(CNN) - Un grupo de hombres, con uniformes de combate, posaron para unas imágenes en la frontera entre Siria e Iraq, mientras agitaban banderas nacionales y paramilitares. Para ellos, no se trataba solo de una reunión más, sino de un reñido triunfo. Años de enfrentamientos permitieron a los socios y representantes de Irán unir finalmente a varias partes del Levante devastado por la guerra.

Para los enemigos de Irán, la reunión fue la cumbre de sus peores pesadillas. Un momento que marcó la victoria de Irán al asegurar que sus amigos y aliados ahora controlan una franja de territorio que abarca el extremo norte del mundo árabe, desde las fronteras de Irán hasta el mar Mediterráneo.

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En muchos sentidos, esa reunión en la frontera –publicada en línea durante noviembre pasado por la unidad de medios del grupo libanés Hezbollah, que está respaldado por Irán–, fue el momento definitivo de 2017. Representó el resurgimiento de este país  y, a su vez, el fracaso de la política exterior estadounidense. Para un presidente de Estados Unidos, que prometió enfrentarse a Irán y deshacer los pasos de su predecesor hacia un acercamiento, Donald Trump habilitó involuntariamente el ascenso de la república islámica.

Trump se comprometió a que derrotar a ISIS sería su principal prioridad en la región, y las fuerzas estadounidenses han sido primordiales a la hora de lograr ese objetivo. Pero más allá de esa única meta, la política estadounidense en la región es un problema de confusión y contradicción  que ha sorprendido y alienado a los aliados de Estados Unidos y que también ha caído en manos de los enemigos de Washington.

Desde Jerusalén viene el ajuste de cuentas

Una protesta contra el reconocimiento de Trump de Jerusalén como la capital de Israel en la ciudad antigua.

El ejemplo más reciente llegó en diciembre cuando Trump reconoció a Jerusalén como la capital de Israel, en contra del consejo público de los aliados árabes más cercanos de Washington, incluidos Arabia Saudita y Jordania.

Las protestas en las calles contra el anuncio de Trump pueden estar disminuyendo, pero hay movimientos mucho más amplios que pusieron en marcha adversarios que suelen aprovechar rápidamente las consecuencias negativas. Una semana después del anuncio, una reunión de emergencia de líderes musulmanes en Estambul declaró que la decisión "nula y sin validez" de Trump implicaba la descalificación de Estados Unidos como un intermediario honesto en el proceso de paz entre Israel y Palestina.

El presidente del Gobierno Autónomo Palestino, Mahmoud Abbas, sostuvo que "Estados Unidos decidió renunciar a su competencia como mediador y descalificarse para desempeñar un papel en el proceso de paz. No aceptaremos ningún rol para Estados Unidos en el proceso de paz por su total parcialidad a favor de Israel".

Se trata del mismo Mahmoud Abbas que en mayo pasado, junto a Donald Trump en la Casa Blanca, le dijo "contigo tenemos esperanza".

En tanto, los puestos diplomáticos clave de Estados Unidos en la región continúan vacíos. Ocho embajadas en Medio Oriente, incluidas las que están en Egipto, Turquía, Jordania y Arabia Saudita, están sin embajadores. Justo en un momento en que el Departamento de Estado de Estados Unidos, bajo el liderazgo inestable de Rex Tillerson, está desperdiciando talento. El gobierno de Trump está ignorando el consejo de los diplomáticos experimentados, y lo demuestra en la cuestión de Jerusalén y de Medio Oriente en general. Los principiantes están en el asiento del conductor, en Washington y en otros lugares.

El hombre de Trump en Medio Oriente

El príncipe heredero Mohammed bin Salman se ha convertido en una de las personas más influyentes de Arabia Saudita, desde que fue nombrado segundo en la línea de sucesión al trono, en el 2015.

El aliado árabe más cercano al presidente Trump en este momento turbulento es el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, de 32 años, quien se ha embarcado en un curso errático de liberalización en su hogar, como permitir finalmente que las mujeres puedan conducir y aceptar la apertura de cines.

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Se cree que el heredero al trono es el principal partidario de la desastrosa guerra en Yemen, el ineficaz embargo a Qatar (que ha acercado más a Irán el petróleo y el gas del emirato), la extraña renuncia del primer ministro del Líbano, Saad Al-Hariri (quien posteriormente se retractó de su renuncia) y más recientemente la breve detención del multimillonario banquero palestino-jordano Sabih Al-Masri (quien dirige el Arab Bank, uno de los principales patrocinadores financieros del Gobierno jordano, y es un importante inversionista en la región).

Todo equivale a un torpe esfuerzo por obligar a una variedad de personajes clave en el mundo árabe a que sigan la línea saudita. No obstante, hasta ahora, todo lo que ha producido es una ola de sentimiento en contra del país a lo largo de toda la región.

Mientras tanto, Estados Unidos –con la insistencia de Arabia Saudita e Israel– trata de improvisar una alianza para contrarrestar el creciente poder de Irán.

Las décadas de sanciones y el aislamiento diplomático no han neutralizado la influencia de Irán. Y una colección de países consumidos por las disputas y liderados por una superpotencia distraída en su propio desorden tiene pocas probabilidades de lograrlo. Eso, más la posibilidad de que siquiera tratar de alcanzar la paz entre Israel y Palestina, que nunca ha sido una tarea fácil, se convertirá en una misión imposible bajo las condiciones actuales.

Rusia fortalece su presencia

Vladimir Putin abraza a Bashar al-Assad durante una reunión en Sochi, Rusia, en noviembre de 2017.

La creciente fuerza e influencia de Irán coincide con una presencia rusa cada vez más grande en la región.

En septiembre de 2015, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, rescató al mandatario sirio Bashar al-Assad, al proporcionarle fuerzas aéreas y terrestres que ayudaron, junto con las tropas de Irán, Hezbollah e Iraq, a cambiar la situación en la guerra civil del país. En diciembre de este año, Putin pudo saborear un momento de "misión cumplida" durante una visita no anunciada a la base aérea de Hemeimim en Siria, y declarar que las fuerzas rusas comenzarían a retirarse parcialmente.

Mientras tanto, Rusia ha seguido mejorando sus lazos con Turquía, un estado miembro de la OTAN. Moscú y Ankara han sido los principales patrocinadores de las conversaciones de paz sirias en Astaná, Kazajstán, donde Estados Unidos ha sido, en el mejor de los casos, un observador pasivo.

Aquí también, está que la asertividad rusa llegó con el debilitamiento del músculo diplomático de Estados Unidos. El apoyo de EE.UU. a las fuerzas lideradas por los kurdos que combaten a ISIS en el norte de Siria ha significado un duro golpe para las relaciones entre Estados Unidos y Turquía. Turquía afirma que la principal facción kurda en el país es la rama siria del PKK, que ha librado una guerra separatista contra el estado turco desde 1984.

De una crisis a otra

Trump se reúne con líderes de Omán, Bahréin, Kuwait y Arabia Saudita en la Cumbre del Golfo, en Riad, en mayo de 2017.

Siendo justos, la confusión no es nueva para la política de Estados Unidos en Medio Oriente. El presidente Barack Obama trazó una línea roja sobre el uso de armas químicas por parte del Gobierno sirio contra sus oponentes, pero cuando en agosto de 2013 Siria hizo exactamente lo mismos, la línea roja desapareció y Estados unidos no actuó.

El gobierno de Obama vacilaba sobre si apoyar o no a la oposición siria armada, decidiendo finalmente darle solo las armas suficientes para luchar contra el régimen de Bashar al-Assad, pero no todas las necesarias o para derrotarlo. Dividida y radicalizada, la oposición siria está ahora al borde de la derrota.

La administración Trump heredó esos fracasos, y se apresuró a construir sobre ellos, amenazando con repudiar acuerdos internacionales como el pacto nuclear de Irán, y rompiendo posiciones de larga data, como el estatus de Jerusalén.

Ahora está mandando señales de estar listo para tomar una posición más agresiva sobre Irán. Justo la semana pasada, la embajadora de Estados Unidos en Naciones Unidas, Nikki Haley, ofreció una conferencia con lo que según ella eran los restos de un misil balístico suministrado por Irán que fue lanzado desde Yemen a Arabia Saudita. Hizo eco del discurso del exsecretario de Estado de EE.UU. Colin Powell en 2003, en el que afirmó que Iraq poseía armas de destrucción masiva.

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Los aliados europeos tradicionales están rompiendo filas con Washington, retrocediendo cuando Estados Unidos y Arabia Saudita van de una crisis creada por ellos mismos a otra en el Medio Oriente. A medida que la alianza occidental se fragmenta, Rusia busca metódicamente lazos más estrechos con Irán y Turquía cada vez más empoderados.

Si pensaste que 2017 fue un viaje difícil en Medio Oriente, prepárate para 2018.