San Salvador, El Salvador (CNN) — No en muchas misas las homilías son sobre Pablo Escobar y Al Capone.

Pero en una iglesia en El Salvador, el mensaje de pecado y redención se adapta a un tipo diferente de feligreses: miembros reformados de las notorias pandillas del país centroamericano.

"¿Viniste armado?", pregunta Will, quien recientemente terminó un periodo de 10 años por robo en una prisión de El Salvador. Le muestra una biblia a otros 15 antiguos miembros de pandillas que han llegado al servicio de la Iglesia, y le sonríen por su broma.

Algunos tienen cada centímetro de sus caras tatuadas. Un hombre tiene un gran tatuaje con las palabras "F**k Love" en su cuello.

La mayoría de los días, Will, de 41 años, lleva un suéter o una camisa de magas largas para esconder sus brazos tatuados y un "18" inscrito en la base de su cuello. Will le pidió a CNN no publicar su apellido para proteger su identidad. Todos los hombres son exmiembros de la pandilla Barrio 18 que, junto con la MS-13, empezaron en Los Ángeles pero ahora son las responsables de gran parte de la violencia en El Salvador.

Will, exmiembro de una pandilla, teme que los planes del gobierno de Trump de deportar a miles de salvadoreños pueda provocar un aumento de la violencia en El Salvador.

En 2016 hubo 5.278 asesinatos en El Salvador, o más de 14 muertes violentas cada día del año, según información del Departamento de Estado de Estados Unidos. El gobierno de El Salvador clasifica a los miembros de las pandillas como terroristas. La población de El Salvador es de un poco más de 6 millones de personas.

"He visto a hombres que eran máquinas de destrucción volverse buenos hombres", dice Monseñor Nelson Moz, quien dirige el programa de superación de pandillas en la iglesia Bautista Misionera Eben-Ezer San Salvador. "Cuando los veo, pienso con cada uno, ¿Cuántas vidas más hay para salvar en las calles?"

Muy pronto habrá muchas más vidas para salvar. El gobierno del presidente Donald Trump anunció la semana pasada que en 18 meses revocará el Estatus de Protección Temporal (TPS) para más de 200 salvadoreños que viven en Estados Unidos, haciéndolos elegibles para la deportación.

"Traer 200.000 personas de vuelta luego de tantos años, solo va a crear más pobreza, más violencia y más crimen", dice Will, quien habla inglés más fluido que español luego de vivir en California por cerca de 20 años. Él llegó a Estados Unidos cuando tenía 10 años.

La epidemia de pandillas en El Salvador nació fuera de la guerra civil de 12 años en ese país, que llevó a miles de personas a huir hacia Estados Unidos. Muchos terminaron viviendo en sectores pobres de Los Ángeles y ser volvieron presas o nuevos reclutas de las pandillas callejeras de la ciudad.

En la década de 1990, Estados Unidos empezó a deportar a pandilleros centroamericanos a sus países de origen, y esos países no estaban preparados para lidiar con la nueva raza de criminales duros que eran arrojados a sus calles.

Entre ellos estaba Will, cuya sonrisa y barba perfectamente cortada esconden sus años de lidiar con cocaína, cristal y marihuana.

"Llegaron a mi residencia y me deportaron", dice Will. En ese momento pensé "esto no puede pasar, yo crecí aquí".

Un exmiembro de la pandilla Barrio 18 escucha un sermón en una iglesia que les da la bienvenida a expandilleros a su congregación.

Cuando llegó a El Salvador en 2006, vio por la ventana del avión caballos y vacas y pensó qué tan lejos estaba del lugar que él consideraba su hogar. A Will no le quedaba familia en El Salvador, hablaba mal el español y casi inmediatamente empezó a deambular en un territorio controlado por una pandilla rival.

Poco después de llegar a El Salvador, regresó a la pandilla Barrio 18 a la que pertenecía en Los Ángeles. Ese mismo año fue arrestado por la policía salvadoreña por robar una Uzi y volvió a prisión, pero en condiciones que nunca jamás había experimentado en los peores calabozos de Estados Unidos.

"He estado en diferentes prisiones al regresar, de 'Mini' a 'Maxima'", dice él, refiriéndose a los niveles de seguridad de las prisiones. "Las prisiones en El Salvador son totalmente diferentes. Otro nivel. Luché para sobrevivir".

Will ganó dinero durante sus 10 años de prisión horenando pan.

Mientras patrulla, un miembro de la Policía Nacional Civil de El Salvador apunta con su rifle de asalto por la ventanilla del automóvil. La policía dice que los miembros de pandillas a menudo poseen más armas de fuego que ellos.

"De vuelta a casa en prisión, solía vender drogas", dice Will refiriéndose a las prisiones de Estados Unidos. "Ese era mi ingreso. Pero aquí en El Salvador, la economía era totalmente diferente. Las personas prefieren comer antes que usar drogas".

Durante su sexto año en prisión, Will se enfermó de tuberculosis. Mientras él tosía sangre, un grupo de expandilleros vinieron a orar por él.

Ya en los huesos y seguro de que iba a morir, los miembros reformados de la pandilla le preguntaron si quería aceptar a Jesucristo en su vida. Will dijo sí.

Se recuperó y se unió al grupo de la iglesia de la prisión.

Cuatro años después cuando salió de la prisión, Will quedó sorprendido cuando se dio cuenta de que la iglesia local había enviado a alguien a recogerlo.

"Me estaban esperando", dice él. "Nunca había tenido a nadie esperándome antes".

Will llegó a la Iglesia Bautista Misionera Eben-Ezer y empezó un programa para enseñarles a otros ex miembros de pandillas cómo hornear pan. Un buen día ellos podrían ganar 5 dólares, apenas lo suficiente para vivir.

El programa de rehabilitación de pandilleros de la iglesia ha atraído la atención de la policía, y no en un buen sentido.

La policía irrumpió en la panadería en octubre y capturó a algunos de los exmiembros de las pandillas para ver si eran buscados por algún delito. Eventualmente fueron liberados, según Monseñor Moz.

El día que CNN hizo unas grabaciones en la Iglesia, policía fuertemente armada trató de entrar, pero luego se fueron abruptamente.

"La policía me dice que no me debo molestar trabajando con exmiembros de las pandillas", dice Moz. "Que ellos [la policía] se encargan de ellos [los expandilleros]".

Will está yendo a tratamientos para remover sus tatuajes. Una vez identifican que perteneciste a una pandilla en El Salvador, estás marcado de por vida, dice él.

"Ellos no creen en segundas oportunidades", agrega. "Ellos creen que una vez fuiste miembro de una pandilla, estás maldito".

Will dice que sueña con tener algún día un servicio en la iglesia en la que miembros de Barrio 18 y su rival, la MS-13, puedan asistir al tiempo.

Pero para el futuro inmediato, dice él, es aún muy peligroso en El Salvador reunir incluso a ex miembros de las dos pandillas en el mismo lugar.