París (CNN Español) - Era noviembre de 1996 cuando se me encomendó una de las misiones mas difíciles de mi vida periodística: conseguir una entrevista con el entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, justo el día histórico de su encuentro con el papa Juan Pablo II.

No tenía prácticamente ninguna esperanza de lograrla. Veía a mi alrededor el interés colosal que despertaba lo que muchos llamaban la “Caída del otro Muro”, siete años después del colapso del de Berlín.

Sin ir más lejos, en una rueda de prensa previa hubo hasta empujones y golpes para lograr uno de los mil puestos disponibles para los distintos medios de comunicación. En el New York Times se citaba una cifra de la embajada caribeña en Roma según la cual más de dos mil medios habían solicitado la entrevista, algo que de ser cierto probablemente sería todo un récord para incluir en el Guinness.

Finalmente, con la ayuda y contactos del productor de CNN Internacional Larry Register, logramos plantearle el tema de forma directa al entonces canciller cubano, Roberto Robaina. No nos dijo que no y eso despertó en nosotros una tenue esperanza.

Finalmente, tras el encuentro del Papa con Fidel Castro recibimos una invitación para participar en una rueda de prensa restringida y casi secreta a la que fuimos solo una decena de medios de comunicación. Cuando en ese acto se me dio la posibilidad de hacer las dos primeras preguntas creí que todo se venía abajo pues ya habíamos recibido un trato especial.

En medio de ese encuentro con la prensa, yo dirigía mis ojos a Robaina, dándole a entender en ese dialogo sin palabras que nosotros seguíamos con nuestra petición de realizar una entrevista por separado.

Recuerdo cuando él se levantó de su silla y se acercó a la del presidente y, tras decirle algo al oído, Fidel asentía con su cabeza. Aparentemente, lo habíamos logrado. Larry Register y yo estábamos felices.

Después, Robaina se nos acercó para decirnos que, para impedir otras peticiones de los presentes, teníamos que dirigirnos con la máxima discreción a uno de los pequeños cuartos del hotel, contiguos a la habitación del presidente.

Ahí pudimos mantener una entrevista antes de la cual el presidente, sabiendo que soy judío, me contaba que de pequeño los otros niños lo llamaban “el judío”, pues su madre no lo había bautizado, algo que en esa época caracterizaba solo a los de religión hebrea.

Robaina nos había dicho que solo podría hacer un par de preguntas sobre el tema del encuentro con Juan Pablo II, pues no había tiempo para más. Desobediente, como correspondía a la oportunidad, fui bastante más allá de ese marco y, tras hablar sobre el encuentro histórico con el Papa, pude plantearle otros temas, entre ellos el del bloqueo a la isla o el de su legado personal.

Las palabras suyas, extremadamente conciliatorias con respecto a Juan Pablo II, dieron la vuelta al mundo y contribuyeron a mejorar el ambiente en las relaciones entre la Santa Sede y Cuba. Sobre su legado dijo, aunque la cita no es textual, “no es mérito mío, Levy, sino que he tenido mis ideas y he intentado cumplirlas”.

En un momento determinado, Robaina nos dio a entender que teníamos que finalizar. Hice, a pesar de eso, una última pregunta y entonces terminó la entrevista.

Posteriormente, Fidel me llamó “mi amigo judío” y quiso que nos hiciéramos fotos juntos. Fotos que nunca recibí, pero que me imagino podrían encontrarse en la sede presidencial en La Habana.

La última sorpresa fue cuando en las emisiones vía satélite que hicimos esa noche desde Roma, la presentadora en Atlanta, Patricia Janiot, me preguntaba no solo por la Cumbre del Papa con Fidel Castro, sino muy especialmente por el otro encuentro: el de Fidel conmigo.

Posteriormente, me sorprendió ver las reacciones positivas que recibí, inclusive de los anticastristas, que veían con entusiasmo el papel de liderazgo central que había logrado mostrar Juan Pablo II a la hora de romper, no solo el Muro de Berlín en su día, sino también el otro con la isla caribeña.

Un día después tuve la ocasión de preguntar al presidente del gobierno español, Jose María Aznar, qué pensaba sobre Castro y me dijo: “Es muy sencillo: hay líderes que son democráticos, y líderes que no lo son”.