Nota del editor: Nic Robertson es el editor diplomático internacional de CNN. Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor.

La última vez que Bagdad envió tropas a Kirkuk para expulsar a las fuerzas kurdas estuve en el primer grupo de periodistas enviados para ver las consecuencias.

Cuerpos hinchados y camiones destruidos cubrían la carretera cuando llegamos.

Inmediatamente después de la liberación de Kuwait en 1991, grupos de iraquíes oprimidos se alzaron contra Saddam Hussein. Los chiítas en el sur y los kurdos en el norte fueron brutalmente reprimidos.

Alrededor de Kirkuk fuimos testigos de las horribles secuelas de las muertes. Los cuerpos de los kurdos ejecutados permanecían intactos donde cayeron.

Era como mi esposa, quien entonces era corresponsal de CNN, lo había reportado: “toda una lección de brutalidad”.

Aunque la ofensiva de Bagdad en Kirkuk esta semana es suave en comparación, sin embargo es toda una lección no solo para los kurdos, sino también para Estados Unidos y para el presidente Trump en particular.

Las fuerzas del gobierno iraquí llegaron en Humvees y tanques Abrams, de fabricación estadounidense, respaldados por las milicias chiítas, apoyadas por Irán. Tanto Estados Unidos como Irán se disputan la influencia sobre Iraq.

El reclamo de Irán es histórico. Las raíces se remontan a la ideología religiosa. Por el contrario, Estados Unidos aparece como el recién llegado.

Así que cuando Trump se negó a reconocer el cumplimiento del acuerdo nuclear de Irán la semana pasada y amenazó con designar a las altas fuerzas militares de Irán, la guarda revolucionaria, el IRGC, como una organización terrorista, no solo estaba abofeteando a la teocracia, sino también estaba aumentando la tensión en Iraq.

Por un lado, dibujando una línea en la arena; por otro, lanzando arena al rostro de los líderes de Irán. El supremo líder de Irán, el ayatolá Ali Khamenei, está lanzando arena en respuesta, decidido a socavar los intereses estadounidenses en Iraq y por consiguiente, en su región kurda.

Poco después de mi visita a Kirkuk en 1991, Estados Unidos designó las áreas kurdas como zona segura, negando el acceso a Saddam.

Desde entonces los kurdos, bajo el liderazgo de Masoud Barzani, han consolidad su autonomía y aumentado los reclamos de independencia, coqueteando con Estados Unidos como protector al otorgarle derechos petroleros y ofreciendo bases aéreas estratégicas, algunos cerca de las frontera con Irán.

Pero el mes pasado, Barzani llevó la relación al límite al forzar a través de un referéndum la independencia kurda contra los deseos expresos de Estados Unidos, Iraq e Irán. Solo Israel reconoció el llamado abrumador de los kurdos por la independencia.

En la víspera de la ofensiva kurda en Iraq esta semana, un general del IRGC fue a Kirkuk con dos generales iraquíes y advirtió a los kurdos que se retiraran o de lo contrario serían reprimidos.

Tanto el presidente como los iraníes han puesto sus cartas sobre la mesa: Trump no puede tolerarlos; quieren que la influencia estadounidense desaparezca de la región. Los días de cooperación contra ISIS, probablemente no duren en estas condiciones.

El matrimonio de conveniencia se está disolviendo, como suele ocurrir siempre, con una separación complicada.

Si el acuerdo con Irán fue el acuerdo prenupcial, el divorcio no será sobre quién se quede con cuánta cantidad de uranio enriquecido, sino acerca de quién se queda con qué país o región como esferas de influencia.

Las grietas fueron consolidándose a lo largo de décadas. La primera señal ocurrió hace casi un siglo atrás, con la división Sykes-Picot del Medio Oriente post otomano.

El califato del Sultán se dividió en países transtribales, transétnicos y translaicos, cuyos ciudadanos no estaban familiarizados con los conceptos de nación.

Un siglo después, los reyes y dictadores han buscado someter bajo sus propios intereses. Los intereses nacionales han sido solo herramientas para mantenerse en el poder.

Es por esto que Iraq y Siria están en crisis actualmente y por qué Líbano aún se está recuperando de la guerra civil que terminó más de dos décadas atrás. La región es frágil y cada jugador la vuelve aún más susceptible.

Como exsecretario de Estado, Colin Powell aparentemente dijo al presidente George W. Bush: “Si lo rompes, eres responsable”.

Donald Trump puede que no haya creado este enredo, pero sus recientes pronunciamientos sobre acuerdo con Irán demuestran su falta de habilidades para el liderazgo que se espera de un presidente de Estados Unidos.

Incluso Trump parece ser el único incapaz de comprender el efecto de sus acciones.

Las amenazas de Trump sobre Irán y Corea del Norte no solo aseguran que los ciudadanos de esos países se alineen detrás de sus regímenes, sino también expone la escasez de políticas ante una audiencia mundial.

Los demás dignatarios del acuerdo, Rusia, China, Alemania, Francia, Reino Unido, al igual que la Unión Europea, instan a no hacer lo que hizo y poner en riesgo el colapso del acuerdo.

La alta representante de la Unión Europea para Asuntos Internacionales, Federica Mogherini, se mostró particularmente molesta: “No se trata de un acuerdo bilateral. No pertenece a un país y no corresponde a un solo país terminarlo”.

Los más de 200 días de Trump en el cargo lo están apartando de sus aliados más cercanos.

Su decisión respecto a Irán acabó con todo vestigio de duda para los críticos de Trump y para muchos de sus aliados de que es un retroceso en la posición de Estados Unidos en su postura internacional en años, tal vez en décadas.

Su declaración sobre Irán ha sido la culminación de meses de malestar que la mayoría de líderes europeos esperaban evitar.

En solo una semana, sus peores temores habrán cobrado forma. Los kurdos expulsados de Kirkuk por fuerzas respaldadas por Irán y la posibilidad de una confrontación mayor, lo que puede significar más refugiados dispersos por Europa.

La suposición de que los impulsos de Trump puede ser controlados por mentes más sabias dentro de su administración está en entredicho.

El secretario de Estado, Rex Tillerson dijo: “Los objetivos de la política exterior del presidente Trump rompen el molde de lo que la gente tradicionalmente cree que se puede lograr en nombre de nuestro país… Estamos encontrando nuevas formas de gobernar que nos dan nuevas victorias”.

Respecto a Irán, el secretario de Defensa James Mattis dijo: “He asesorado al presidente, el fue elegido por los estadounidenses y yo apoyo la estrategia de Irán tal como salió hoy”.

El secretario general de la Casa Blanca, John Kelly, ofreció una pauta sobre su papel en la Casa Blanca: “No me enviaron o no me trajeron para controlarlo”.

Lo que realmente preocupa a los diplomáticos europeos es lo que pueda ocurrir si se produce otro conflicto en Medio Oriente.

En 2015, una ola masiva de refugiados, que huían principalmente del conflicto sirio, cambió la política en Europa hacia la derecha y el rostro de un continente.

Más evidencia de esto llegó en las elecciones de Austria el fin de semana: el líder más joven hasta el momento llegó al poder apoyado en una ola de retórica antiimigrante.

Votantes en Alemania, Francia y Holanda también han dado impulso de esperanzas al renacimiento del nacionalismo, poco después de la votación del Brexit en Gran Bretaña.

Europa está experimentando una sacudida en la que los nacionalistas se sienten fortalecidos y los refugiados de la guerra civil Siria contribuyeron a que esto ocurriera.

Otra guerra en Medio Oriente nublaría el horizonte de Europa aún más. ISIS está aprovechando este momento para avivar los miedos más primarios. Una tormenta perfecta en gestación.

Nuestras vidas corren el riesgo de ser modificadas por líderes inexpertos, a quienes les gusta atacar en ambos lados del Atlántico. No me digan que no es una receta para el desastre.