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Noticias de EE.UU.

Lo que hacía a mi amigo John McCain tan excepcional

Por Ana Navarro

Nota del editor: Ana Navarro es una estratega republicana y comentarista política de CNN. Síguela en Twitter en @ananavarro. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. Ver más artículos de opinión en CNN.

(CNN) — Sabíamos desde hace más de un año — desde que John McCain compartió su diagnóstico de cáncer — que este día iba a llegar. Pero sigue siendo triste y difícil aceptar que este hombre, un personaje épico, se ha ido. Deja un gran vacío.

Fue un gran honor conocer a John McCain. Lo conocí a principios de los 2000. Entonces, él pasaba muchas veces por Miami, en su camino a la base estadounidense de Guantánamo. Yo era su copresidenta nacional hispana en 2008. Por favor, déjenme contarles un poco sobre mi amigo.

John vivió casi hasta los 82 años. Recuerdo haber hablado con él días después de su diagnóstico. Llamé para animarlo y darle palabras de aliento. En cambio, acabé llorando tanto al teléfono que apenas pude pronunciar alguna palabra. Fue John quien me dio aliento y ánimo. Puedo escuchar su voz calmada y firme en mi cabeza, hablando con esa cadencia familiar. Me dijo que no sintiera pena por él. Fue inflexible con eso. Dijo que era un hombre afortunado. Había tenido una vida plena, más larga de lo que él hubiera esperado.

En todo el tiempo que conocí a John McCain, él nunca se quejó. No era alguien que se autocompadeciera o que sufriera por remordimientos. Nunca le escuché hablar con amargura sobre sus cinco años como prisionero de guerra. Nunca lo escuché quejarse del dolor físico y de la falta de movilidad que soportó todos los días de su vida después de eso. Nunca lo escuché quejarse de haber perdido dos elecciones presidenciales. Nunca lo escuché quejarse de su diagnóstico de cáncer.

John también era auténtico. Era humano y compasivo. John reía fácilmente y de corazón. A sus 80 años, aún podía reír como un adolescente inmaduro cuando veía alguna película o video estúpidos. Le gustaba contar chistes –a veces los mismos chistes una y otra vez. Tenía un sentido del humor autocrítico.

‘Lo siento, mamá’

John también podía ser sumamente serio. Hace unos años lo vi dar un discurso en una cena de gala. Estaba dando sus razones para una reforma inmigratoria. Él estaba furioso por la falta de acción y valor político exhibido por algunos.

Golpeó con fuerza el podio y maldijo con frustración. Yo estaba sentada en la mesa de John junto a su mamá, Roberta, quien entonces habrá tenido unos 95 años muy joviales. John fue ovacionado de pie. Pero cuando regresó a la mesa, escuché a su mamá decirle: “Johnny, no te enseñamos a maldecir en nuestra casa”. Y John McCain, esta figura épica, agachó la cabeza y dijo: “lo siento, mamá”.

En una ocasión, John se puso furioso conmigo. Estábamos cenando con su esposa, Cindy, y el senador Lindsay Graham. Estábamos en un restaurante muy concurrido en DC. Yo hice un comentario sobre Sarah Palin. No recuerdo exactamente qué dije, pero estoy segura de que fue sarcástico. John me gritó, la cara se le puso roja, golpeó la mesa y se levantó para irse varias veces.

Verán, John McCain era un hombre leal y caballeroso. Era agradecido con todos los que le habían ayudado en el camino. Odiaba que Sarah fuera atacada o que se burlaran de ella. Se sentía responsable por ponerla en esa posición. John me llamó a diario durante casi una semana para disculparse.

Así era John. Tenía la humildad para reconocer cuando se equivocaba, y valoraba la amistad. Pero les diré algo, nunca volví a decir algo remotamente negativo sobre Palin en su presencia.

Luchador por la libertad

John era un hombre de principios. Amaba la libertad, y luchó por ella en todo el mundo. A menudo hablábamos de sucesos en América Latina. Él pensaba que era importante mirar más allá de nuestras fronteras y luchar por los derechos humanos. No sé cómo demonios lo hacía, pero de alguna forma se involucraba e informaba sobre los cambios políticos en el mundo, y al mismo tiempo conocía la nómina y las estadísticas de todos los equipos deportivos en Arizona.

Muchas veces a lo largo de los años, llamaba a John para felicitarlo en alguna festividad y él contestaba su viejo teléfono de tapa en algún sitio remoto del mundo donde visitaba a nuestras tropas.

Ayudé a recopilar información para John para debates y entrevistas en español durante la campaña presidencial de 2008. Había muy poco qué ofrecerle. Él sabía lo que ocurría en Cuba y Nicaragua y Venezuela. Conocía los nombres de los líderes que luchaban por la democracia, y los nombres de los déspotas y dictadores. A John le importaba la gente del mundo. Él sabía que un mundo más democrático significaba un Estados Unidos más seguro.

John no veía color o credo o estatus económico. John juzgaba a las personas por su carácter. Él veía lo bueno y lo malo. Viajé con él bastante durante la campaña presidencial de 2008. Su autobús y su avión siempre estaban llenos de amigos y familia. Y éramos una tripulación variopinta. John tenía amigos de sus primeros años en la Marina, prisioneros de guerra, colegas del Congreso, gente que trabajaba para él y amigos que hacía en el camino. Una vez que entrabas al corazón de John, llegabas para quedarte. La lealtad era importante para él.

Uno podía tener fuertes desacuerdos con John, debates animados, hasta competencias de gritos, y no importaba. Él no esperaba que le rindieran pleitesía. Él no quería irse sin ser desafiado.

Yo lo fui a ver una vez para pedirle que votara a favor de la confirmación de Sonia Sotomayor, la primera latina nominada a la Suprema Corte. Discutimos intensamente durante unos 15 minutos. Dijo que no. Luego tomamos el almuerzo y nos reímos mucho. No les contaré de la pelea que tuvimos alrededor de las primarias al Senado en la Florida en 2010. Duró meses. Pero nada de eso afectó nuestra relación ni un poco. Esa no era la forma en que John veía la vida.

En su corazón, John siempre fue un piloto de la Marina. Él no iba a la segura. Hacía grandes apuestas, literal y de forma figurada. Él arriesgó su capital político al encabezar un esfuerzo bipartidista junto con su amigo, Ted Kennedy, para aprobar una reforma inmigratoria en camino a unas primarias por la candidatura presidencial republicana. Fue una locura y él pagó el precio. Pero lo hizo porque creía que era lo que había que hacer por Estados Unidos.

John nunca se rindió. En 2007, su campaña presidencial se daba por muerta. Se encontró sin dinero y tuvo que despedir a muchas personas, y algunos de los que no fueron despedidos abandonaron el barco. Pero él no renunció. Volaba en pequeños aviones comerciales. Seguía haciendo reuniones públicas. Cargaba su propio equipaje y viajaba sin equipo. Fue su voluntad y su liderazgo lo que mantuvo en marcha a una pequeña banda de piratas políticos.

Las resurrecciones en la política no son fáciles. John lo logró. Al final perdió esa elección con Barack Obama. Algunos habrían dejado de trabajar y se hubieran ido. John no. Él se levantó y volvió a la cancha. No había nada que odiara más que estar en el banquillo. Le encantaba decir: “Una pelea no compartida es una pelea que no se disfrutó”.

John no era un hombre perfecto. Le avergonzaría que se hablara de él de esa forma. Cometió errores. Tenía remordimientos. En ocasiones falló en su juicio. Pero John McCain era un hombre bueno y decente con una gran capacidad para liderar.

Aún en sus últimos días, no se trataba de él

John vivía su fe. Servía a su país con honor. Amaba a su familia. Agradecía las oportunidades que la vida le dio. John era un hombre feliz. No insistía en las pérdidas ni en las cosas malas que le habían ocurrido.

Los beneficios del poder no eran lo que lo atraían. Era la oportunidad de hacer una diferencia importante. Él se esforzó cada día de su vida para servir a un propósito más grande que él mismo. Aún en sus últimos días, no se trataba de él. Se trataba del futuro de Estados Unidos, defender la democracia, defender lo correcto y luchar contra lo que está mal.

Odio que hayamos perdido a John en un momento en que él todavía tenía mucho por dar. Odio que lo hayamos perdido cuando Estados Unidos más lo necesita. Incluso aunque se retiró a Arizona hace un año, para enfrentar su enfermedad con dignidad rodeado por el lugar y la gente que más amaba, incluso entonces, John nos mostraba el camino. Se podía haber enfocado únicamente en él mismo y en sus circunstancias, pero hasta sus últimos días, él mostraba coraje político y claridad moral.

No deberíamos llorar por John. Él no querría que lo hiciéramos. Deberíamos ser inspirados por él.

Muchos en el gobierno expresarán sus condolencias y rendirán homenaje a John. John les pediría a ellos y a nosotros que hiciéramos lo que él hizo en tantas coyunturas difíciles en su vida: poner el país por delante.

Honremos la memoria de John no permaneciendo en un silencio cómplice ante la injusticia y el abuso, no mirando a otro lado cuando la democracia es amenazada, ni siendo indulgentes ante las divisiones y el fanatismo. Honremos a John no quedándonos en el banquillo sino uniéndonos a la lucha para defender aquellos valores que hacen que Estados Unidos sea excepcional.