían una idea de cuántos vendrían con sus grupos y nos fiábamos de sus estimados. Frente a otras voces que dictaban prudencia o incluso cancelación, nosotros estábamos preparados para inscribirlos y repartir habitaciones conforme fueran llegando.

Pero entonces el 11S sucedió. Se ordenó aterrizar a todos los aviones y así permanecerían durante varios días. Ahora sí estábamos asustados. Aunque a mayoría planeaba venir en autobuses o automóvil, dada la situación no sabíamos si la gente se aventuraría a manejar.

Varios ponentes basados en la costa este no encontraron la forma viajar y tuvieron que cancelar.

Pero en los pocos días entre los atentados y el comienzo del encuentro los teléfonos no pararon de sonar. Diócesis tras diócesis, un grupo juvenil tras otro, todos nos decían lo mismo: "Todo sigue adelante, ¿verdad? Esperamos que sí, porque nosotros vamos" O también: "Por favor no cancelen. Los muchachos necesitan este retiro ahora más que nunca".

Con la ayuda del entonces recién nombrado obispo auxiliar, Mons. José Gómez (ahora arzobispo de Los Ángeles), finalmente tomamos una decisión: si la gente dice que viene, el Encuentro se hace.

Llegada la noche del viernes de aquella infame semana, todos estábamos exhaustos pero exultantes. Buses, autos y camionetas seguían llegando con numerosos jóvenes hispanos procedentes de once diócesis. 

Mi predicción de que por cada joven registrado un automóvil lleno de gente llegaría resultó bastante acertada. En total arribaron más de 450 personas. 

Gracias a Dios y al buen hacer de los gerentes de YMCA/Snow Mountain Ranch los problemas logísticos de acomodar y alimentar a 150 personas más de las previstas se pudieron solucionar con un poco de creatividad y mucha buena voluntad.

El Encuentro Regional Juvenil Hispano de 2001 en Colorado resultó ser una profunda experiencia de fe y conversión. 

Lloramos y oramos juntos; nos abrazamos tratando de buscar sentido a los terribles eventos que acabábamos de presenciar y al significado de tragedias como ésta.

Dialogamos sobre aquello que era verdaderamente importante en la vida. Muchos decidieron que sus acciones y actitudes necesitaban dar un giro de 180º para volverse hacia Dios y los demás. 

El Santísimo Sacramento, expuesto en una pequeña capilla, nunca quedó sólo. Se podían escuchar a numerosos jóvenes, hombres y mujeres, en inglés y español, haciendo un balance serio de su vida ante Dios. 

Todos escuchábamos con sinceridad, alegría y paciencia. Nos dividimos las presentaciones entre varios adultos presentes. Seguramente por improvisadas, nuestras presentaciones no fueron espectaculares, pero a juzgar por las evaluaciones de los participantes el Espíritu Santo hizo su trabajo.

He visitado la Zona Zero varias veces desde entonces. Al leer y tocar los nombres grabados en la piedra todavía se le encoge a uno el alma. 

El agua de las fuentes corriendo inspira serenidad, respeto y silencio. Desde una pequeña altura sin embargo, el conjunto conmemorativo todavía se ve como dos grandes agujeros en el suelo, así como los que dejaron los atentados en nuestros corazones.

Quince años después, mis recuerdos del 11S todavía están frescos, pero los resultados de la tragedia lucen de otro modo al recordar la fe profunda y la esperanza firme de los jóvenes hispanos de las Montañas Rocosas y el suroeste. 

Admiro todavía su esfuerzo de unidad y perseverancia. Sobre todo, deseo enviar un recuerdo especial a las familias de las víctimas y a los héroes que corrieron en su auxilio. Continúan siendo una inspiración para todos nosotros. No los olvidamos.