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Ser latino en América

¿Por qué el dolor de mi niñera también es mi dolor?

Por Juan Andrés Muñoz

Por Rose Arce, CNN

Nota del editor: Rose Arce es una productora senior de CNN y colaboradora Mamiverse, un sitio de Internet para latinas y sus familias.

Nota: El artículo original puede leerse en inglés.

(CNN) – Franklin Gómez se está muriendo.

Su abdomen se infla y se desinfla con el aire que una máquina insufla en sus pulmones, sincronizada con la sonda que le administra líquidos y morfina. Sus cuatro hijos lo observan.

Su esposa, Rosanna, le aprieta la mano y dice con lágrimas en los ojos: “Se va a morir y no puedo hacer nada”.

Conocí a Rosanna pocas semanas después de que naciera nuestra hija Luna.

Mis amigas Mirta y Maite la tuvieron como empleada y la adoraban su afectividad con los niños. Luna estaba echada en su corralito gritando, con los ojos bien abiertos, y yo corría en pijama por todo el apartamento a las 4 de la tarde tratando de ver cómo darle pecho. La bebé se calmó al instante cuando Rosanna la recogió en sus brazos.

“Un bebé es como una tabla rasa”, dijo sonriendo a nuestra hija. “Yo lleno esa tabla. Lo único que le pido es que no se enoje si me enamoro de ella. Algunos padres se enojan, y yo no lo puedo evitar”.

Y se enamoró de Luna. Y mi pareja, Mafe, y yo nos enamoramos de Rosanna, que nos ayudó mucho más que cambiando pañales o respondiendo a los llamados de auxilio. Luna aprendió a comer y gatear, luego a caminar, todo bajo la Mirada de Rosanna. Luego empezó a hablar ingles y español, gracias a Rosanna.

Rosanna formó un gran grupo con otras latinas que también cuidaban niños. Y se iban de aventuras con las pequeñas Luna, Jackie, Sydney, Sofía y Ana al parque acuático al grito de “agua, agua”, o las alimentaban con grandes cantidades de arroz y frijoles. Y de repente, esta personita se fue haciendo grande, heredando la timidez y las formas de su cuidadora, y comiendo más verduras de las que podíamos darle y con una delicada humildad que hoy día es difícil encontrar en los niños.

Rosanna había dejado a sus propios niños en República Dominicana para cuidar a los de otras familias en Estados Unidos.

Es una historia típica dentro de la comunidad de inmigrantes latinos. Rosanna y su esposo, Franklin, querían que sus hijos tuvieran más oportunidades, y por ello sufrieron esta desgarradora separación. Rosanna ayudó a crecer a los bebés de los más privilegiados mientras los suyos se quedaban en una isla sumida en la pobreza. Franklin trabajó en restaurantes y, con el tiempo, se trajo a los cuatro niños al país. Hoy, todos ellos están a punto de obtener su ciudadanía estadounidense.

Luna apenas empezaba a hablar cuando acompañó a Rosanna y sus hijos a una cita crucial con su abogado de inmigración.

Todavía recuerdo cómo cada uno se fue identificando – Luis Franklin, Nicolás, Nathalia, Laura – y Luna dijo: “Luna Gómez, también”. Realmente se convirtió en parte de su familia. Cuando finalmente pudimos separarnos un tiempo de nuestra pequeña, pasó algunos fines de semana en su casa, y se indignó al enterarse de que Rosanna y su marido compartían cama. Ella quería dormir en medio.

Luna llamaba a Franklin “Gomito” y se le pegó el acento dominicano.

A ellos les debe su primera visita a la pizzería Chuck E. Cheese’s y el hablar de los Yankees, ya que ellos vivían en el Bronx. El nieto de Rosanna y Franklin tiene más o menos la misma edad que Luna, así que cuando Luna empezó el colegio en una gran escuela privada, hicimos que él también fuera. ¿Cómo iba a pedirle que llevara a mi hija a esta gran escuela si su nieto Julián no tenía colegio?

Franklin no tenía seguro médico y no cumplía los requisitos de los programas del gobierno, así que el panorama era muy gris cuando le diagnosticaron cáncer de próstata.

Me puse en contacto con otras madres latinas, una red que se activa cuando hay problemas en alguna familia. Llamé Ana y Evelyn, Soledad y todas las Marías. Si ellas no conocían a alguien, seguramente conocían a alguien que conocía a un medico, abogado, enfermera o a alguien con una gran camioneta que pudiera mover una silla de ruedas. Y ofrecieron dinero a una familia que no lo tenía. Pronto, este hombre enfermo, sin seguro medico, estaba en el Hospital Lincoln recibiendo quimioterapia y palabras de aliento.

Todos hicieron lo que pudieron.

Sus hijos se movieron de verdad. Los dos chicos y la hija más joven aumentaron sus horas de trabajo a pesar de que a duras penas podían pagar la Universidad. La otra hija iba todos los días con su hijo y su hija recién nacida para ayudar a su padre. El cáncer se propagó y sus finanzas se deterioraron.

Franklin tenía miedo a morirse solo. Toda las familias cuyos hijos o empleadas tenían relación con Rosanna se dividieron para cubrir esas horas y ayudar económicamente. La familia se turnaba para acompañarlo. Rosanna lo cuidaba toda la noche y toda la mañana, antes de irse a cuidar a mi hija a otros dos niños. Aprovechaba cualquier hora de trabajo que le cayera para poder compensar su pérdida de ingresos y rezó mucho.

El miércoles por la tarde, le contamos a nuestra hija que “Gomito” se había muerto.

Que su querida Rosanna y sus hijos estarían muy tristes y que teníamos que ayudarles todo lo que podíamos. Le dijimos, mientras ella soltaba unas lágrimas, que toda persona nace y muere, lo que no sabemos es cuándo.

Que es triste, pero todo lo que uno puede hacer es vivir bien su vida y recordarlos con cariño.

También le dijimos que todos estamos juntos en esta vida.