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Mundo

El futuro incierto que aguarda a Libia

Por Juan Andrés Muñoz

Por Verónica Balderas Iglesias

Hace un mes, el ambiente que percibimos los corresponsales de guerra de CNN en las bases rebeldes ubicadas cerca de Sirte, la ciudad natal del Moammar Ghadafi, era esperanzador.

Este lunes, sin embargo, Mostafa Abdel Jalil advirtió que la declaracion de independencia de Libia y su propia renuncia como presidente del Consejo Nacional de Transición se darán únicamente siempre y cuando los rebeldes derroten a las fuerzas de Ghadafi en Sirte.

Los revolucionarios siguen organizados en «Katibas» o unidades militares y muchos son entrenados por hombres como Tuati Ali, quien asegura desertó del ejercito a principios de febrero.

A falta de armamento de punta, los rebeldes se han visto obligados a reparar muchas de las armas que han confiscado a los combatientes pro-Ghadafi para utilizarlas en el campo de batalla, según explica el comandante rebelde Hassan Manita.

Además, han equipado sus campamentos para transformarlos en un «hogar temporal», contando incluso con tiendas de campaña equipadas con aire acondicionado. Entierran las armas en búnkers para protegerlas del sol y recorren largos tramos de desierto bajo el intenso calor en vehiculos armados, llenos de todo tipo de artefactos: colchones, termos de agua y hasta mascotas como la pequeña cabra “Harb” (guerra) o la perrita «Rita», que desde que nació no conoce otra cosa que el frente de batalla.

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Hace cuatro semanas, quienes prefieren ser llamados “liberadores” que “rebeldes” nos aseguraban que sería cuestion de horas la rendición de las fuerzas pro-Ghadafi.

El ex operador de refinería Ali Atiya, con lagrimas en los ojos, se mostraba confiado en quitarse pronto el uniforme militar que, según dijo, «sólo se puso para luchar por un futuro mejor» para sus hijos

El ex coronel Khaled Abdel Salam, que a escondidas, bajo la luz de la luna, abandonó la base de misiles tierra-aire donde trabajaba para unirse a los rebeldes, decía estar seguro de que el peligroso armamento y las armas químicas estarían bajo el control de las nuevas autoridades del país.

Y los niños, muchos a los que vi portando metralletas de plástico y pistolas de juguetes en la Plaza de Benghazi, otros vendiendo recuerdos en Misrata, afirmaban que volverian a la escuela gustosos «cuando el Ghadafi se muriera».

Pero ya es octubre y, aunque los muñecos de trapo que representan al ex lider y las caricaturas en repudio a sus 42 años en el poder siguen colgados en varios puestos de revisión del pais, y se difunden a traves de los nuevos medios las canciones revolucionarias en árabe e inglés con ritmos occidentales; lo cierto es que Ghadafi y sus más cercanos asesores siguen prófugos, las clinicas continúan recibiendo heridos, los tanques destruidos y los desechos de guerra siguen arrumbados en las avenidas y el país atraviesa un periodo de gran tensión que nadie se atreve o puede pronosticar cuándo terminará.

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