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Opinión

OPINIÓN: ¿Cuál sería el éxito del movimiento Ocupa Wall Street?

Por Juan Andrés Muñoz

Por Sally Kohn

Nota del editor: Sally Kohn es estratega y analista política. Es fundadora y jefa de estudios del Movement Vision Lab, una organizaciones que promueve las ideas de comunidades locales para resolver problemas nacionales. También es colaboradora de la revista The American Prospect.

Nota: También puede leer el artículo original en inglés.

El director y actor Orson Welles dijo en una ocasión: «Si quieres un final feliz, eso depende, por supuesto, de dónde termines tu historia».

Obviamente, la historia del «Ocupa Wall Street» y el movimiento que se propaga por todo el país apenas comienza a escribirse. Pero los que la siguen, sobre todo aquellos de nosotros que simpatizamos con el movimiento, están ansiosos de saber cómo terminará.

¿Hará que los políticos empiecen a poner más atención a la gene que a las ganancias? ¿Convencerá el «99%» al «1%» de que sea más compasivo? ¿Darán lugar las protestas a una nueva generación de ciudadanos comprometidos, el «flower power» del siglo XXI? Si las autoridades no disuelven estas ocupaciones por la fuerza, ¿cómo mantendrán su visibilidad en una sociedad que se distrae fácilmente? ¿Cómo harán los manifestantes para estar calientes y no mojarse?

Cuando le pregunté al organizador de «Ocupa Wall Street», Jesse Myerson, sobre el posible final del movimiento, me respondió. «Es una pregunta tonta. El movimiento ni tiene tres semanas». Buen punto. En nuestra cultura, el margen de atención es estrecho; tendemos a ver todo como si fuera una comedia de televisión y queremos llegar rápidamente al final. Myerson respondió con una evasiva. Y se entiende. Los críticos de «Ocupa Wall Street» podrían exigir conocer la agenda, la finalidad, del movimiento, pero quizás su victoria en curso es que su historia se está contando.

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Los estadounidenses nos hemos vuelto sorprendentemente complacientes ante las desigualdades e injusticias más indignantes, y parecemos defender los intereses especiales de los «creadores de trabajos» dueños de yates tragándonos la realidad de millones de nuestros conciudadanos que trabajan y son pobres a la vez. Un poster del movimiento «Ocupa Wall Street» decía: «La luz al final del túnel se ha apagado». El hecho de que tengamos ahora un debate público sobre la desigualdad y el áspero camino a ninguna parte que transitan muchos trabajadores estadounidenses insinúa que, sea cual sea la agenda final de «Ocupa», el proceso de su creación, el hecho de que exista, podría ser el punto esencial.

Los movimientos sociales surgen no para conseguir objetivos políticos estrechos sino para cambiar el debate público y movilizar a la sociedad hacia un cambio. Las encuestas muestran que el mensaje de este movimiento contra la avaricia corporativa no sólo cuenta con más apoyo que los partidos políticos de Washington sino también más que el Tea Party. Las protestas de «Ocupa» están surgiendo en lugares insospechados, desde Idaho hasta Indiana, y atraen gente insospechada, como madres, pequeños empresarios y, sí, también miembros del Tea Party. El hecho de que esté leyendo esta columna es una prueba de que las protestas dejan su huella.

Aunque el movimiento del 99%, como se lo conoce en ciertos sectores, se desvanezca en los próximos meses, podría ser la chispa que encienda otra llama que traiga el cambio. Así como el interés hace que una cuenta de banco se multiplique y crezca, lo mismo sucede con la indignación y la resistencia.

Como cualquier buena historia, el movimiento del 99% va a tener un punto de inflexión, aunque es pronto para predecir cuándo o cuál será. Pero vendrá en forma de una reivindicación significativa que, si se logra, transformaría drásticamente para mejor nuestra política y nuestra economía.

Partiendo de mis conversaciones con participantes del movimiento «Ocupa Wall Street», mi sensación es que la demanda final podría ser una reforma radical para sacar el dinero de la política. Podría ser una exigencia de que las elecciones se financien con dinero público, nuevas restricciones a las contribuciones de los grupos de presión… Podría haber incluso una enmienda constitucional que diga que la ley no debería tratar a las corporaciones como personas, revocando así el fallo de la Corte Suprema que permite a las empresas y donantes ricos gastar más libremente en campañas.

El pueblo estadounidense en general apoya estas restricciones a la financiación de las campañas, pero tanto demócratas como republicanos han sido reacios a prescindir de esta fuente de dinero y a aplicar una reforma. Crear una gran presión popular para eliminar de la política este dinero que corrompe sería un buen final feliz para las protestas, y para nuestra democracia.

Pero si el estadounidense promedio se vuelve más consciente de las injusticias producto de la desigualdad, y si empezara a combatirlas, entonces no importará cuál sea el final de la historia. Ante la difícil situación económica, en la que 16 millones de niños viven en la pobreza y con una tasa de desempleo entre la población negra que ya duplica el alarmante desempleo entre los blancos, el 99% se ha levantado finalmente y está actuando. Esto anticipa un futuro mejor para todos nosotros.

«Los grandes cambios no ocurren de la noche a la mañana», dice Beka Economopoulos, una de las organizadoras de «Ocupa Wall Street». «No hablamos del final de la partida. Apenas empezamos».

No obstante, los organizadores parecen darse cuenta de que la clave no es cómo termine su historia sino cuánto tiempo pueden hacer que dure, aumentando la conciencia de la gente y ejerciendo presión para lograr el cambio. «En este momento», dice Economopoulos, «sólo nos interesan las reivindicaciones imposibles».

(Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a Sally Kohn)