Nota del editor: La doctora en medicina Jacquelyn Corley es una neurocirujana residente del Centro Médico Universitario de Duke, miembro de la División Duke de Neurocirugía y Neurociencia Global, y una periodista de derechos humanos que se enfoca en temas relacionados con la salud. Las opiniones expresadas en este comentario son suyas.

(CNN) - Caía la nieve. Se sentó envuelto en una manta en el borde del sofá mirando atentamente hacia el exterior por la ventana. Grandes ráfagas caían perezosamente desde los cielos grises. En Carolina del Norte, este era un panorama poco común.

Jacquelyn Corley.

Me paré al lado de su esposo. Su cuerpo tenía un nauseabundo olor a humedad de un cabello sin lavar y de orina. Su hinchado y pálido cuerpo estaba plagado de cintas y tubos. La mitad de su cabeza estaba afeitada y tenía un drenaje que sobresalía de su cuero cabelludo. Estaba hundido en las profundidades de su cráneo, sacando el líquido de su cerebro, gota a gota. Sus dilatadas pupilas redondas me miraban fijamente cuando le levanté sus párpados, negándose obstinadamente a contraerse cuando encendí una luz. Sus brazos y piernas estaban cubiertas de moretones verdes y azules debido a que lo pellizcábamos cada hora en vano para ver si movería un músculo. No lo hizo. Era un cadáver con un corazón que latía.

Es hermoso, ¿no es así? Le hablé de nuevo al esposo del paciente. Él aún estaba viendo los copos de nieve.

"Mhhmmm", asintió distraídamente, sin quitar su mirada de la escena totalmente nevada del exterior.

Este era el día 20. Todo lo que podríamos decir es que el paciente se había ido en el primer día. Había sufrido una hemorragia masiva hipertensiva. La sangre había llenado cada espacio libre en su cerebro y la hinchazón había invadido de forma opresiva tanto la materia gris como la blanca por igual.

Perdimos los reflejos del tronco cerebral en el segundo día, pero el esposo del paciente insistió en que siguiéramos adelante. Tres semanas. Tres semanas de exámenes neuro a la hora en punto, una rutina intrusiva en la que amordazamos, pellizcamos y pinchamos al paciente para inducir una reacción. Litros tras litros de líquido habían sido bombeados a través de un cuerpo que no respondía y un sinnúmero de agujas se habían utilizado para vulnerar las venas a fin de enviar muestras al laboratorio. Él había soportado al menos media docena de tomografías computarizadas (TC) o imágenes por resonancia magnética (IRM), además de las radiografías diarias. Habían pasado tres semanas de sufrimiento brutal. Me sentía culpable. Yo era cómplice de la tortura de este pobre hombre.

No podía culpar a su esposo por mantenerlo con vida. Estaba enamorado y devastado. Él solo estaba haciendo lo que pensaba que su pareja hubiera querido. Incluso después de varias discusiones familiares y reuniones, no pudimos convencerlos de que no iba a despertar. Nos dieron instrucciones de mantener este nivel de atención hasta que su cuerpo dejara de funcionar por completo.

Un problema con la medicina actual, es que es demasiado buena. Las personas viven más tiempo que antes y muchos pacientes son capaces de recuperarse de enfermedades mortales desconocidas para el mundo cuando mis abuelos eran niños. Los médicos pueden mantener viva a la gente de una manera que antes se creía imposible.

Podemos sostener un bombeo del corazón y llenar los pulmones con aire indefinidamente. La función renal ahora puede ser sustituida por carretillas de diálisis que zumban y estómagos alimentados a través de tubos implantados quirúrgicamente. En la unidad de cuidados intensivos, este proceso se lleva a cabo con la monotonía extrema, indiferente a si el paciente es realmente capaz de pensar, sentir o protestar. Llega un momento para cada persona en la que su identidad se ha ido, y la calidad de vida debería valorarse más que la mera presencia de la misma.

Se trata de un punto de vista común para muchos en la comunidad de la salud, pero parece estar en oposición a las creencias sostenidas por el público en general. Las familias repentinamente se ven forzadas a tomar decisiones importantes por sus seres queridos, lo cual a menudo erra en el lado de la precaución. "Haga todo lo sea posible por él, doctor", es una frase que conlleva implicaciones de largo alcance. Los médicos, enfermeras y otras personas que dedican su vida al cuidado de los pacientes muy enfermos ven que eso sucede todo el tiempo: ha llegado el momento de un paciente, pero la familia no pueden dejarlo ir.

Los estudios muestran que existe una dicotomía entre la forma en que los trabajadores de la salud ven la asistencia médica al final de sus vidas y cómo lo ve el resto del mundo. Para ilustrar esto, un informe reciente publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA) describe los datos que se obtuvieron de los registros de defunción de Massachusetts, Michigan, Utah y Vermont del 2004 al 2011.

El estudio reveló que en comparación con la población general los médicos tenían menos probabilidades de morir en un hospital, tenían menos probabilidad de someterse a cirugía al final de su vida y tenían menos probabilidad de ser ingresados ​​en una unidad de cuidados intensivos. Del mismo modo, un estudio publicado en Plos One por los médicos de la Universidad de Stanford en el 2014 encontró que un 88,3% de los 1.081 médicos encuestados para el estudio seleccionaron "no resucitar" como su directriz anticipada.

Es una verdad dolorosa, pero a los médicos a menudo les piden que sigan el tipo de medidas intensivas que nunca desearían para sí o para un ser querido. Para aquellos en la comunidad de cuidados de la salud, la muerte no es una abstracción, sino una realidad diaria. Sabemos cuán preciada es la vida y entendemos lo difícil que es para los miembros de la familia perder a las personas que aman. Pero también sabemos que en la medicina moderna, morir con dignidad es un lujo que más personas deberían disfrutar.

Nota: algunos detalles de la condición de los pacientes descritos en este artículo han sido cambiados para proteger su privacidad.