(Crédito: JAVIER SORIANO/AFP/Getty Images)

Nota del editor:  Roberto Izurieta es director de Proyectos Latinoamericanos en la Universidad George Washington. Ha trabajado en campañas políticas en varios países de América Latina y España y ha sido asesor de los presidentes Alejandro Toledo de Perú, Vicente Fox de México y Alvaro Colom de Guatemala. Izurieta también es analista de temas políticos en CNN en Español. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.
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Diego Area es un politólogo que actualmente cursa una maestría en Gerencia Política en la George Washington University. Además se desempeña como asistente de investigación en la Graduate School of Political Management de la misma universidad. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

El domingo 20 de mayo, el mundo presenciará unos comicios ampliamente cuestionados. Así como en Egipto, donde Abdelfatah Al-Sisi se reeligió con 97% de los votos, en Rusia, donde Vladimir Putin obtuvo aparentemente el 77% del sufragio, o el caso de Paraguay con Alfredo Stroessner, un dictador que fue aparentemente ratificado en las urnas siete veces —todas con más del 80% de los votos— y como ha ocurrido con casi todos los dictadores de estos tiempos, Venezuela pudiera vivir la misma historia, aun cuando el Gobierno defiende su sistema electoral.

Lo importante de estas elecciones amañadas es que nos deben recordar al gran pueblo de Venezuela, quien, cual rehén, sobrevive a sus captores sometido al poder mediante un férreo control social y el uso abusivo de la fuerza, privados sistemáticamente de sus derechos fundamentales. No nos olvidemos de Venezuela.

Si hoy pudiésemos tomarle una foto a ese gran pueblo, estaría compuesta por familias que hurgan en la basura, por los 8 de cada 10 venezolanos que comen dos o menos veces al día y que por tanto han perdido un promedio de 11,4K g según la Encuesta Nacional de Condiciones deVida  (la famosa dieta de Maduro), por ese millón cien mil niños menores de 2 años que padecen desnutrición. Esa foto mostraría los cadáveres de los más de26.616 venezolanos que fueron asesinados tan solo en el año 2017, según el Observatorio Venezolano de Violencia, una cifra que coloca a Venezuela como el segundo país más violento del mundo, de acuerdo a datos del Igarapé Institute.

Es un día para no olvidar que hasta el pasado mes de abril la inflación alcanzó 234% (sí, sólo en un mes) como indican datos de la Universidad Católica Andrés Bello, y que, según Forbes, los precios de los productos se doblan cada 17,5 días, que el salario mínimo ha caído a US$ 3,6 mensuales, que un cartón de treinta huevos representa el 33,3% de dicho salario y un kilo de carne, más de la mitad.

No podemos olvidar que en la Venezuela de hoy no se encuentran el 85% de los medicamentos y que el 56% de los quirófanos del país no funcionan, como muestra la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Universidad Andrés Bello. Hoy hay tres epidemias sanitarias que desde hace 60 años no existían: malaria, sarampión y difteria.

Tampoco podemos olvidar cómo llegamos a este punto. Recordemos que el circo que se observará este domingo es el resultado de un proyecto político perverso, de una “maduración” sostenida y sistemática de mecanismos represivos, de supresión de libertades y de control social, pretendiendo condicionar entregas de comida (a un pueblo que muere de hambre) y otras dádivas gubernamentales a cambio de obediencia política.

Es un día para recordar que, luego de que la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ganara ampliamente las elecciones legislativas en 2015, el gobierno nombró abusivamente a 12 magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para arrancar la mayoría legítima de la Asamblea Nacional (AN), dándole el golpe de muerte a la democracia venezolana. El mismo TSJ declaró en desacato a la recién electa AN.

Es un día para no olvidar como Maduro y sus secuaces crean la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente (ANC), formada en su totalidad por sus aliados, y la convierten en órgano de manejo arbitrario del poder, propinando un zarpazo definitivo a la institucionalidad democrática de la república. En este momento, la ANC puede sentenciar o apresar a quien quiera. Ejemplo de ello es la destitución del entonces recién electo gobernador del estado Zulia, Juan Pablo Guanipa, por no juramentarse ante la ilegítima ANC o el caso de Andrés Velázquez en el Estado Bolívar, quien argumenta que le robaron descaradamente la elección.

La dictadura de Maduro ilegalizó a los principales partidos políticos de oposición, cuyos líderes están presos, inhabilitados y en el exilio o bajo promesa de ser encarcelados si regresan al país: Henrique Capriles, Leopoldo López, Antonio Ledezma, Julio Borges y David Smolansky, son sólo algunos de ellos. No podemos tampoco olvidar que en Venezuela el gobierno tiene cautivos a al menos 237 opositores, mientras otros 7.180 están obligados a presentarse ante tribunales rutinariamente, según datos de la ONG Foro Penal.

No podemos olvidar que el gobierno de Maduro reprimió duramente las protestas conformadas principalmente por jóvenes que salieron a defender su futuro y la democracia, dejando un saldo de 2.382 heridos, 1.254 detenidos 163 venezolanos asesinados —cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social—, aunque no todas las víctimas eran de las filas opositoras. Y ahora vemos en Nicaragua, con saldo —a la fecha— de 62 muertos (según Centro Nicaragüense de Derechos Humanos) un caso similar.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), como consecuencia de la crisis de esta dictadura en los últimos dos años más de 1 millón de venezolanos se han visto obligados a salir del país, representando un aumento de casi 1.000% de migración hacia países suramericanos en relación a periodos anteriores.

Todo esto obliga a la denuncia, la solidaridad y a la participación activa de la comunidad internacional para defender los valores básicos de una sociedad moderna y democrática: derecho a la vida, a la salud, a la seguridad, a la alimentación y a la libertad de expresión, todos ellos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que hoy son sistemáticamente violados por la dictadura de Maduro.

No nos olvidemos de Venezuela, porque la defensa, promoción y protección de los derechos Hhumanos son universales y nos obliga a apoyar a esa nación y a rechazar enérgicamente a quienes utilizan la soberanía como excusa para permitir las atrocidades que vemos a diario en Venezuela.

Recordemos que el circo que se observará este domingo es el resultado de un proyecto político perverso, de una “maduración” sostenida y sistemática de mecanismos represivos, de supresión de libertades y de control social"

Roberto Izurieta y Diego Area