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OPINIÓN: El papa Francisco no cambia nada pero lo cambia todo

Por Rafael Domingo Oslé

Por Rafael Domingo Osle, especial para CNN en Español

Nota del editor: Rafael Domingo Oslé es catedrático en la Universidad de Navarra y Profesor Visitante en Emory University.

(CNN Español) — El papa acaba de debutar como autor original con la exhortación apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual.

Escrita para ricos y pobres, jóvenes y adultos, creyentes y no creyentes, sabios y menos sabios, el papa trata las líneas maestras de la ruta evangelizadora que debe seguir la Iglesia de Cristo en el mundo complejo, interdependiente y globalizado en que vivimos.

Sin duda nos hallamos ante el programa de su pontificado.

La lectura del documento, que rezuma por todas partes el espíritu de Francisco, no deja indiferente a nadie. Fresco y dinámico, inteligente y ecuánime, positivo y optimista, y siempre sugerente, el escrito papal está repleto de mensajes.

Si Juan Pablo II dominaba los auditorios y Benedicto XVI el argumento teológico, el papa Francisco es un coloso de los mensajes. Los fabrica intuitivamente y son verdaderas flechas, flechas de amor, que se clavan con fuerza en el corazón de las personas.

En algunas ocasiones, la pluma del papa se convierte en un verdadero sable que arremete contra grandes injusticias que existen en un mundo dominado por una plutocracia sin escrúpulos. En otras, su palabra es caricia amable y consoladora, sobre todo cuando se dirige a los pobres y necesitados, a los enfermos, a los excluidos, y particularmente a esas pobres chicas que han acudido erróneamente al aborto porque quizá no tuvieron la ayuda necesaria para dar a luz, en circunstancias difíciles, a un nuevo hijo de Dios.

El papa llega también con fuerza y claridad a los intelectuales, especialmente a los teólogos, cuando les pide una catequesis kerigmática y mistagógica, cuando exige una reconsideración de la figura del papado en la Iglesia o un estudio profundo de la potestad sacramental y del papel de la mujer en la Iglesia.

Como gobernante, el papa apuesta por la descentralización, por una Iglesia jerárquica, pero horizontal, no vertical, pues la potestad sagrada es servicio.

El papa no cambia nada con esta exhortación, pero lo cambia todo en la medida en que sus palabras misioneras alegran el corazón de quienes las escuchan.

El papa habla de lo que sabe, de lo que ha experimentado durante lustros. Es impresionante su descripción de los problemas de las grandes ciudades, como persona que los ha vivido de primera mano.

No. En este documento, no hay recetas de libro. No hay erudición. Detrás de este documento hay muchas horas de oración, de consuelo al necesitado, de acompañamiento espiritual, de lectura y reflexión, de pateo de ciudades, de trato con millones de personas. En definitiva, de amor de Dios.

El papa conoce el paño de primera mano. Y se nota. ¡Vaya si se nota! Aquí no hay nada postizo, artificioso, forzado. Todo es auténtico. Por eso, el papa se atreve a decir que los confesionarios no pueden ser salas de tortura, sino lugares para el encuentro con un Dios misericordioso; que no es de recibo publicar como gran noticia que la bolsa baja dos puntos y no que un pobre se ha muerto de hambre en la calle. Y tantas cosas más.

El papa está empeñado en recuperar la idea evangelizadora de la iglesia primitiva. Francisco quiere volver a las raíces: que los cristianos vivan en el mundo de hoy como lo hicieron los primeros cristianos en el Imperio Romano. Ellos cambiaron el mundo, persona a persona, y lograron impregnar la cultura Occidental de valores cristianos.

Es un programa ambicioso, pero posible, pues la Iglesia no es un invento humano, sino la Esposa de Cristo. De ahí, la alegría y el gozo profundo que brota del anuncio del Evangelio.

(Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a Rafael Domingo Oslé)

OPINIÓN: El papa quiere una Iglesia Católica compasiva y audaz