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Opinión

OPINIÓN: Los amigos que dejó Gadhafi en Latinoamérica

Por Juan Andrés Muñoz

Por Pedro J. Cobo Pulido

Nota del editor: Pedro Javier Cobo Pulido es Profesor de Estudios Internacionales y Estudios generales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y analista de temas sobre Medio Oriente. Actualmente tiene en imprenta el libro «Theodor Herzl. El origen del Estado de Israel».

Gadhafi era perfecto para la izquierda latinoamericana: varonil, bien parecido, con retórica grandilocuente y sin miedo al imperio capitalista. Un «Che Guevara» con la cartera llena, dispuesta a ser abierta para las múltiples aventuras guerrilleras latinoamericanas contra los gobiernos apoyados por los «gringos».

Gadhafi tuvo hasta el momento de su muerte la patológica necesidad de ser la novia en la boda, el niño en el bautizo… En el mundo árabe apenas llegó a ser invitado de tercera clase. De ahí sus berrinches y peleas constantes con sus compañeros árabes que lo castigaron con su indiferencia. Necesitaba ser aclamado y vitoreado: en la Latinoamérica nacionalista, socialista y antiyanqui encontró su plató.

Los tres tomos del «Libro verde» –publicado entre 1975 y 1979- venían como anillo al dedo a la revolución latinoamericana. Era nacionalista, antiimperialista, socialista pero no marxista y respetaba la religión. De ahí que sus contactos con las guerrillas latinoamericanas fueran naturales: sandinistas, Frente Farabundo Martí, MAPU de Chile, gente del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en Chile; Partido Comunista Hondureño; las colombianas FARC, Movimiento F-19, Ejército Popular de Liberación, así como otras en Perú y en Ecuador. Como es lógico, la relación con la revolucionaria Cuba era excelente.

Gadhafi tenía rasgos paranoicos, si no es que lo era totalmente desde el punto de vista clínico, pero era inteligente y astuto. El líder libio supo adaptarse al mundo cambiante. El “socialismo real”, más imaginario que real, acabó siendo un fracaso a finales de los ochenta. Las guerrillas habían perdido su batalla: había que cambiar de estrategia. África era la solución. Si antes había pasado del panarabismo, bebido en su ídolo Nasser, al pansocialismo, ahora lo haría hacia el Panafricanismo.

Lo importante no era la ideología, sino que la ideología sirviera para enaltecerle: más vale ser cabeza de ratón que cola de León. El mundo cambia y Gadhafi también cambió. De la retórica antiimperialista y del apoyo a los grupos terroristas –desde ETA, pasando por los grupos terroristas palestinos- a las buenas relaciones con Europa y con Estados Unidos, y a ser el mecenas de África. Dejó de apoyar los grupos rebeldes e incluso condenó el ataque de las Torres Gemelas, y estableció suculentos contratos con empresas de los otrora odiados países imperialistas.

Entre los mayores perdedores de este cambio estuvieron sus antiguos aliados ideológicos en Latinoamérica, por lo menos en la cuestión económica, no tanto en la personal. Es bien conocido que una de las mayores virtudes de los árabes es la fidelidad a la amistad, y Gadhafi respetó esa loable tradición.

Siguió teniendo contacto con los Castro, con Daniel Ortega –un familiar de Gadhafi fue asesor directo de Ortega, según investigaciones-, y en el camino encontró a nuevos amigos: Evo Morales y, por supuesto, su alter ego Hugo Chávez. Gadhafi se había convertido en un buen burgués que sabía hacer negocios de altura a la vez que disfrutaba de las pláticas de café con aroma socialista; eso sí, rodeado de amazonas y de todo tipo de lujos.

En defensa del honor de sus amigos socialistas latinoamericanos hay que decir que lo mismo que estuvieron en “las maduras” lo han estado en “las duras”: Hugo Chavez lo considera un mártir, Daniel Ortega lo llamó reiteradas veces por teléfono para darle ánimos, Fidel Castro criticó públicamente la invasión de la OTAN, y Evo Morales se seguía sintiendo orgulloso de su amistad con Gadhafi. Y en conjunto, los miembros del ALBA, Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia, Dominicia, Ecuador, San Vicente y las granadinas, Antigua y Barbuda) emitieron un comunicado el 9 de septiembre para denunciar los bombardeos de la OTAN sobre Libia.

Quizá el comunicado no sea reprochable; es más, es muy posible que sea muy laudable; al fin y al cabo es más que discutible la acción de la OTAN y los intereses ocultos que hubo tras ellos; sin embargo, es mucho más que dudoso el apoyo a un megalómano que masacró a su propio pueblo. Pero en eso, la izquierda latinoamericana, hay que reconocerlo, sigue siendo consistente: los derechos humanos conculcados por los países capitalistas deben ser criticados; su incumplimiento por parte de los países socialistas tienen un motivo elogiable, o cuando menos disculpable. Si no criticaron los millones de muertos provocados por los países comunistas, ¿por qué molestarse por unos cuantos miles ahora?

(Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a Pedro J. Cobo Pulido)