Nota del editor: Farai Sevenzo es un cineasta y periodista. Nacido en Zimbabwe, ha cubierto el África subsahariana durante más de 20 años como director de documentales y locutor de radio y televisión. Farai vive entre Londres - donde tiene dos hijos - y Nairobi, donde es corresponsal de CNN.

Harare, Zimbabwe (CNN) - Desperté el sábado, el día de la planeada marcha por la solidaridad, con una sensación de anticipación respecto a las horas que teníamos por delante. Desde mi llegada a Harare, la completa falta de presencia policiaca en las calles ha sido lo más impactante de ver desde el aparente golpe. 

Crecí en esta ciudad, y como periodista trabajando aquí en mi vida posterior, he sido testigo con mi cámara del lento deterioro de la esperanza del pueblo en el Zimbabwe de Robert Mugabe. Que a una marcha convocada por veteranos de guerra para obligar a su exlíder a dejar el cargo pudieran unirse muchos zimbabwenses ordinarios lucía como un prospecto interesante.

No obstante, me preguntaba si podría suceder.

Después de todo, esto no se supone que suceda aquí, esta se supone que es la capital de Mugabe.

Pero sucedió. Y la gente que llenaba las amplias calles del centro de Harare, y en tan grandes cantidades, no fue obligada a marchar en una manifestación política - vinieron por su cuenta, junto con sus madres y sus abuelas, otros con sus hijos que no conocen a ningún otro líder.

Usualmente en estas calles, los periodistas no pueden encontrar a nadie dispuesto a hablar sobre cómo se sienten realmente. Pero el sábado fue distinto, todos querían hablar. Y nosotros como periodistas fuimos libres de grabar sus voces, que es un cambio en sí mismo - al menos por un día.

Una multitud marchó el sábado para pedir la salida del presidente Robert Mugabe.

"El pueblo de Zimbabwe ha hablado", nos dijo el manifestante Emmanuel Chabata. "Necesitan que regrese su industria, necesitan que regrese su soberanía, necesitan que regrese su paz, necesitan que regrese su libertad de expresión".

Chabata se volvía más pasional a medida que hablaba.

"Necesitan que regresen todas sus libertades, su libertad, todo lo que ha sido robado por una sola persona, una familia, una dinastía. ¡Ellos dicen que ya es suficiente!".

Apenas hace dos semanas, el Aeropuerto Internacional de Harare cambió su nombre por el de Aeropuerto Robert Mugabe. Y en todo el país hay calles con el nombre del presidente.

Pero el sábado vi a dos jóvenes pisando la placa de una calle con el nombre "R. Mugabe Rd." - un hecho impensable que en el pasado podría llevarte a prisión por insultar al presidente.

Carteles y pancartas con mensajes como "Mugabe tiene que irse", "Has caído" y "Gucci Grace, detenlo" expresaban pensamientos que un zimbabwense nunca se habría atrevido a decir sobre el presidente o la primera dama del país, mucho menos plasmar en un papel.

El país todavía tiene un largo camino por recorrer en él último capítulo de su drama político, pero se ha dado un giro.

Se siente como si un gran cúmulo de presión finalmente hubiera sido liberado y los zimbabwenses hubieran hallado su voz otra vez. Tal vez ahora ya no tenga miedo de la gente en el poder.